Málaga es una ciudad de contrastes y eso se nota en el fluir de los días y en cómo encaran los malagueños la vida, al mal tiempo una sonrisa y siempre, siempre, hacia adelante. Por mucho que algunos quieran obviarlo, Málaga es una ciudad de currantes. Y me explico. La mayor parte de los malagueños viven en esos barrios humildes que conforman un cinturón en torno a la manzana central, sobre la que se están haciendo muchos esfuerzos para extenderla con el fin de asegurar su supervivencia. Los currantes de la ciudad cobran en torno a mil euros al mes por dar la cara en sus respectivos centros de trabajo, desde pequeñas tiendas a constructoras o empresas de servicios, hoteles, restaurantes y bares. Esas son nuestras principales industrias. Hace años se puso también el pie en el acelerador para traer empresas tecnológicas a la ciudad: se hace en el PTA, con Felipe Romera a la cabeza, y se ha elaborado una estrategia coincidente con el Ayuntamiento y la Fundación Ciedes para que firmas de todo el mundo echen aquí raíces. Esta semana, hasta un medio independentista ha querido mover el árbol para ver si caían nueces comparando a Málaga con Barcelona en esos estándares tecnológicos, lo cual, como dijo Bernardo Quintero, el tipo que, desde VirusTotal, fue fundamental para que Google se instale en el Paseo de la Farola, debería plantearse en términos de colaboración hipotética entre ambas urbes, mediterráneas y abiertas al mundo desde la antigüedad, y no con el eterno tufillo frentista con que se articula todo desde el cerril mundo independentista. Uno está mejor sin boina. El lunes, sin ir más lejos, Globant, un gigante tecnológico, inauguró su centro de innovación en inteligencia artificial que va a operar en el Polo de Contenidos Digitales. Lo que quiero decir es que hay claros ejemplos de tratar de diversificar la economía malagueña y que ello responde a un esfuerzo planificado, sobre todo institucional, y tal vez las empresas también hayan comenzado a entender que esa línea es segura. Cuando se habla de colaboración público-privada, es de eso de lo que estamos tratando. Málaga no puede pararse ni dormirse en los laureles, y al albur de su transformación urbana y cultural de los últimos años, hay que seguir planificando. Pero en ese esfuerzo colectivo hay que implicar al vecino. Y, aunque la colaboración con la empresa sea muy necesaria para toda ciudad que se precie, también es interesante que sigamos pensando que nuestros gobernantes, elegidos a lomos de la voluntad popular, siguen rigiendo los destinos de nuestras instituciones, y no se han echado en manos de los empresarios de todo signo y condición como si cualquier deseo del sector privado tuviera que tener, ipso facto, su traslación en la correspondiente decisión municipal o de cualquier otra institución. Y ahí, en ese rompeolas necesario que deben establecer las instituciones públicas para tratar de que el sector privado sea un colaborador necesario pero nunca un jefe incómodo e insaciable que mande más que el ciudadano, es donde esta ciudad se la juega. Soy un firme defensor de la colaboración público-privada en cualquier ámbito siempre que la relación entre la ciudad y esos socios empresariales se establezca de igual a igual, pero el responsable último de llevar a cabo esas decisiones debe ser el alcalde, no el mercado, y en ciertas ocasiones, y lo digo por algunas declaraciones que hemos escuchado esta semana, no da esa impresión. No digo que pase siempre, claro, pero sí que, en distintos frentes, parece que la iniciativa privada se ha convertido en un concejal más. También impacta bastante que se haya renunciado, en algunas ocasiones, a seducir al vecino e implicarlo en la gestión diaria de sus barrios, hacerlo cómplice de todas y cada una de las decisiones y, sobre todo, recordar que son ellos quienes eligen. Y esos vecinos son los curritos que se juegan el tipo cada día dando la cara en sus distintos ámbitos laborales o de actuación por la ciudad y hacen Málaga cada día en una común pasión que debería ser compartida por todos. Porque Málaga se la juega en la definición del modelo de ciudad y, en el análisis y revisión de ese modelo, es fundamental escuchar a todos, no sólo a los empresarios. Claro que se juegan su dinero, claro que generan riqueza, pero el equilibro es virtud y, si Málaga tiene tantas posibilidades de futuro y ese futuro pasa por que nuestros jóvenes puedan hacer una vida aquí, es imprescindible que se tienda la mano a los grupos de la oposición, a los sindicatos y al ciudadano para negociar con todos esos actores un status quo que se fundamente, sobre todo, en la sostenibilidad. Y sostenibilidad no sólo es no consumir más territorio y respetar escrupulosamente los estándares medioambientales, sino que el currante malagueño, que vive en Huelin, en Cruz de Humilladero o en Ciudad Jardín gane un sueldo justo y trabaje las horas que pone en su contrato, de modo que por encima de las apetencias del sector privado estén, siempre, los designios y derechos de los ciudadanos. Ni siquiera la tradición puede someterse a esos principios de sumisión. Porque respetar la identidad de la ciudad tiene un solo camino: que el malagueño se sienta partícipe de ese progreso y eso, a veces, no ocurre. El PSOE habla ya abiertamente de repensar el modelo de ciudad. Hay que mantener lo que funciona, pero cambiar lo que no.