No pueden separarse, no pueden ser una sin otra, existencia y poesía, y, sin embargo, de esa fricción, de esa porosa y nutritiva falla renace el poeta con cada pieza, con cada verso. Juan Gaitán, periodista, narrador exquisito, poeta íntimo y grácil, ha reunido en un bellísimo y breve, que no efímero, poemario, más de una veintena de poemas que giran en torno al propio hecho literario y, por qué no, tiene mucho que ver con la vida y el sentido que de ella se deriva cuando escribimos. El feliz trabajo se titula Animal azul, y es una plaquette editada por Jákara Editores.

A veces el poeta escucha latir la sílaba, la luz del poema; en otras ocasiones, el yo poético se desprende del decir las palabras y busca caminos para pronunciarlas de nuevo, intentando dejar al poema desnudo, el animal azul que busca el artista. El poeta ignora las consecuencias que crea, pero es, existe, significa, de forma que es el creador quien debe hacerles frente. El poema también es silencio («callo mucho tiempo/ los versos que te escribo./ Se escribe/ silencio a silencio»), pero de ese mundo silente surge el temblor de la vida, que tiene punto y final: «Viento abajo,/ ante el precipicio de la tarde, /la muerte ha abierto los ojos». En otro momento, Gaitán nos habla de que «el poema es hermano/ de la muerte», pero a la vez es culmen de la vida, porque escribir, crear, es vivir: «Y luego,/ a tientas,/ me escribe».

Dialoga Gaitán en algunos brevísimos poemas con las palabras, las pesa, las juzga y luego las echa a volar en tiempo y forma y quiere extraer del silencio el jugo poético, el jugo de la creación, el néctar de la vida de quien ha decidido escribir, tras trazar una raya en el suelo y separarse de los otros, de la manada: él dialoga con el poema y los mimbres que lo conforman, que son las palabras; el resto espera el resultado de ese diálogo. Hay deseo, pasión, alas que se derriten al sol, y hay literatura como redención entendida como una victoria frente a la derrota del papel en blanco, «Sí, escribo para eso,/ para ahogar las sombras/ de aquella mañana en que estaba/ acercándome al poema»).

Hay una llamada continua al callar, al ser desde la vereda y no en el centro del sendero, el animal azul que es la tarde y es verso y es palabra, solo para el poema existe el poeta y para los demás es «una sombra inexplicable». El poema es caída y vacío, vuelo y victoria: ignora al creador y todo es derrota, lo llama y el alma toca el cielo: «Y otra vez el poema llamándome,/ otra vez, / para hacerme rozar el misterio / con su esplendor de mar a mediodía»).

Hay ecos lejanos de Alcántara en este poemario bellísimo que supone un paso más en la trayectoria de Gaitán, columnista de este periódico, una prospección en el camino de luces y sombras que es la poesía, hay vacío y tiempo, existencia, metapoesía, porque encierra el libro una profunda reflexión sobre el hecho creativo, y siempre vence el poema, siempre llama a aquel que le puede dar cuerpo, que lo encarna, escuchando el silencio y los susurros.