Esta bodeguilla imaginaria le abre la puerta a sus palabras un viernes por la tarde, a la hora de la siesta que no habrán dormido ninguno de los actores implicados en el terremoto político que encontró su epicentro en Murcia. En el bar de al lado, el hostelero que prepara los mejores ‘cremitas’ de Málaga está sembrado. Compara a los tres advenedizos de Ciudadanos con aquellos que amenazan con irse a otra compañía telefónica para conseguir una tarifa mejor. En una de las mesas, enmudece un cliente que había prometido, en cuanto la vio llegar a la política, que votaría a Inés Arrimadas si algún día se presentaba como candidata a la presidencia del Gobierno de España.

¡Cuánto ha cambiado la película en cuestión de horas! Críticos naranjas que están cada vez más cerca de su socio de la gaviota, como Juan Marín, se frotan las manos. Mientras, el PP respira a la salud de Maquiavelo porque ya todo apunta a que, finalmente, saldrá ileso del laberinto murciano. No solo habría salvado el ‘match ball’ de un partido perdido. Puede que haya salvado parte de la temporada. Eran ya demasiados los frentes abiertos y esta coyuntura se antojaba letal.

Por mucho que se guarden las formas o que las batallas se libren en un plano más subterráneo, a casi nadie se le escapa a estas alturas que el PP arrastra una dinámica abonada a la distorsión y a enfrentamientos internos enquistados en varias dimensiones. En mono y con retorno al pasado reciente, resuena el ventilador sucio que ha vuelto a enchufar Luis Bárcenas en el juicio sobre la ‘caja B’ del partido. Y en estéreo afloran, en cambio, las canciones de ese presente en el que Pablo Casado sigue viendo gigantes y molinos de viento en aquellas parcelas territoriales que se le escapan de su control.

Ahora, el foco de las guerras que intenta disimular el aparato de calle Génova se ha trasladado a Andalucía. Los congresos provinciales han emergido como el espejo sobre el que se proyecta el pulso que Juanma Moreno y Elías Bendodo están echando con la dirección nacional del partido. El ‘cariño’ es mutuo. Al PP andaluz, que apoyó a Soraya Sáenz de Santamaría en lugar de al presidente actual en las primarias, no le van dejar de caer los rayos que se envían desde una sede madrileña que oposita a la mudanza. Las trabas para que Patricia Navarro sea la secretaria general en Málaga es solo un botón de muestra.

A los máximos responsables regionales de PP, Cs y PSOE les une el hecho de que están enfrentados a sus direcciones nacionales. Sin ir más lejos, un adelanto electoral en Andalucía podría ser un salvavidas para Susana Díaz. Y al PP le toca hacer un peligroso equilibrismo, que pasa por mimar a Vox. Con el consiguiente deterioro de su relación con el sector ‘antimarinista’ de Cs, encabezado por la consejera de Igualdad, Rocío Ruiz, que acaba de ser traicionado por el flamante fichaje popular, Fran Hervías, quien en teoría era enemigo de Marín.

Por su lado, la extrema derecha promociona la posible candidatura andaluza de Macarena Olona, que cuenta entre sus admiradoras con otra de las ‘ascendidas’ por Santiago Abascal. Se trata de la diputada malagueña Patricia Rueda. Está por ver si la eclosión del protagonismo de Rueda se produce en los próximos comicios andaluces o como candidata de Vox a la alcaldía de Málaga.