Tras dos años de vacío procesionista, por culpa de la pandemia de Covid-19, la Semana Santa volverá a conmemorar en las calles de la ciudad la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Un fenómeno religioso, pero también histórico ampliamente documentado, aunque apenas se tenga una conciencia clara sobre el sufrimiento físico que supuso. Las imágenes que saldrán en procesión durante estos días apenas muestran una visión ‘dulcificada’ de las 96 horas que cambiaron la Historia del mundo.

Un libro escrito hace ya unos años por el médico internista Ángel Rodríguez Cabezas y el psiquiatra José María Porta Tovar describe de forma minuciosa y documentada el sufrimiento de Jesús, tanto físico como psicológico. No obstante, en este reportaje abordaremos únicamente el aspecto somático, quizá más visible en las escenas que se muestran sobre los tronos cada Semana Santa.

Jesús sufrió el efecto de cinco instrumentos que lo destrozaron físicamente, hasta provocarle la muerte. Flagelación, coronación de espinas, carga de la cruz, crucifixión y la última lanzada.

Brutalidad

El patio de la Torre Antonia de Jerusalén fue el escenario de una de las flagelaciones más brutales que cualquier reo pudo soportar. En medio del lisostropo, atado a una columna y completamente desnudo, Jesús sufrió el castigo inflingido por dos lictores romanos, encargados habitualmente de propinar los latigazos.

El instrumento utilizado fue el temible ‘flagrum taxilatum’. Éste se componía por un palo del que salían tres cuerdas. Al final de cada una de ellas, bolas de acero o huesos de oveja, que se incrustan en la carne y desgarran la piel e incluso el músculo.

Ángel Rodríguez subraya que la norma judía prohibía que alguien sufriese más de 40 latigazos, sin embargo, y según los datos recopilados en la Sábana Santa, a Jesús se le aplicó la norma romana: 120 latigazos por todo el cuerpo. Cuando uno de los lictores se cansaba, le sucedía el otro y así alternativamente. El castigo no perdía intensidad.

La flagelación no era una pena aislada ni gratuita. Era el paso previo para todo condenado a muerte en la cruz.

Muchas personas morían tras la flagelación aunque, como señala Rodríguez Cabezas, «Jesús era un hombre fuerte y pudo aguantar esta primera fase».

La representación clásica de la corona de espinas se aleja de lo que fue en la realidad. Los romanos utilizaron una planta propia de la zona con unas puntas muy afiladas y que oscilan entre los dos y tres centímetros.

«Los romanos no se iban a entretener en tejer una corona. Ponían un manojo encima de la cabeza de Jesús y le daban golpes con una caña», subraya este médico en su libro, donde se señala que en la Sábana Santa se han detectado hasta 60 heridas en la cabeza y con cierta profundidad.

En unas circunstancias físicas ya muy deterioradas, con coágulos por todo el cuerpo tras la flagelación, la corona o capacete de espinas sobre la cabeza y humillado de forma repetida, Jesús tiene que llevar el madero para su crucifixión.

Camino del Calvario

En realidad Jesús no llevó la cruz completa, tal y como la interpretación clásica barroca recrea sobre los tronos. Sólo el travesaño horizontal o patibulum. Pero no era algo fácil. Estos maderos solían tener una longitud de 2,30 metros y un peso de entre 35 y 40 kilos. Además, los romanos colocaban la madera tras la nuca y ataban las manos del penado a cada uno de los extremos. El camino se hacía un suplicio para el condenado, muy débil físicamente tras la flagelación y que, cada vez que caía al suelo, no tenía con qué apoyarse.

Jesús tuvo que recorrer unos 500 metros en estas condiciones y sufriendo los latigazos de los soldados romanos para que no se detuviera en su ascensión. Con cada caída, daba con su cara contra el suelo y sufría el peso del madero.

La crucifixión

El Monte Calvario no fue elegido por casualidad para ejecutar la crucifixión, sino que era el lugar habitual donde los romanos ejecutaban a los reos. Posiblemente, allí ya estuvieran colocados los maderos verticales o ‘stipes’.

La representación habitual de Jesús crucificado muestra los clavos en las palmas de las manos. Sin embargo, físicamente no es posible que se sostenga el cuerpo en la cruz. El verdugo, que solía ser un especialista, ponía el clavo en la muñeca, en el llamado ‘Espacio de Destot’. Rodríguez Cabezas explica que en este sitio entra fácilmente un clavo «con uno o dos golpes, por las pruebas que se han hecho en cadáveres».

Pero este hecho tiene además un punto de crueldad añadida. A las lesiones en venas y arterias hay que unir la del nervio mediano, que produce un dolor de una intensidad especial.

Los pies fueron clavados juntos, con el izquierdo sobre el derecho, según se deduce de los estudios de la Sábana Santa.

Los clavos tenían unos quince centímetros de longitud y eran suficientes para sostener el peso de una persona. En algunas ocasiones producían desgarros importantes y los verdugos los clavaban en el brazo, entre el cúbito y el radio, aunque no fue el caso de Jesús.

La crucifixión producía la asfixia del condenado y además era un sistema de muerte muy lento, pudiendo tardar días en determinadas ocasiones. Por ello, como acto caritativo, los romanos le rompían las piernas al penado, que moría al poco sin poder respirar.

En el caso de Jesús no le quebraron ni un solo hueso, cumpliendo además con lo que habían anunciado los profetas. Murió por un colapso generalizado, siendo difícil determinar la causa exacta de la defunción por el mal estado en que se encontraba.

La archicofradía de la Sangre representa el momento en que el soldado romano Longinos clava su lanza en Jesús. Este hecho se produjo cuando ya había expirado y para comprobar su estado. Sobre el hecho concreto, hay divergencias. Algunos autores entienden que el nombre de Longinos es una derivación de la palabra griega ‘lonje’, que significa lanza. De ahí que se hable de la lanzada.

Ángel Rodríguez, sin embargo, sostiene que la incisión se realizó con una espada. En concreto la llamada ‘gladius hispaniensis’, habitual en las legiones romanas. Tenían unos 50 centímetros de longitud y estaban diseñadas especialmente para ser clavadas, no para cortar.

Con ese gesto termina la Pasión y comienza la cuenta atrás para la Resurrección de Jesús. El principio de todo.

La Pasión de Jesús comenzó mucho antes de la flagelación. Ya durante la Última Cena, la certeza de la traición, supone el inicio de la angustia, aunque inicialmente tiene su origen en un plano psicológico. No obstante, esto también tiene su manifestación física durante la Oración en el Huerto, momento en el que Cristo sudó sangre.