Antonio sobrepasa ya el otoño vital. Se batió el cobre en una vida donde nadie le regaló nada, y afronta su invierno de la manera más inesperada. De esa que cuando niño te preguntan qué quieres ser de mayor, y jamás hubieras respondido: Desalojado, despojado.

Antonio era hostelero hasta que conoció a Yolanda, eternamente Yolanda, y dedicaron su vida en común a armonizar belleza y equilibrio en un negocio de decoración en Marbella. Tiempos de esfuerzo compartido y avatares superados a base de demostrarse amor eterno y prometerse un futuro tranquilo, juntos. Años más tarde llegó el cáncer y Antonio cumplió su promesa. Invirtió absolutamente todo en buscar el mejor tratamiento para su pareja. Incluso rehipotecaron su casa en la Calle Calvario para dar con la cura y que ese futuro juntos no se les escapara entre los dedos. Todo se intentó. Nada, por desgracia, se pudo hacer. Y ahí, en ese mismo instante, empezó el infierno.

Antonio pasaba los días aturdido por el pesar de quien ha perdido a su compañera de viaje, y la Caixa ejecutó la hipoteca que ya era imposible de pagar. Tras varias negociaciones se alcanzó un acuerdo, una segunda oportunidad, y un alquiler social le permitió seguir habitando en la casa donde tantos recuerdos atesoraba tras una vida con Yolanda desde 1998. Pasado el tiempo, el banco vendió la deuda de Antonio a un banco malo, un fondo buitre, y en vez de respetar el contrato o haber iniciado la vía civil, trató a Antonio como un delincuente e instó denuncia por ocupación ilegal con medida cautelares de desalojo. Las notificaciones se mezclaron con la publicidad o directamente se perdieron por el camino. Jamás llegaron a sus manos. El pasado 15 de julio de 2021 se personó la policía nacional para echarlo de su casa por mandato de un juez que les autorizaba el uso de la fuerza necesaria para proceder al desalojo. Antonio no daba crédito, no podía creer lo que estaba pasando. La primera y única noticia que tuvo fue un grupo policial que, a empujones, solo le permitió coger a su perra y un par de mudas. Toda su vida quedaba atrás, y lo que era peor, cerrando la puerta por fuera.

Antonio sabe que ha perdido la casa, pero gracias a Raquel, su leona del turno de oficio, está agotando todas las vías para recuperar todo lo que contenía. La Audiencia Provincial de Málaga le ha dado la razón: tiene derecho a recuperar sus cosas. Pero el fondo se las ha apropiado y hace oídos sordos a cada llamamiento.

Desde entonces Antonio sobrevive en un local al que accede con muletas por un accidente. Ya ha superado la desazón, la vergüenza, y ha recuperado el orgullo. Allí se sienta y ve agotarse los días, escuchando de lejos el mar cuyo rompeolas solía recorrer junto a su pareja, ese mar infinito y enmarcado en tantas casas que decoraron. Lo que no consigue oír, y créanme que lo intenta, es el sonido de la justicia que un juzgado de instrucción de Marbella le niega por ahora. Pero Antonio no va a parar. Necesita sus cosas, sus recuerdos. Merece y necesita un futuro tranquilo. Se lo prometió a Yolanda, su eterna Yolanda. Y lo va a cumplir.

«Toda una vida, te estaría mimando, te estaría cuidando, como cuido la mía, que la vivo por ti». Osvaldo Farrés, 1943.