María Bautista y María Andrade -dos de las casi 3.000 personas que se han visto obligadas a dejar sus casas por culpa del incendio que arrasa Sierra Bermeja- comparten un mismo nombre, pero han corrido suertes muy distintas tras marcharse del pueblo; una, ha dormido en una casa particular y la otra, en el coche.

María Bautista, vecina de Júzcar -uno de los pueblos de Sierra Bermeja desalojados este domingo-, salió este domingo de su casa junto a su hijo Antonio y su perrito; y llegó al polideportivo de San Francisco en Ronda sin tener muy claro que iba a pasar o cuando podría volver a casa.

En el pabellón le ofrecieron un lugar donde sentarse, comida caliente y la atención y el cariño de los voluntarios; aún así, tenía miedo por su hogar -del que se había marchado con mucha urgencia- y estaba preocupada por su perrito que -sabía- no se podía quedar con ella en el polideportivo.

Pedro Arturo, vecino de Ronda, supo de los desalojos en los municipios vecinos y ofreció lo que tenía, su casa, gracias a lo que María ha podido disfrutar de una habitación y “una cama como Dios manda” en su primera jornada fuera del pueblo, explicaba a Efe este lunes en el centro deportivo al que ha acudido a comer con su hijo.

Pedro Arturo “es una buena persona”, aseguraba María Bautista agradecida, y continuará pasando a buscarla mientras no pueda regresar a Júzcar para que durante estos días de incertidumbre sienta el calor de un hogar, aunque no sea el suyo de siempre.

Voluntarios y miembros de la Cruz Roja asisten a los desplazados por el incendio. Álex Zea

María Andrade, de Faraján -otro de los municipios desalojados este domingo a causa del fuego-, ha vivido un historia muy distinta a la de su tocaya y ha pasado la primera noche “maldurmiendo” en el coche porque no quería dejar a su fiel compañero con desconocidos, comentaba a su llegada al pabellón de San Francisco.

Esta vecina de Faraján vive en compañía de cuatro perritos y cuando salió del pueblo se llevó consigo al pequeño que, además, “es el más tragón”, explicaba a Efe con una medio sonrisa tras la mascarilla que no lograba esconder su preocupación por lo tres que se ha dejado atrás.

“Todo estaba negro, casi no se veía el cielo; luego llegó la Guardia Civil y las ambulancias y nos dijeron que teníamos que marcharnos”, comentaba; así, entre las carreras de unos y los gritos de otros, cerró las ventanas a cal y canto, quitó el butano, tiró de la puerta y se marchó.

Antes había puesto agua y comida a sus perros, a los que que no podía llevarse con ella -decía con mucha pena-, aunque espera que estén bien -comentaba con voz temblorosa- porque en casa están seguros y son “los que mejor se administran la comida”.

María Bautista y María Andrade, dos mujeres fuertes y luchadoras que ya peinan canas, no esperaban tener que salir de sus casas en estas condiciones y sueñan con volver a su hogar lo antes posible.