La Mirilla

Las manos sucias

21.04.2016 | 05:00

La detención incondicional de los cabecillas de Ausbanc y Manos Limpias, acusados de amenazas, extorsión y pertenencia a una organización criminal, desazona y desmoraliza tanto como los casos de corrupción política que siguen aflorando casi a diario. Una organización nominalmente defensora de los usuarios frente a los abusos de los bancos, y un «sindicato» autoerigido en brazo justiciero contra las dejaciones o corruptelas del poder, son presuntos chantajistas que ofrecen el desistimiento de tales acciones a cambio de dinero. Es demasiado. Este país estaba tan podrido como las peores dictaduras bananeras. Pensar que es uno de los resultados de la más larga etapa vivida en libertad y democracia resultaría insoportable si no fuera por la ejemplaridad del castigo. A todos los indecentes les llega la hora y hay que esperar que esto siga, por muy fuerte que sea el hedor.

El propio poder judicial ha sufrido bajas por la acción de estos justicieros. La expectación se centra ahora en el proceso de la hermana del Rey, que no ha sido encausada por la Fiscalía, la Abogacía del Estado, ni la Agencia Tributaria, sino tan solo por la acusación particular a cargo de Manos Limpias. La misma defensa de la Infanta ha sido invitada a «comprar» el archivo de la causa por desistimiento. Es el colmo de la aberración. Los abogados de Cristina de Borbón no quieren abortar ahora el proceso, sino llegar a un final absolutorio. Pero sería muy decepcionante que el tribunal siga adelante, sin invalidar todas las actuaciones de una acusación moral y jurídicamente cuestionada por una conducta de apariencia mafiosa, tan intolerable si afecta a una persona real como a un ciudadano cualquiera.

Aún admitiendo que la letrada López Negrete haya sido la primera sorprendida en su buena fe por el «sindicato» contratante, el propósito de mantener viva la causa puede contaminar de sospechas las razones de su empecinamiento. La han dejado con un pie sobre el abismo del descrédito y el ridículo. Nadie en su sano juicio querría sustituirla en el procedimiento, y parece demasiado que la acusación particular se haga tan particular que acabe siendo personal e intransferible. Cuantiosa es ya la renta de imagen derivada del interés mediático en torno a esta desdichada historia. Tomando el título de Sartre, las manos sucias que degradan a España dentro y fuera de sus fronteras merecen ser maniatadas sin miramiento alguno, y aún más si han montado su negocio sobre la asquerosa mentira de unas «manos limpias». Lo más limpio sería el carpetazo inapelable.

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