En enero de 2019, una exultante Famma Mohamed posaba para La Opinión junto a otras dos compañeras del Instituto Gaona, porque sus expedientes se encontraban entre los diez más brillantes de Andalucía entre quienes habían completado la ESO para mayores 18 años.

Las muchas horas de estudio, con notas que superaban el 9 y algunas que llegaban al 10, le habían valido los primeros premios al esfuerzo y superación personal que otorgaba la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

«Siempre había tenido muchas ganas de sacarme los estudios pero nunca había podido», comentaba a este periódico, y subrayaba que «uno puede, con empeño, cuando es constante y quiere».

Dos años y medio después, Famma Mohamed, aunque todos la conocen por Fammi, melillense de 47 años, cuenta cómo le van las cosas y cómo trata de abrirse camino en la vida en un contexto laboral tan complicado.

Como recuerda, si no completó la educación secundaria en la adolescencia se debió a sus circunstancias personales: «Me casé muy joven, con 16 años, por las tonterías de la edad. Mis padres se separaron, mi madre trabajaba todo el día y no tenía quién me aconsejara».

Además, antes de casarse ya le iba mal en los estudios: «Tenía una moto, era la excusa porque decía que el colegio estaba muy lejos, pero en realidad hacía novillos».

Contrajo matrimonio con un joven de Marruecos, con el que tuvo una hija y un hijo, hoy de 30 y 27 años, respectivamente. Todo su afán entonces, remarca, se centró en educar bien a sus hijos «porque había aprendido de mi mala experiencia y no quería que ellos se desviaran del camino».

Cuando los educó y enfilaron sus vidas, decidió que no tenía por qué seguir aguantando más a su marido «y dejé Melilla para empezar una nueva vida».

Así fue cómo en septiembre de 2017, acompañada por su madre, Fammi Mohamed llegó a Málaga. Los comienzos fueron muy duros, «porque era una persona que nunca había salido de casa y esto para mí era una aventura muy grande», reconoce y confiesa: «No tenía ni ilusiones porque nunca había podido tener el privilegio de luchar por mis cosas. Mi mente era un obstáculo, tenía la autoestima muy baja».

También ha trabajado para Intermón Oxfam

Gracias a las gestiones que hizo con la ONG Málaga Acoge pudo estudiar en el Instituto Gaona, y eso que en casa no tenía internet, y para realizar los trabajos acudía a la biblioteca de Ciudad Jardín, donde sólo disponía de dos horas para hacer las tareas. «Era de 5 a 7, a veces no me daba tiempo a terminarlas», comenta. Y como no sabía de ordenadores, de 4 a 5 estudiaba Informática en el centro social de Segalerva.

«Me costó mucho trabajo conseguir dinero para comprarme un ordenador pequeño, un netbook», cuenta. Gracias a la ayuda familiar, entre ella la pensión no contributiva de su madre, pudo acabar la ESO. Fammi se emociona al recordar el ambiente del Gaona y el apoyo recibido por los profesores. «En la clase yo era la abuela, eran casi todos jovenzuelos. Volver al colegio me hizo regresar a mi infancia, tenía energía para empezar de nuevo y olvidarme de mis penas», sonríe.

El espaldarazo a su esfuerzo llegó con el premio de la Junta de Andalucía, un galardón que vino acompañado de 500 euros con los que pudo sacarse el carné de conducir.

Tras acabar con tan brillantes notas la ESO, decidió estudiar técnico de Farmacia y Parafarmacia en el Instituto Litoral. «Como he sido tantos años ama de casa, se me daban muy bien los remedios caseros, los consejos a toda la familia. Además, pensaba que estos estudios estaban muy relacionados con la Botánica, queme gusta muchísimo», explica.

Fammi, estudiando para auxiliar de Farmacia y Parafarmacia en el Instituto Litoral.

Fammi, estudiando para auxiliar de Farmacia y Parafarmacia en el Instituto Litoral.

Durante dos años se formó y acabó los estudios, aunque, como sus compañeros, tiene la espinita clavada de que, con la llegada de la pandemia, no pudo hacer prácticas presenciales en una farmacia. «Esa ha sido la pega, no he podido estar delante de un mostrador atendiendo a la gente u ordenando los medicamentos».

En cualquier caso, ha culminado los estudios, la deuda pendiente que tenía desde la adolescencia «con muchísimas ganas».

Por este motivo, no deja de enviar currículum, con la ilusión de encontrar un trabajo pese a la complicada coyuntura.

«Sería maravilloso trabajar en una farmacia. Me gusta ayudar a la gente, empatizo bastante con ella. Escuchar a una persona hace mucho. Sólo con eso ya sales más contenta. No pido un sueldazo, soy humilde. Aunque sea un contrato de prácticas. Lo que sea para empezar a tener tablas, porque tengo mucha voluntad y muchas ganas de luchar», subraya. Fammi está ya cerca de la meta.

superación.