Uno de los artistas más afables con los que el firmante se ha topado en la profesión periodística ha sido, mejorando a los presentes, el escultor malagueño José María Palma Burgos, fallecido en 2016.

Lo que en otros habría pesado como un tanque en la solapa, el hecho de ser a su vez el hijo de un gran escultor, el antequerano José María Palma García y hermano de los también escultores, Francisco y Mario, con los que siempre se le mediría, en este malagueño era motivo de orgullo y alegría.

Su tarjeta de presentación era su sonrisa y en cuanto al ego artístico, había que buscarlo debajo de la alfombra y eso cuando estaba. De su pecho, por cierto, colgaba una pequeña cruz cargada de historia: estaba hecha con una astilla del original Cristo de Mena, cuya pierna su padre pudo salvar de las llamas.

Los artistas pasan, como las tormentas, los virus o todos nosotros. Permanecen los recuerdos y las obras.

Para la posteridad nos dejó José María en el corazón del Centro de Málaga una obra que no habría desentonado en un foro romano, por el temple patricio y soberbio con el que inmortalizó al homenajeado.

Hablamos de la escultura de casi tres metros del cardenal don Ángel Herrera Oria, realizada en 1969, un año después de la muerte de quien fue un recordado obispo de Málaga. Se trató de un encargo doble del alcalde Antonio Gutiérrez Mata y del presidente de la Diputación, José Marqués.

Precisamente, una de las reformas más efectivas de la creciente peatonalización del Centro ha sido la del Postigo de los Abades, que entre otras ventajas ha ‘recuperado’ para la ciudad la estatua cardenalicia.

Como recordarán, don Ángel estaba semioculto junto a su Catedral, al fondo de un mar de motos, un aparcamiento que había logrado empequeñecer la escultura hasta hacerla invisible para muchos, con el agravante de todo el tráfico de la zona.

La reciente peatonalización de este lateral del Templo Mayor ha logrado realzar la obra y le ha dado el protagonismo que merecía.

La reforma, de paso, ha descubierto a los malagueños la bellísima corisia que acompaña a la escultura, un soberbio ejemplar que pocos podían admirar con tanto coche de paso.

Lo que viene a continuación es sólo una anécdota que nos devuelve, de forma brusca, a la realidad, pero que también nos da una pincelada de este cambio: hace unos días, por la sotana cardenalicia de don Ángel bajaba una tenue y prolongada línea blanca. ¿Quién en su anterior y bullanguero emplazamiento se habría percatado de la trastada de una gaviota?