Opinión

Los viejos vicios

Los de Jaén, cuando emigramos, lo hacemos siempre con la lengua pegada al asfalto

15.07.2015 | 00:55

Apenas lleva unas semanas en Málaga. Viene del pueblo, pero con un periodo intermedio de aclimatación en Madrid, porque los de Jaén, cuando emigramos, lo hacemos siempre con la lengua pegada al asfalto y una despedida tipo réquiem del torpor sin salida con el que nos agarrota la solana. En su caso, hombre perspicaz y versado en alta tecnología, la revelación ha tardado poco en tomar cuerpo, el tiempo justo que lleva a mojarse los labios con un trago largo de cerveza y tratar de empapar el juicio para que no se desordene con cabriolas a la primera trompada comunicativa: «Me habían dicho que Málaga era una ciudad en crecimiento, casi una capital», dice, para luego disparar a quemarropa. «¿De qué cojones va eso de las casas parroquiales?». En los últimos años me he visto en la obligación de intentar responder decenas de veces a esa misma pregunta, casi siempre sin éxito, abrumado de antemano y deseando secretamente cambiar de ciudad para poder al fin ponerme serio y cambiar también de enigma. A lo largo de su vida, un hombre razonable puede dar respuesta a un número indeterminado de interrogantes; ocuparse, por ejemplo, de la pastosidad del cosmos y de la tos desnuda que se escucha irremediablemente en la ópera, pero si es preguntado por las casas hermandad de Málaga, con todo su estupor arquitectónico, no le quedará otro camino que tratar de confortar a su interlocutor y decirle que no sufra, que de vez en cuando hay exposiciones de Louise Bourgeois y hasta cartuchos baratos de pescado frito. A los que vivimos en esta ciudad nunca dejará de sorprendernos la capacidad que tiene Málaga para vender sistemáticamente su alma al diablo con el urbanismo de trazo grueso e irreversible; por deferencia a la cosa cofrade, en plena era machacona del turismo, se tolera la construcción en el centro de monstruosidades con apariencia de garaje erecto y burdo, islotes de fealdad que riman siniestramente con la tendencia a la autodestrucción y el despilfarro de la que siempre ha hecho gala esta ciudad. Quizá no haya un ejemplo más exagerado en toda Andalucía, un patrimonio más maltratado por gobernantes ágrafos y empresarios enloquecidos. Y sigue la fiesta. Con toda su lujuria. Próxima estación: Moneo y La Mundial. Síntesis de todos los vicios.

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