En ‘La casa’, una novela del argentino Manuel Mújica Láinez, una vieja mansión de Buenos Aires a punto de ser demolida cuenta su vida y la de sus propietarios.

Si algo así pretendiéramos de la lujosa Hacienda Giró, tendríamos que limitarnos a escuchar los ecos de esplendores pasados que nos transmitiera su impresionante muro de contención, lo único que de ella queda en pie en el Paseo de Sancha, junto a la Fuente de Reding.

En estos días, el que hoy es el muro de contención de las teresianas florece, pues de sus múltiples rendijas surgen flores de colores que forman, en algunos tramos, ‘jardines verticales’.

La hacienda, con entrada por la Cañada de los Ingleses, llevaba el apellido de su primer propietario, el industrial gibraltareño Juan Giró Morelo, quien en 1853 compró lo que entonces era un ventorrillo con viñas, para transformarlo en una de las propiedades más suntuosas de la ciudad.

Seguro que don Juan echó el ojo a la finca por tenerla justo enfrente, donde se encontraba la Ferrería El Ángel, de su propiedad, que estaba donde luego se levantaron los pisos de Cantó. En cuanto al famoso murallón, está datado en 1863.

Gracias a la investigadora Julia de la Torre Fazio sabemos muchas cosas de la Hacienda Giró, adornada con estatuas italianas en su jardín y provista de artísticos hierros forjados de la vecina ferrería. Y en la casa, de unos ‘modestos’ 400 m2, techos de estilo neopompeyano y cuadros de Ribera, Murillo, Mengs y Giordano.

Postal de los años 20 de los jardines de la Hacienda Giró.

El gibraltareño fallece en 1872, dos años más tarde su hijo de viruela y la viuda del industrial, María Manuel de Aramburu, vende en 1888 la casa a Tomás Heredia Grund, quien construyó, en terrenos de la Hacienda Giró, las vecinas casitas inglesas de Reding. Don Tomás no vivió en la mansión sino que la alquiló, por eso a finales del XIX acogió la elegante pensión Cooper, de una británica, Margaret J. Cooper, que estuvo al mando hasta los años 20 del pasado siglo. De 1928 a 1959, la hacienda continuó como equipamiento hotelero, ya que pasó a la familia Kusche, que la convirtió en el hotel Belair.

Las teresianas tuvieron el buen tino de construir el colegio aparte y transformar la mansión en residencia de monjas y alumnas, pero a finales de los 70 fue demolida para levantar una residencia más moderna. Si hubiera aguantado hasta el 83, con el primer PGOU, seguramente habría sido protegida.

Hoy, de ese esplendor pasado sólo nos queda su murallón de ladrillo y estos días, en flor.