18 de diciembre de 2017
18.12.2017
Barraca y tangana

Sin pasarse

18.12.2017 | 05:00

El Relaño actualidad se me hace un poco bola, pero el Relaño cebolleta no tengo ni que masticarlo. El Relaño actualidad tiene que vender periódicos. El Relaño cebolleta cuenta historias y las cuenta bien. Camba ya escribió hace un siglo que el periódico de mañana se leería hoy, y eso hago. No hay noche de domingo sin lectura del periódico del lunes, y no hay lectura completa sin la dosis semanal de las Memorias en blanco y negro de Relaño. Algunas incluso las capturo y las guardo en una fuente inagotable de anécdotas. Me gusta una de Daucik entrenando en el Sant Andreu: en los viajes paraba el autobús a cuatro manzanas del hotel y hacía que los jugadores fueran hasta allí con las maletas en la mano y avanzando en cuclillas. «Para desentumecer», decía. Ojalá un cargo vitalicio en el Ministerio de los Andares Tontos.

Está claro que alrededor del fútbol abundan las buenas ideas. Una vez el Castellón fue a jugar a Palma, y el caso es que no sé muy bien por qué terminaron pegándose los ultras del Mallorca con los del Atlético Baleares. Estaban en un club de petanca y decidieron tirarse bolas, que estaban a mano. Buena idea: cinco heridos. Yo también tengo buenas ideas. Cuando el diario As cumplió 30 años iba a primero de BUP. En Lengua debíamos escribir una redacción cada semana y, mira, pereza absoluta, yo con la que escribí criticando a Clemente ya tuve bastante. Un día no me apetecía pensar y copié entera una carta al director que felicitaba al periódico por su aniversario. Buena idea: lo raro es que no lo siga haciendo.

La necesidad de vender periódicos no siempre causa desgracias. Al contrario, a principios del siglo XX sirvió para crear el Tour de Francia. Lo cuenta Ander Izagirre en Plomo en los bolsillos. Ander fue un niño ciclista que no llegó a profesional, seguramente, por seguir los sabios consejos de sus abuelas: «Cuando te canses, párate». Una versión mejorada de aquel mítico anuncio de la tele, en verano y en la playa: «Juan, báñate pero no te mojes».

Ander no fue niño futbolista pero aún así escribió también uno de los libros más bonitos que hay sobre el fútbol, el Hooligan Ilustrado de la Real Sociedad, Mi abuela y diez más. Es curioso y pasa también en el librito de Enric González sobre el Espanyol. Perder contra mi equipo supone tocar fondo para ellos, algo así como una catarsis. Perder contra mi equipo es como liarse con mis amigos: síntoma de que algo no funciona en esas cabezas. Cuando ocurre, conviene pararse a pensar qué estás haciendo con tu vida.

Ander cuenta el primer partido de la Real tras el descenso a Segunda División, una derrota en Anoeta ante el Castellón: «una desolación casi perfecta». Estamos en el mundo para eso, para que a partir de ese momento los demás piensen ante cualquier desgracia que podría ser peor, que podría ser como aquella vez que perdieron contra el Castellón. Enric cuenta otro caso de los años setenta, «un partido siniestro» en Sarrià. Lluvia, frío, oscuridad y el Castellón ganando 0-1 y de penalti, casi seguro que sin merecerlo. Los ingredientes de un día perfecto para mí, y los ingredientes de un trauma infantil para él: aquella tarde tomó «la decisión consciente». Pobre: por nuestra culpa sería del Espanyol para siempre.

Me siento un poco culpable por ir provocando desgracias colaterales, que tampoco es que nos sirvan de mucho. El fútbol debería estar para hacernos moderadamente felices y no tristes, sin exagerar, sin desbordar. Prefiero una alegría contenida, una dosis serena. No tanto como la alegría salvaje que nace al ver que marca uno que has puesto en el Comunio, sino la que asoma tibia al ver que sale en el once titular. Solo eso, sin pasarse. Alegría sí, pero en su justa medida. Cuando te lo pasas tan bien que no haces fotos, algo así, ese tipo de alegría flotante. Como la que ayer produjo en mí saber que mi hijo lloraba como un loco cada vez que lo sacaban de una canchita de fútbol en una fiesta de cumpleaños. Como cada vez que coge una pelota, se me acerca, se concentra mucho y al final la levanta y dice: ¡pa!

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