Al azar

Cela y Vargas Llosa, en puerta de hierro

27.03.2016 | 05:00

La maldición del Nobel de Literatura consiste en que ningún autor ha escrito una obra de mérito tras recibir el galardón. Sin embargo, hasta ahora no estaba excesivamente documentado el vínculo con la instalación en zonas residenciales privilegiadas, después del oportuno relevo de la esposa de toda la vida por otra mujer más glamourosa.

Los Diarios de Albert Camus reflejan la honda depresión en que se sumió el escritor francoargelino, tras recibir la llamada de Estocolmo. En cambio, Camilo José Cela y Mario Vargas Llosa experimentaron un tránsito coincidente. Poco después de coronar la cima literaria, ambos escritores se instalaron en Puerta de Hierro. Igual que Juan Domingo Perón.

Al margen de la tradición y el idioma compartidos, no abundan las similitudes estilísticas entre Cela y Vargas Llosa. El primero vivió durante décadas en Mallorca. El segundo quiso hacerlo sin éxito, al no encontrar acomodo para su biblioteca, pero siempre en paisajes distantes de Puerta de Hierro. Sin embargo, ambos celebraron el Nobel trasladándose a la lujosa urbanización madrileña con una nueva pareja, después de agradecer los servicios prestados a la anterior. El gallego reconocía desde siempre la labor de Charo Conde, habilitadora de su caligrafía a unas condiciones inteligibles, antes de confesarle que «me he enamorado como un chaval» para mudarse con Marina Castaño. El peruano transformó el célebre discurso de Estocolmo en un homenaje almibarado a su esposa y prima, Patricia Llosa. Admitía lacrimógeno que orbitaba alrededor del orden que su mujer introducía en su vida y en su trabajo de creación. Cuatro años más tarde, convive con Isabel Preysler, a falta de decidir si se cumplen las mismas premisas. En este caso, la mansión ya adquirió celebridad por haber alojado a Miguel Boyer.

El Nobel imprime carácter. Puerta de Hierro no figura en la iconografía de Cela ni de Vargas Llosa. Cabe hablar por tanto de un sacrificio profesional, de una renuncia para cumplir con la etiqueta señorial exigible a un premiado. El paralelismo se mantiene en la lista de servidumbres que conlleva la ilustre residencia. A partir del galardón sueco, pero sin ninguna conexión con su obra, los dos novelistas se convirtieron en pasto de la prensa del corazón. En concreto, en asiduos de la revista ¡Hola! Dado que Isabel Preysler figura en la nómina de colaboradores fijos del semanario, hay que ameritar por comparación el esfuerzo de Marina Castaño para introducir su matrimonio en el repertorio de la delicada publicación, con el auxilio impagable del histrionismo de Don Camilo.

Para hacer más llevadero el calvario de la celebridad, Vargas Llosa lo ha compaginado con sus severas pontificaciones contra la civilización del espectáculo. Las impostadas declaraciones al respecto, efectuadas bajo un retrato de la Preysler, inspiran un sano escepticismo. El escritor siempre puede alegar que está llevando a cabo una prospección empírica, que baja a la mina para mejor denunciar la vacuidad de los oropeles que siempre ha detestado. Sin embargo, la coincidencia con la experiencia de Cela obliga a concluir que el Nobel contribuye a satisfacer la aspiración que ningún escritor puede alcanzar mediante su obra. A saber, las glorias mundanas, a menudo criticadas por quienes carecen de la opción de sumergirse en ellas.

La literatura es muy aburrida por comparación con los saraos, según puede certificar el porcentaje decreciente de la población que se enfrenta a un libro. Cela siempre jugó a declaraciones tan altisonantes como equívocas, que lo emparentan con el anarquismo conservador de Dalí o Berlanga. En cambio, Vargas Llosa solo sabe pensar en ficciones, aunque presuma de campeón de las disputas liberales. El ensayo lo deja desguarnecido, tal vez por la exposición de huecos culturales que se esfuerza en disimular. Cuando presumió de haber leído Les bienveillantes en riguroso francés, tradujo el título por Los benévolos en lugar de Las benévolas, lo cual plantea alguna duda sobre su grado de comprensión de las 900 páginas interiores. Por supuesto, las cuestiones gramaticales distan de monopolizar la actividad social de Puerta de Hierro. Es correcto afirmar que el Estado entero se movilizó para que los dos Nobel pudieran disfrutar de su residencia en una selecta geografía. En concreto, el entonces Rey les otorgó sendos marquesados, merecidos en atención a una parte de la creación literaria de Cela y Vargas Llosa.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog
Enlaces recomendados: Premios Cine