Enrique Salvo Tierra es profesor de Botánica de la UMA y, en los últimos años, se ha convertido en la voz de la conciencia climática de Málaga, incluso para las administraciones públicas. Él conoce bien esa responsabilidad: no en vano, ocupó varios cargos relacionados con el urbanismo, la ordenación del territorio, la movilidad y el medio ambiente en la Junta de Andalucía, además de ser el director del gabinete de Magdalena Álvarez en 2008-2009, cuando la malagueña fue ministra de Fomento. Llegó a ser viceportavoz municipal del PSOE. A la pregunta de si hubiera querido ser alcalde de Málaga, contesta: «Como diría Groucho Marx, nunca sería el presidente de una asociación que me eligiera. Es muy difícil y el listón está muy alto». Pleno de buen humor, ironía y fino estilismo verbal, y con los reflejos intelectuales bien entrenados, habla con realismo, sí, pero también con esperanza.

¿Es cierto lo del cambio climático? Hay quien lo niega...

Que haya gente que niegue el cambio climático incluso en nuestra cercanía más inmediata viendo lo que está ocurriendo parece totalmente fuera de contexto, anacrónico. Estamos viviendo unos otoños anómalos. Antes las chimeneas se encendían en nuestra serranía el 15 de noviembre, hacia San Alberto, sin embargo este año las temperaturas son altas, es verdad que refresca por la noche pero no llegan a los mínimos de otros momentos. Lo más preocupante es que no vemos una gota de agua desde hace mucho tiempo. Lo más preocupante para el turismo y la agricultura. La agricultura está excesiva en regadío y estamos empezando a tener verdaderos problemas en cuanto a que haya garantías de recursos hídricos por muchos años. Me ha llamado la atención el informe de Bezos ayer (el pasado martes), los que lo han hecho son de total garantía. En ese informe de predicciones nos sitúa en un marco muy distinto del actual en cuanto a la situación del planeta, diciéndonos que el calentamiento va a ser tan brutal que utilizaremos exclusivamente algunos territorios del planeta para venir de vacaciones desde unas plataformas espaciales a las que tendrá que adaptarse la especie humana a vivir. Estamos hablando a partir de la segunda mitad de este siglo. Es verdad que una de las cosas que más me preocupan es la ecoansiedad que se está generando, esa ansiedad por noticias por el cambio climático, volcanes, pandemias, que genera una tendencia de la ciudadanía a no querer oír esas noticias. Prefieren otro tipo de relato, noticias más frescas.

¿Qué tenemos que temer los malagueños del cambio climático?

El factor del agua, es un factor limitante extraordinariamente importante, no solo porque en los embalses empezamos a ver unas bajadas considerables, sino por el hecho también de que los acuíferos están siendo diezmados con una velocidad tremenda. No podemos soportar más cultivos de olivo en regadío, de subtropicales, porque supuestamente tenemos un clima tropical, nada más lejano, tenemos un clima estepario. Eso es lo que tenemos que dar cuenta. En segundo lugar, me espanta cuando llega un gurú, como recientemente en el foro Greencities, que decía que Málaga podría alcanzar el millón y medio de habitantes. Somos una ciudad donde igual que en la película de West Side Story, hay un este y un oeste de la ciudad, el este está más o menos equilibrado desde un punto de vista ambiental, el oeste en absoluto, es donde más se acumula la población y donde menos garantías de calidad, de confort climático puede haber. Ahí es donde se va a notar más ese cambio climático año tras año. Los episodios en este verano de olas de calor se han extendido muchísimo. A poco que uno tenga una estación meteorológica, ha podido ver que no hemos bajado durante todo el verano de los 25 grados. Desde el 1 de julio al 1 de septiembre, no se ha bajado de 25 grados durante las noches. Son noches cálidas, tropicales, el descanso no se puede llevar de manera serena. La solución no son los aires acondicionados, ahí se está produciendo un efecto coadyuvante de la propia crisis climática, estamos calentando el planeta pero es que además calentamos nuestras ciudades. ¿Cómo? Tenía un amigo que decía que para abrir su casa abría el frigorífico, claro el resultado era que no se daba cuenta de que el frío que emanaba suponía multiplicar por tres el calor que produce el frigorífico, con lo cual calentaba más su casa.

¿Qué impacto tendrá en nuestra flora y fauna?

