20 de diciembre de 2020
20.12.2020
La Opinión de Málaga
Memorias de Málaga

Torremolinos y los alemanes

Antes de que Torremolinos se convirtiera en el centro de la Costa del Sol, en los años 40 dos alemanes vivían y trabajaban en el entonces barrio de Málaga, ignorantes del futuro turístico que aguardaba a la vuelta de la esquina

19.12.2020 | 20:03
El pueblo de Torremolinos, a comienzos del siglo XX.

Ahora que hay en Torremolinos más alemanes que en Hannover, al menos durante el estío, me vienen a la memoria viejas estampas de los años 1942 y 1944, cuando dos alemanes desarrollaban su trabajo como dos habitantes más de lo que era una barriada de Málaga.

Entre los años 1924-1988, Torremolinos no fue municipio con Ayuntamiento propio. Durante 64 años formó parte de Málaga como una barriada más. Las razones por las cuales dejó de ser un pueblo o ciudad de la provincia malacitana fueron de tipo económico. El declive de la molinería le llevó casi a la bancarrota. Solicitó su adhesión a Málaga. El censo de población ascendía a 695. En el libro ´Reseña Estadística de la Provincia de Málaga', publicado en 1969, Torremolinos tenía en 1900 un total de 8.048 vecinos y ocupaba el undécimo puesto en número de habitantes de la provincia de Málaga.

En 1988, después de una larga lucha para la segregación promovida por la Junta Pro Autonomía de Torremolinos, presidida por Pedro Fernández Montes con la infatigable labor de Isabel Manoja, Torremolinos consiguió independizarse y recuperar su autonomía. Podría contar más extensamente aquella etapa porque entrevisté en más de una ocasión a los dos artífices de aquella campaña con final feliz.


 

De niño y adolescente yo iba con frecuencia a Torremolinos con mis padres; la frecuencia estaba justificada por la calidad y amplitud de sus playas. Yo aprendí a nadar con la ayuda de aquellos cinturones de corcho alrededor de la cintura.

Pasados aquellos años, cuando Torremolinos se hizo más famosa que Málaga hasta el punto que para muchos extranjeros «Málaga es un pueblo cercano a Torremolinos», mis desplazamientos a la barriada eran asiduos por mi profesión.

En los hoteles de lujo que iban surgiendo se alojaban personajes de todas las raleas (no en su acepción despectiva), como artistas de cine, escritores, políticos, hombres de la ciencia, empresarios..., me obligaban a trasladarme en tren, autobús de línea y en coche propio después, para entrevistar e informar de todas las actividades que se desarrollaban en la zona, como congresos, simposios, conferencias, jornadas de trabajo... Años después, cuando Paco de la Torre se convirtió en alcalde de Málaga, Málaga dejó de ser «un pueblo cercano a Torremolinos».

Torremolinos empezó a emerger cuando dos hombres de empresa, Matos y Alberola, decidieron construir en mitad de la nada – los terrenos de Montemar – un hotel de lujo o cinco estrellas: el Pez Espada. La aventura fue un éxito porque la iniciativa tuvo repercusiones muy favorables para la Costa del Sol, que si bien ya iba creciendo con construcciones de hoteles y apartamentos, la tónica era un tanto modesta, sin relieve apenas. Levantar un hotel de lujo en la zona, aparte el riesgo que suponía, era un reto: competir con las zonas turísticas más importantes del país, incluso de Europa, con un establecimiento hotelero que superaba a muchos de los conocidos por incorporar servicios que todavía no se habían instalado.

Recuerdo a varios profesionales del turismo mundial que se sumaron al proyecto, como Felipe de Gunten, su primer director, un hombre que modernizó los funcionamientos de los hoteles con nuevas técnicas, novedades, servicios a la clientela... A De Gunten le sustituyó un francés apellidado Aletty que había dirigido uno de los hoteles de la Costa Azul.



 

La presencia del nuevo hotel fue uno de los motores del desarrollo de Torremolinos y en poco tiempo surgieron lugares y rincones que forman parte de su historia, como La Nogalera, El Mañana, Barbarela, El Trompi con sus gambas al pil-pil, Quitapenas con nuevas bebidas a precios reducidos, salas de fiesta... sin olvidar las tertulias en casa de Manuel Blasco por donde pasaron todos los famosos que se acercaron al lugar de moda.

El pintor malagueño abrió sus puertas a todos los famosos del mundo del flamenco -Juanita Reina, Lola Flores, Manolo Caracol...-, y personas del saber como el doctor Vallejo-Nágera, el novelista Andrès Laszlo, catedráticos de la Universidad de Granada, pintores, arquitectos, escritores... Creo que el chalé en el que vivía, que está al inicio de la bajada hacia Montemar, sigue en pie, rodeado de edificios de varias alturas. Torremolinos empezó a crecer... y sigue.

Vuelvo al principio: a los dos alemanes que vivían y trabajan en el Torremolinos empobrecido sin saber que no muchos años después se iba a convertir en un lugar privilegiado y que iría ganando puestos en la relación de localidades turísticas más solicitadas. El Torremolinos de los años 40 era un pueblo costero sin valor alguno que sobrevivía de la pesca y de la presencia de los ingleses y alemanes que pasaban algunas temporadas de descanso en los dos o tres primeros hoteles que surgieron de manos de capital extranjero. Solamente se conocía la barriada por la calidad de sus aguas, de la de sus tortas que se elaboraban en una panadería de la calle Horno, por los malagueños que iban a sus playas y por la pesca en la Carihuela.

De los dos alemanes establecidos en Torremolinos poco o nada se ha escrito ni creo que nadie sepa de su origen y destino final. Por el tiempo transcurrido pocos recordarán a Kurt Körtnizer y Córdula (no respondo de la ortografía del primero), que así se llamaban; pero de las tortas de la calle Horno sí conservo su olor y sabor y los cartuchos de papel de estraza en los que se envolvían diez o doce unidades. Alguien me contó hace poco que ya han dejado de fabricarse. En los casi nueve mil municipios españoles se elabora una torta típica con casi con los mismos ingredientes: harina, azúcar, aceite, ajonjolí, anís, una almendra en el centro... Pero las de Torremolinos, claro, eran especiales.

Y termino con los alemanes. Uno se llamaba Kurt Körtnizer, su esposa, Hilde. La pareja tenía una granja en la que criaba pollos y gallinas. Vivían de la venta de pollos y huevos. La granja estaba a las afueras del centro, donde hoy se levantan hoteles, edificios de apartamentos, supermercados... No sé si falleció antes del crecimiento desmesurado de Torremolinos o vendió la granja para retornar a su país. Quizás algún torremolinense de la década de los 40 se acuerde del matrimonio.

Del otro alemán recuerdo su apellido y su medio de vida. Se apellidaba Córdula y se dedicaba a la elaboración de embutidos alemanes como mettwurst, bratwurts, leberwurst, würstchen..., productos que vendía a domicilio. Él mismo los elaboraba en su casa y se desplazaba a Málaga capital donde había una colonia bastante numerosa de compatriotas que eran clientes asiduos. Uno de sus clientes era mi padre, que no era alemán, pero sí austriaca su mujer, mi madre. Como en el caso anterior, es posible que viva alguno de sus clientes.

Alguno de mis lectores se preguntará por qué traigo a colación a dos personas aparentemente sin relieve alguno. Primero porque fueron, que yo sepa, los dos primeros alemanes que eligieron Torremolinos para vivir y trabajar, y en segundo lugar porque los conocí personalmente pues iban a casa de mis padres a vender sus productos.

Quizá entre mis lectores haya alguno que los conociera y responda a la veracidad de este relato.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook