Vamos a conocernos. En un barrio cualquiera de Málaga, entre cientos de ladrillos y argamasa elevados hacia el cielo, miran con recelo sus moradores a cualquier habitante ajeno a su cubículo particular. Mundos a escasos metros, novelas por escribir entre esperanzas y sinsabores. Descomunales comunidades bien por número, bien por complejidades. El vecino de toda la vida, el nuevo, el parlanchín, el sabelotodo, el pasota, el envidioso, el reventador, el maniqueo, el traidor, el conciliador, el docto, el necio, el abusón, el buenazo… En uno y en todos aparecen y desaparecen o se entremezclan personajes, representados ante el público forzado en el concilio vecinal, con representación teatral del normalmente ajeno administrador, que no lo es del guion y su posterior reescritura, así como de la caja recaudada del festival anual de teatro. Suele haber víctima propiciatoria cuando torna en aquelarre, conjurado con insidia por maestro de ceremonias, sempiterno, itinerante o en comandita, que se atribuye prerrogativas mediante sutiles ardides que le otorgan potestad, ungido por la aquiescencia o la pasividad de los decididos indecisos, y pretende sentenciar destinos de presupuestos y obras con opacidad disfrazada de eficacia o bien displicencia.

Tantas caras, tantos trajes, pero nadie va desnudo porque mostrarte ante tanta mirada somete al pudor a cualquier nudista.

La reunión de vecinos se zanja con el anhelo de vivir en una casa unifamiliar, alejado de los rayos x que nos enferman, como a Marie Curie, lo que me lleva a pensar que morir por el bien común es muy distinto a ser sacrificado por un común bien, en sentido literal como metafórico. Y verán que hay en esta representación un patrón que refleja nuestra sociedad, nuestra errática forma de abordar lo colectivo, el ego y el egoísmo, con su máximo exponente en los partidos políticos y estructuras gubernamentales. De tal palo de gobierno, tal astilla ciudadana.