Hay un bioindicador extraordinario en una planta que estamos acostumbrados a ver y empezamos ya a no ver: el palmito. El palmito es la única palmera europea, tiene unos requerimientos ecológicos muy similares del ser humano, donde se vive mejor es donde hay palmitos. Y estamos viendo cómo ese palmito va progresivamente subiendo en altitud y eso va a acompañado de toda una fauna, que se protege en torno a ese palmito. Los grandes lagartos que tenemos todavía, que quedan en nuestra serranía, también van subiendo en altitud. ¿Hasta dónde se puede llegar? Vamos a ver la desaparición progresiva de otras especies que viven en esas altas cumbres, que denotan ese cambio climático. Hay un principio ecológico que dice que todo vacío tiende a llenarse. ¿Quién va a ocupar lo que ahora está dejando ese palmito? Nos enfrentamos a una duda: si van a ser especies exóticas invasoras o especies que nos encontramos en el norte de África. Los propios azofaifos, que están mucho más adaptados. Y lo peor es que fueran especies invasoras exóticas como es el caso de la caña brava, que se está extendiendo haciendo un grave daño. Genera problemas cuando hay graves avenidas, tapona los puentes.

Otra instantánea de Enrique Salvo Tierra. | ÁLEX ZEA

¿Hay posibilidad de que el cambio climático no afecte tanto como se dice?

Ahora mismo todos los informes tanto de la ONU como del IPCC dicen que ya no hay remedio, no podemos volver atrás. Esa benignidad climática que hemos tenido fundamentalmente desde los setenta hasta finales del siglo XX, con la que nos sentíamos muy identificados, esa, como las golondrinas de Becker, no volverá. Vamos a seguir evolucionando. Lo importante son dos cuestiones: aceptar que esto va a cambiar y, por tanto, nuestros modelos productivos tienen que cambiar, fundamentalmente el turístico y el agrícola. Y, algo básico, una planificación territorial que tenga en cuenta estos dos factores y, a la par, cómo adaptar las ciudades a esos nuevos cambios. Y ya llegamos tarde. Hacen falta planificaciones urbanísticas, en especial, en todo el litoral de la provincia, que sepa adaptarnos a esto. Y luego yo creo que hay que poner en clave de oportunidad el cambio climático, pero hay que empezar a hacerlo ya y para eso se necesita una planificación estratégica diseñada desde ya. Admitamos que eso va a ocurrir, que las predicciones se están cumpliendo y tenemos que reaccionar en la línea de que eso se convierta en algo positivo.

¿En qué tiene que cambiar el turismo?

Tiene que ser más sostenible. Si bien Málaga, la balanza de aportación de gases de efecto invernadero y de, por otra parte, secuestro de gases de efecto invernadero es positiva, porque hay más secuestro que emisiones, es verdad que tenemos un centro emisor, un sector fundamental proviene del turismo, no fundamentalmente de las residencias del turista, sino del Aeropuerto, los aviones son y no podemos prescindir de ello; y por otra parte, del turismo de cruceros. Hace muchos años escribí un artículo de la ecotasa, a lo mejor hay que buscar fórmulas que estimen que estos servicios de transporte deben aportar al propio ámbito territorial donde desarrollan su actividad, entonces la negativa fue que eso no podía tener un carácter finalista, no podía ir al elemento más importante en la mitigación. Y reforestar, reforestar y reforestar, son tantos los servicios ecosistémicos que nos aportan los árboles y los bosques que tenemos la mayor necesidad de un gran cinturón verde, no solo de Málaga, sino de toda la Costa del Sol, que sirva de contrafuerte con respecto a lo que es la cornisa. El lugar del planeta en el que ahora mismo se encuentran las condiciones más óptimas para vivir el ser humano es la cornisa de la Costa del Sol. Esa segunda línea: Ojén, Istán, Benahavís, todos esos municipios presentan una idoneidad climática como ninguna otra en el planeta. Es decir, con sus cuatro estaciones, etcétera. Hay que preservar ese gran valor que es la cornisa y no alicatarla ni con paneles solares ni con más residencias.

¿Es ciencia ficción pensar en una Málaga devorada por el mar?

