Las fotos aéreas que se conservan de la construcción de la barriada de Puerta Blanca, datadas entre la segunda mitad de los 60 y el arranque de los 70, son impresionantes.

Enfrente de los pisos, como un gran ola verde que moría a la orilla del Camino del Pato, se extendían los campos de caña de azúcar, que los primeros niños del barrio todavía podían disfrutar con un ‘sírvase usted mismo’, chupándolas con delectación.

Y entre el verde, supervivientes del pasado como el vecino cortijo de San José, la finca de Las Cuarteras o la Casa de La Misericordia y a su lado, con el fondo azul del mar, la hilera de fábricas que tenían en un extremo la humeante central térmica y que ni soñaban con el actual y resplandeciente paseo marítimo de Poniente.

Puerta Blanca fue un hito para su tiempo, un freno a la apelmazada construcción de la Carretera de Cádiz, al tiempo que sus vecinos se iban ganando con tesón las infraestructuras y equipamientos públicos que fueron llegando con cuentagotas.

Hoy en el barrio conviven dos tendencias bien visibles en sus calles, una primera insuflada por el espíritu garrulo-vándalo y la segunda de verdadera alma de artista. Mientras la primera degrada este conseguido barrio, la segunda es una esperanzada alternativa a la destrucción.

Porque, cada vez que esta sección se da una vuelta por Puerta Blanca tiene que lamentar que muchos de sus bloques se encuentren marcados, año tras año, por gigantescas pintadas que evidencian la ingente incultura y cansina contemplación del ombligo de sus autores.

Bien es cierto que algunos de los bloques han logrado extirpar esta lacra con un buen lavado de cara, pero sigue imperando la huella mastuerza del espray.

Estas dos tendencias podemos comprobarlas en uno de sus edificios, el que lleva el nombre de Biznaga. Este bloque, por el lateral que da a la calle Cruceta luce una extensa ‘lepra de colorines’ en forma de letras y dibujos fantasmagóricos perpetrados por algún fantasmón.

Pero por el otro lado, el edificio en su entrada principal da a la placita ajardinada que homenajea al pintor César Álvarez Dumont. La plaza estaba presidida al fondo por una alicaída caseta de ladrillo visto que desde hacía lustros recibía las garfañadas de algunos grafiteros.

Desde el año pasado la caseta ha sido recubierta por un gran mural artístico, hermoso y ensoñador, que ha logrado el ‘vade retro’ de las pintadas garrulas. Arte frente a la exaltación tarambana, una de las claves para devolver la belleza a Puerta Blanca.