Me van a permitir que salga el nostálgico que casi todos llevamos dentro. O el melancólico, si quieren. Se nos fue Gento, ídolo desde mi niñez. Le dediqué siendo crío una redacción escolar afortunada que retengo como momento mágico. Veía con mi padre los partidos en blanco y negro del Madrid en la Copa de Europa, y su sonrisa inigualable me emocionaba cuando el once blanco invadía el campo contrario por la izquierda, superando rivales como si fuera en moto.

Después, en la temporada 63-64, vino el Madrid a Murcia para enfrentarse al Real Murcia en La Condomina. Y el día anterior fui con unos amigos al añejo Rincón de Pepe. Enseguida distinguimos a Gento, sentado, antes de llegar a la cafetería, charlando animadamente con un fraile. Embobado, no me atreví ni a acercarme. Bastó una mirada suya sonriente para que atesore ese recuerdo. Dentro, Amancio, Puskas y Di Stéfano jugaban a las cartas.

Pasados los años, un domingo tuve ocasión de saludarlo personalmente; la única vez en mi vida. En el magnífico campo de Júver, jugaba el Real Madrid juvenil, a quien él entrenaba, con nuestros juveniles, dirigidos por mi entrañable Juan Antonio, uno de los mejores futbolistas murcianos. Y tuvo el enorme detalle de presentarme a mi referente deportivo. Nos estrechamos la mano y pronto le confesé mi timidez de niño aquel lejano día. Su mirada cariñosa, la risa abierta y comprensiva y un comentario ocurrente y cercano, corroboró la idea que albergaba sobre su nobleza natural. Desde entonces, Paco Gento pasó de la biografía que tenía memorizada al dedillo a ocupar uno de mis mejores momentos futboleros. Hoy siento su pérdida, como la del chaval entusiasta que fui.

El partido de Copa entre Athletic y Barça fue otro rato inolvidable. Un partido pleno de calidad, entrega, velocidad y goles, que nos retrotrae a encuentros históricos. Los vascos fueron mejores, pero los culés, pese a ciertos comunicadores de cabecera, agoreros, también jugaron bien a ratos.

Como lo fue el Atlético-Valencia del sábado. Disciplina y calidad ché en la primera parte y coraje a raudales de los colchoneros en la segunda. ¿El final? Una lotería, pero así es el fútbol de grande; las ganas suplen a tácticas y calidades en ocasiones heroicas. No obstante, las carencias atléticas no pueden taparse con arreones; no dan para ningún campeonato. Simeone tiene faena.

Mi padre, que me llevaba de la mano a ver al Murcia de nuestras entretelas, inoculó en mí el fútbol bueno antes que colores, querencias y escudos; disfrutaba lo mismo de Rial, Marsal, del paisano Antonio Ruiz, de Peiró o Collar, que de César, Suárez y Kubala. Por eso, aun en mi querencia hacia nuestro Real y el de Gento, soy del fútbol antes que de nada. Así, he podido gozar mucho de los Madrid históricos, como del Barça sinfónico y los Atléticos legionarios. Y también, desde el Inter y el Milán de sus épocas arrolladoras, al Ajax y Holanda del fútbol total, al Brasil artístico de Pelé, a nuestra aguerrida España de 1964 y a la grandiosa del 2008 a 2012.

Ganar y perder es la cadena que enhebra momentos de fútbol; lo natural. Y aunque a veces duela, es tan tonto deprimirse como subirse al altar en la victoria. La historia enseña que el triunfo y la derrota son tan episódicos como pasajeros en todos los clubes. Viendo la machada del Madrid en Elche, recordé al campeonísimo de Di Stéfano perdiendo en el viejo Altabix contra los ilicitanos recién ascendidos de Chancho.

Por eso, a los culés que rajan de su equipo, les ciega una prepotencia galopante. El Barça está en transición y deberían ver la botella medio llena con sus jóvenes portentos, en lugar de rasgarse vestiduras por resultados adversos. Ya no recuerdan las carencias que tapó Messi. Ni la relevancia de Xavi, de quien dudan apresuradamente. El Madrid sigue fiel a su estilo: salir siempre a ganar, con juego o garra, aunque empate. Excelente Elche, por cierto.

Tampoco es bueno mezclar política y fútbol. ¿Que algunos nos repudian?, que me decía un amigo, pues allá ellos con sus complejos; bastante penitencia arrostran, jugando la Liga española y la Copa. No debemos permitir que iluminados ni silbadores de himnos y banderas nos priven de un espectáculo emocionante.

Atesorar momentos mágicos lo aprendí con mi padre. Y eso no se olvida. ¡Fútbol grande, amigos, sea de quien sea!