No, no es ciencia ficción. Llevamos ocho centímetros en los últimos 20 años. No nos damos cuenta de que esto va subiendo. Dentro del marco de previsiones más negativo, el ascenso del nivel del mar será bastante alto a partir del año 30 de este siglo. Eso significa que hay una parte muy susceptible de inundación por aumento del nivel del mar: toda la desembocadura del Guadalhorce, y poco estamos haciendo ahí, incluso estamos compilando más infraestructuras, más equipamientos. Una de las zonas con mayor tensión ambiental de España es ese triángulo entre la desembocadura del río, los polígonos, el aeropuerto. No he encontrado ninguna zona en España donde se den tantos factores de intersección como es precisamente ese punto. Y es de los más susceptibles: hay una carretera, depende un aeropuerto, depende una depuradora. Una EDAR que va a ser ampliada con otra que también queda dentro de la zona de inundabilidad. Yo creo que es todo un despliegue de infraestructuras de las que dependemos muchísimo. Ahí es donde vamos a ver un fuerte impacto. O empezamos a actuar en el litoral, no sólo echar arena, sino crear arrecifes artificiales en buena parte del litoral de Málaga capital para no tener que estar con ese gasto de aportar arena, para que la arena permanezca. Tenía un amigo taxista que cuando le conté hasta dónde llegaría el mar a partir de 2050, probablemente fuera hasta la avenida de Europa, me dijo que iba a cambiar el taxi por una góndola. Y qué decir de Pedregalejo, El Palo, donde la sensibilidad es todavía mayor. Cuando hacemos las simulaciones de estas líneas de litoral, acongoja. Pueden parece pocos centímetros, se levanta un dique, hacemos arrecifes, pero el problema está en que no nos damos cuenta de que hay toda una ciudad, no solo es el suelo y los edificios, también es un subsuelo. Nosotros nos vemos la piel, el exterior, pero el interior es lo que nos permite seguir viviendo. En la ciudad ocurre lo mismo, las redes de saneamiento, de abastecimiento, el metro, los aparcamientos subterráneos, redes de comunicaciones. Hay tanto despliegue subterráneo que no lo vemos y no somos consecuentes con que una elevación del mar afecte a eso. En el metro de Nueva York están profundizando hasta ocho y nueve pisos, con la idea de que si aumenta el nivel del mar, haya una zona donde exista una pérdida de ese agua excesiva.

¿No está el cambio climático en la agenda de las instituciones locales o provinciales o, incluso, en la Junta?

Hay cuatro momentos en una crisis. Al principio ni se hablaba ni se decía, nos llamaban locos. Cuando hablé por primera vez del cambio climático fue en 1995. Incluso me decían algunos compañeros de la facultad: que eso es mentira, que eso es un negocio de Al Gore, no es otra cosa. Ha habido un primer periodo que ni se hablaba ni se hacía. El segundo periodo era que se hablaba pero no se hacía: los primeros informes del IPCC, se le daba la razón a Al Gore, primeras predicciones, primeras fotos de satélite de la Nasa. Se hablaba pero no se hacía. Ahora estamos en un tercer periodo en el que hablamos pero también estamos haciendo. Pero haciendo mucho de gabinete, de grupos de expertos.

¿Cuándo veremos Sierra Bermeja como estaba antes del incendio?

La naturaleza nos vuelve a demostrar una vez más la capacidad de resiliencia que tiene. Y, de hecho, sí observo detalles de una resiliencia perimetral. Porque los ecosistemas que están alrededor alimentan a la zona. Hay que recordar que fue el primer incendio de sexta de generación: donde se formó el pirocúmulo no es que ya viéramos una nube muy bonita, sino que abajo lo que se estaba calentando estaba alcanzando unas temperaturas tremendas, que machacaron el suelo. Es la diferencia entre fuego e incendio. El fuego forestal está en el Mediterráneo desde hace muchos años, de ahí que apareciera el alcornoque. Tiene corcho no porque pensara un día que iba a ser tapón de una botella de vino, sino porque era la manera de defenderse contra el fuego, era un fuego rápido que es hasta beneficioso. Pero con el incendio de estas características el problema es que el núcleo central, además, cuando hay que apagarlo hay que lanzar litros y litros de agua salada y modificamos el propio contexto del suelo. Hay una salinidad que va a alterar el desarrollo de esa zona. Vamos a ir viendo un modelo centrípeto de recuperar la resiliencia de esto. Para verlo finalmente repuesto un par de décadas como era originalmente.

Un mensaje de esperanza...

Lo hay. Hay que acabar con esa ecoansiedad que hace que la gente cuando se le hable de estos temas desconecte. Veo esa esperanza con mis alumnos. ¿Dónde? Uno: planificación territorial y urbanística que acepte esto; dos: la adaptación ya de los sectores productivos a nuevas condiciones e I+D+i y ahí noto ganas de ello.

¿La tecnología?

Sí, basada en soluciones que están en la naturaleza. Están ahí y veo que el sector empresarial de la construcción y sectores colindantes están más predispuestos a meterse en esa línea de I+D+i, los fondos Next Generation.