Pocos equipos acumulan la leyenda de los Yankees de Nueva York. La gran dinastía del béisbol estadounidense. El equipo de Polo Grounds, el que construyó un templo en el Bronx para meter a todos los aficionados que querían ver a Babe Ruth, el de la despedida de Lou Gehrig después de que se le diagnosticara ELA, el de aquella fila de los asesinos que fueron sus bateadores en los años treinta, el de Joe Di Maggio capaz de ganar nueve títulos en solo trece años... El de incontables mitos. Pura historia del deporte. Pero hay un personaje, menos conocido para el gran público, por el que los seguidores de los Yankees sienten verdadera devoción debido al enorme peso que tuvo en una etapa especialmente delicada para la franquicia.

Thurman Munson, un jugador salido de un pequeño pueblo de Ohio que llegó a los Yankees en 1969, lideró al equipo durante los convulsos años setenta en los que el club pasó a manos de un grupo inversor de Cleveland presidido por el excéntrico George Steinbrenner. El equipo venía de ocho temporadas desastrosas en los que la propiedad correspondía a la CBS que no tardó en liberarse de lo que consideraban una pesada carga. Mucho gasto, ningún título y el permanente desgaste que suponían las críticas eran un precio demasiado alto por seguir con aquella aventura. Con el nuevo propietario el vestuario se convirtió en una jaula de grillos. Steinbrenner comenzó a disparar los contratos (lo que supuso un problema para muchos otros propietarios), fichaba a su antojo, generó polémicas en el vestuario y enrareció en gran medida el ambiente de unos Yankees que parecían haberse olvidado de ganar. No contento con eso lo primero que hizo fue trasladar durante dos temporadas al equipo al estadio de los Mets porque decidió hacer una profunda remodelación del Yankee Stadium que llevaba desde 1923 en pie. Cuando regresaron a casa los aficionados y los periodistas lo bautizaron como el zoo del Bronx por el ambiente que rodeaba el club y por la proximidad que tenían al emblemático zoológico de Central Park.

Fue Munson el que instaló la paz en aquel desorden que amenazaba con destruirlo todo. Era un extraordinario receptor que elevó el nivel del equipo en el campo, pero que hizo valer su peso en un vestuario con demasiadas grietas. Tanto fue así que los jugadores le eligieron como capitán, algo que no sucedía desde los tiempos de Lou Gehrig. Se responsabilizó del grupo y la calidad de los jugadores comenzó a hacer el resto. En 1976, año en el que Munson recogió el galardón de MVP de la temporada y que añadió al de rookie del año, el equipo llegó a las Series Mundiales donde no pudo con los Cincinnati Reds. Fue solo una aviso. Al año siguiente los Yankees lograron un nuevo título y rompieron la racha de quince años sin reinar en el beisbol americano, con diferencia la sequía más larga de su historia. Repitieron en 1978 y parecía que las cosas volvían a su cauce en Nueva York. La gran dinastía volvía al lugar que le correspondía en la historia y los aficionados y la crítica comenzaron a asumir que nada hubiera sucedido sin la serenidad que Munson había aportado a un grupo que acusaba una peligrosa tendencia a la autodestrucción. Pero es que además sus números eran incontestables. Desde los años treinta un receptor no era capaz de impulsar más de cien carreras en la temporada. Le llovían los reconocimientos y galardones de toda clase.

A finales de los años setenta Munson comenzó a recibir clases de vuelo y se pasaba su tiempo libre agarrado a manuales de pilotaje. Aprendía a volar para viajar a Canton (Ohio) los días en los que el equipo descansaba. En su tierra vivían casi todo el año su mujer y sus tres hijos que nunca quisieron instalarse en Nueva York, temerosos del ambiente de la gran ciudad. Preferían su casa, su tierra y el espacio libre que encontraban allí. El jugador de los Yankees se anotó en una academia de vuelo e invertía mucho tiempo en hacer prácticas. Incluso se compró un Cessna, un pequeño reactor, después de muchas dudas. Porque en 1979 pensó en salir de los Yankees por la nostalgia que sentía de su familia. Se planteó fichar por Cleveland -lo que le permitiría estar más cerca de ellos- e incluso en algún momento la retirada pasó por su cabeza. Pero Steinbrenner le convenció para que siguiese adelante. El Cessna era la solución a su problema. Esa temporada, en la que el conjunto neoyorquino perseguía sus terceras Series Mundiales consecutivas, las cosas tardaron en arrancar para los Yankees aunque el equipo seguía en la pelea cuando se llegó el parón por el All Star. Munson se marchó a casa al quedarse fuera del partido de las estrellas y aprovechó para seguir practicando con su nuevo avión. El 2 de agosto, en el aeropuerto regional de Canton, recibió permiso para hacer una serie de despegues y aterrizajes. Todo iba con normalidad hasta que en el cuarto intento de tomar tierra (el último que tenía previsto realizar) cometió un error al no desplegar los flaps. El avión se descontroló y acabó estrellándose contra unos árboles al tiempo que se incendiaba. Junto a Munson viajaban su amigo Jerry Anderson y David Hall, un instructor de vuelo. Ambos sufrieron fuertes traumatismos, pero nada grave. El problema fue que Munson solo llevaba un cinturón de seguridad y no se había puesto el arnés que agarra los hombros. En el accidente se fracturó el cuello y parte del cuadro de mandos le dejó aprisionado. Anderson y Hall salieron del aparato por su propio pie pero ellos y las asistencias tardaron demasiado tiempo en socorrer al jugador de los Yankees que acabó falleciendo de asfixia debido a la inhalación de gases.

La noticia fue un mazazo brutal para los Yankees que fueron incapaces de rescatar la temporada. Todo el equipo acudió en Ohio al entierro en el que sonó la música de Neil Diamond, su cantante favorito.

Los homenajes no le faltan en casa. Los yankees crearon un premio con su nombre y la taquilla donde guardaba sus cosas en el estadio del Bronx permaneció vacía junto a la de los jugadores que cada temporada formaban parte de la escuadra. Un silencioso homenaje, una forma de recordar a diario al hombre que gobernó aquella caseta durante once años. Nadie podía utilizarla, al igual que el número 15 que los Yankees retiraron en su honor. El casillero permaneció en el vestuario hasta que en 2009 el club neoyorquino estrenó su impresionante nuevo estadio y entonces se trasladó al moderno museo que crearon en el nuevo recinto. Sigue siendo uno de los lugares favoritos de los aficionados.