Opinión | EL RUIDO Y LA FURIA
Los libros

Una imagen de la celebración de Sant Jordi, la fiesta del libro, en Barcelona. / Danny Caminal
Las letras andan de fiesta. Cada 23 de abril, por San Cervantes, conmemoramos ese milagro que es el libro amparándonos en una vieja tradición, no tan antigua en realidad, afianzada sobre la fabulación de que Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso murieron los tres tal día como hoy de 1616 (la fecha de Shakespeare corresponde al calendario juliano, que sería el 3 de mayo del calendario gregoriano, y Cervantes murió en realidad el 22 de abril y el 23 fue el entierro).
Pero al cabo eso no importa demasiado. Importa que en torno a este día volvemos la vista hacia el que podría ser el mayor invento de la Humanidad. Borges, que soñó el paraíso como una biblioteca infinita, sostenía que “de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.
Tenía razón, como siempre. Somos las historias que recordamos y contamos. El éxito de nuestra especie estriba en ese hecho único y milagroso de contar historias y de transmitir el conocimiento a través de la palabra, la herramienta primordial de todas las creadas por los seres humanos. Y cada libro es una caja donde se atesoran esas maravillosas herramientas con las que a cada momento, en todo momento, construimos el mundo, nuestro mundo, desde el descubrimiento del fuego a la invención de internet. Todo está basado, fundamentado, sostenido por la palabra.
Es evidente que el lenguaje nos hizo humanos, pero la lectura nos transformó de forma irreversible, como afirma Richard Rorty, nos proporcionó una vida interior llena de personajes, la cualidad de viajar y la de salir de nosotros mismos “entrando” en nosotros mismos a través de ese acto privado, aunque pueda ser colectivo, de la lectura.
No recuerdo cuál fue mi primer libro, aquel que llevaba la dosis necesaria para convertirme en adicto irrecuperable. No recuerdo cuál fue, pero intuyo que ni siquiera lo leí yo mismo, sino que me llegó a través de la voz de otro. Pero sin duda aquella primera dosis dejó un eco de felicidad que he seguido buscando ya incansablemente, sin pausa. Alguna vez he dicho que soy muchísimo mejor lector que escritor.
Cuando me vaya de este mundo no dejaré mucho. He tenido muy poca desenvoltura para ganar dinero. No soy dueño de grandes propiedades, mi cuenta bancaria es exigua y mi trabajo no da para mucho más allá que para pagar “la ropa que me cubre, el pan que me alimenta y el lecho donde yago”. A mi hija sólo podré dejarle en herencia unos cuantos miles de libros, una familia numerosa de la que habrá de hacerse cargo con la encomienda de amarla como yo la he amado.
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