La calle Olózaga es un marco perfecto para esa llamativa vidriera que copa la fachada de la cara norte del mercado de Atarazanas. Si uno camina despacio y se topa con ella, puede comprender, con un rápido golpe de vista, la esencia de las calles que pisa, las vías de una capital orgullosa y antigua que, pese a encerrar en su seno una historia trimilenaria, ha empezado hace poco a respetarse a sí misma. En torno a Atarazanas estaba antes el mar. Aquello era un astillero nazarí que acabó transformado en un mercado que ha sido, sin duda, durante muchas generaciones uno de los corazones de la ciudad. Ahora que el otoño se troca en una estación suave y bondadosa, que mira a sus díscolos hijos con la benevolencia que imprime la moderación térmica, la vida vuelve a palpitar en las callejuelas de ese mercado, porque vida hay en las conversaciones entre tenderos picarones y clientes confiados que regatean el precio del producto, porque la existencia se refleja en esa amalgama colorida de frutos del Valle del Guadalhorce o en el rojo carmesí de las carnes llegadas desde todos los puntos de la provincia o en ese pescado de la Bahía de Málaga que espera que el propietario de una marisquería cualquiera de las de la capital lo compre para seguir seduciendo a sus clientes. Tal vez haya sido Atarazanas una de las intervenciones rehabilitadoras más importantes de las llevadas a cabo en las dos últimas décadas, una de las pocas que ha respetado la historia y la esencia de un espacio que es bastión y santo y seña de una ciudad amable con el que llega y esquiva con sus propios hijos. Y, en breve, a esta joya de la arquitectura del hierro soñada por Joaquín Rucoba a principios del último tercio del siglo XIX, se sumará el mercado municipal de Salamanca, en el corazón del Molinillo, una joya del estilo arquitectónico neomudéjar diseñada por Daniel Rubio y ejecutada entre 1923 y 1925. Las obras han sido un calvario: no sólo para los comerciantes, también para el esforzado departamento que dirige la teniente de alcalde de Comercio y Vía Pública, Elisa Pérez de Siles. Los trabajos empezaron en abril de 2019 tras una larga tramitación y, nada más iniciarse, presentaron numerosos problemas para la empresa adjudicataria, ya que había importantes deficiencias estructurales que no se habían diagnosticado durante la fase de proyecto, algo normal con este tipo de monumentos. A finales de enero de 2021 culminó la primera fase de las obras y el pasado miércoles, culminó la segunda. El Molinillo, ese barrio antiguo y sabio que se desvive cada Viernes Santo con la Piedad que tallase el genial Paco Palma Burgos, tiene un motivo más para estar orgulloso y sus vecinos podrán comprar en un bellísimo inmueble en el que destaca la recuperación de sus dos portadas y de sus policromías y fisonomía originales. Resalta, sobre todo, el magnífico trabajo hecho con la portada trasera, que luce impresionante en el barrio y llaman mucho la atención los azulejos que muestran gallinas o pescados, dando fe de la memoria comercial de la plaza. Y es que la ciudad, como digo, late en los mercados: ahí está la Málaga verdadera, la que sufre y sonríe con su ciudad y con sus estrecheces, la que pone al mal tiempo buena cara, la misma en la que sus habitantes fenicios, romanos, árabes y luego cristianos comerciaban con el fin de robarle al destino algún día más de dicha. Tengo un amigo que, cada vez que emprende un viaje a una ciudad nueva, lo primero que hace es visitar sus mercados y también sus cementerios, porque tal vez sean los dos lugares en los que las costumbres sociológicas y la idiosincrasia de cualquier enclave se palpan con mayor facilidad. Recuerdo con cariño aquella serie de reportajes que hice de los 15 mercados municipales en 2014 y 2015, un trabajo publicado en esta casa que la editorial Azimut, comandada por el escritor y editor Francisco Javier Rodríguez Barranco, retomará en forma de libro, con fotos de la gran Tatiana Tiami (@tiamiphotoart), en 2022. Y si esta ciudad es conocida por cómo vive a las puertas del Mediterráneo desde hace milenios, también puede conocerse muy bien por la forma en la que encara el momento del adiós: la muerte. Quizás este sea el domingo más pertinente del año para hablar y reflexionar sobre ello, porque en la historia y el desarrollo de nuestros camposantos también está la esencia de esta ciudad. Ya se está actuando en el muro norte del Cementerio Inglés, que aún necesita, por cierto, mucha ayuda financiera, aunque parece que la cosa está encarrilada. Esa porción de tierra encierra en sus entrañas buena parte de la historia de Málaga, desde la catástrofe de la fragata de guerra alemana Gneisenau, que naufragó en 1900 junto al puerto, hasta la revuelta liberal encabezada por Torrijos. Y qué me dicen de ese delicioso cementerio que es San Miguel, en el que Jorge Serra y su equipo desarrollan un gran trabajo con el fin de recuperarlo para que las generaciones actuales y futuras de malagueños sepan comprender cómo morían, y también cómo vivieron, las insignes familias malagueñas y los más destacados artistas de los siglos XIX y XX. La memoria y la vida de la ciudad laten no sólo en sus mercados, sino también en sus cementerios. Acudan a conocerlos.