360 grados

Un daño enorme a la izquierda

Ha habido mejoras sociales en Brasil, pero el sistema – un capitalismo de compadres, fuente de inmensa corrupción– sigue intacto

19.03.2016 | 05:00

Brasil, ese «país del futuro» que lo llamó Stefan Zweig en un libro escrito en el exilio antes de suicidarse desesperado por lo que ocurría entonces en Europa, es noticia estos días en la prensa mundial.

No por las próximas Olimpiadas exactamente, aunque de ellas habrá mucho también que hablar al respecto, sino por la corrupción del gigante petrolero «Petrobras», una corrupción, como todo lo que afecta a aquel país, a lo grande.

Corrupción que une, como suele ocurrir, a empresarios y políticos porque, aunque aquí muchas veces parezca olvidarse interesadamente, detrás de cada político corrupto hay un financiero, un constructor, un promotor, un empresario que pone el dinero a cambio de los favores que espera obtener.

El 8 de marzo, el juez Sergio Moro envió a la cárcel a uno de ellos, Marcel Odebrecht, el mayor constructor del Brasil y presidente de uno de los mayores imperios empresariales de América Latina.

Odebrecht ha sido condenado a 19 años de cárcel por su participación en una trama delictiva que conseguía contratos de forma fraudulenta con la petrolera brasileña.

Además de ese y otros empresarios, cincuenta y tres diputados, senadores y gobernadores de distintos partidos están siendo investigados por la justicia.

Y entre los investigados está el otrora carismático Luiz Inácio Lula da Silva, el metalúrgico que llegó a presidente y a quien la prensa de todo el mundo, incluido la más conservadora como el semanario británico The Economist, colmó en su día de alabanzas por su moderación, que no ponía en peligro al sistema.

Con la justicia en los talones, en lo que muchos interpretan como un acto de reconocimiento de culpa, quien fuera el líder de la izquierda brasileña ha terminado aceptado la entrada en el gobierno de su correligionaria y sucesora, la exguerrillera Dilma Roussef, para convertirse en aforado, algo que conocemos también demasiado bien aquí.

El escándalo en torno a Petrobras es mayúsculo, y una empresa que fue la mayor no sólo del país sino de toda Suramérica antes de perder cuatro quintos de su valor bursátil, ha arrastrado en su caída a la séptima economía mundial.

La operación Lava Jato analiza desde hace ya casi dos años una amplia red de desvíos de dinero, obras sobrefacturadas , sobornos y financiación ilegal de partidos, que ha terminado apuntando cada vez más alto hasta llegar al propio expresidente de lucrarse con la corrupción.

Corrupción unida a la megalomanía nacionalista, que hizo que Petrobras, que llegó a creerse Dios, se embarcara en los proyectos más extravagantes costaran lo que costasen y hubiese que sobornar a quien fuera: sobraban millones.

«Queríamos emular a los tigres asiáticos, olvidándonos de que no teníamos ni su nivel de educación, ni sus tasas de ahorro ni su disciplina», critica el economista brasileño Samuel Pessoa.

Y así surgieron hombres como el banquero André Esteves, que no tardó en tomar el control de la banca de inversiones Pactual, antes de venderla a la suiza UBSW y terminar fundando una nueva banca, que bautizó BTG («Better than Goldman Sachs: Mejor que Goldman Sachs).

Esteves fue detenido tras verse acusado de obstruir, junto a un senador, la acción de la justicia en una investigación de sobornos relacionados una vez más con Petrobras.

«Quienes no han invertido con Petrobras en los quince últimos años no estaban en Brasil. No había más remedio. No era posible trabajar con Petrobras sin caer en la corrupción», afirma un conocido banquero.

De todo este asunto, que brindará todavía titulares a la prensa mundial durante meses, lo más desgraciado es sin duda el enorme desengaño que ha supuesto para quienes votaron a quien fue durante muchos años de falsa bonanza algo así como un mito para muchos en todo el mundo: el expresidente a quien conocían cariñosamente como Lula.

Como ocurre cuando un político o un sindicalista traiciona de esa manera a quienes depositaron en él sus esperanzas, el perjuicio a la causa de la izquierda es inmenso y su responsabilidad por tanto, enorme.

Es cierto, como señalan algunos, que ha habido mejoras sociales en Brasil, que ha disminuido la miseria y ha aumentado fuertemente la tasa de escolarización. Pero el sistema – un capitalismo de compadres, fuente de inmensa corrupción– sigue intacto.

Sea cual fuere la suerte de Lula, el daño está hecho y será duradero.

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