17 de febrero de 2018
17.02.2018
Nuestro mundo es el mundo

España tira... pero falta cuajo

17.02.2018 | 05:00

"España va bien" decía hace años Aznar cuando empezaba el boom de la construcción. Luego vinieron los atentados de Atocha, el superoptimismo de Zapatero cuando pasamos a Italia e íbamos por Francia, el duro despertar de la crisis y la lógica desmoralización colectiva€

Ahora estamos avanzando en la recuperación económica, pero persiste una grave falta de solidez en el debate público y hay poco rigor intelectual entre los políticos. Y esta falta de cuajo tiene consecuencias.

Esta semana Eurostat ha publicado el crecimiento de los países de la UE en el cuarto trimestre del 2017. Seguimos creciendo algo por encima de la media (0,7% frente al 0,6%), pero se reduce el diferencial favorable cuando nuestro paro está todavía en el 16,4% frente al 7,6% de media en la UE. Y en los menores de 25 años en un vergonzoso 38,8% contra el 16,1%.

Lo peor es que no entendemos bien lo que nos pasa. Gran parte de la opinión pública, incluso de la informada, cree que los nuevos salarios son insuficientes (y desde luego son inferiores a los de antes de la crisis) y que el empleo que se crea es sólo de baja calidad. Y que toda la culpa es de la reforma laboral, del PP, o de los poderosos que sólo buscan su beneficio. Es un reduccionismo que impide ver la realidad. Todo es más complejo y tiene mucho que ver con la globalización, un fenómeno irreversible (pese a Trump).

La prueba es lo que acabamos de ver en la Opel de Zaragoza, donde la empresa acaba de anunciar que fabricará en exclusiva el nuevo Corsa desde el año próximo y su versión eléctrica en el 2020. Será la primera fábrica de la marca alemana que producirá un vehículo 100% eléctrico en Europa. Saldrán de Figueruelas unos 500.000 coches anuales y la mitad del modelo Corsa. Todo el mundo ha respirado. Las familias de los más de 5.000 trabajadores y las de los más de 25.000 de la industria auxiliar. Hasta Javier Lambán, el presidente socialista de Aragón. Pero este final llega tras una muy dura negociación de la empresa con Acumagme, UGT y CCOO que ha acabado con la firma de un convenio por cinco años que implica la congelación salarial este año, la subida de sólo la mitad del IPC el 2019 y 2020 y del 60% de este índice el 2021 y 2022. Más un descenso del plus de nocturnidad y del trabajo en festivos.

La importancia en España del sector del automóvil. El 58% de la plantilla aprobó el convenio, un ajuste doloroso. La razón es que sólo así Figueruelas volverá a ser rentable y que, en caso contrario, el Corsa habría tenido que emigrar a otro país con costes más bajos. Muchos tribunos afirman algo evidente, que España no puede competir sólo bajando salarios, pero son los trabajadores los que han aprobado este ajuste que no es culpa del Gobierno ni del capitalismo internacional sino de la posición competitiva de Figueruelas en la industria mundial del automóvil.

La negociación entre las multinacionales y los sindicatos, fuertes en este sector y de salarios superiores a la media, ha permitido aumentar la productividad y ha hecho que España sea uno de los grandes países productores de automóviles con 19 factorías que emplea, directa o indirectamente, a 200.000 trabajadores y representa un 11% del PIB (casi la mitad de la industria) y el 15% de las exportaciones.

¿Por qué los sindicatos son realistas cuando negocian en un sector concreto y hacen simplificaciones algo demagógicas en los discursos de sus cúpulas? ¿Por qué la opinión pública comprende lo de Figueruelas y en cambio aplaude discursos buenistas y falsos sobre la economía y el mercado laboral?

A España le cuesta reconocer y aceptar su realidad. No es un país con una productividad tan alta como Alemania o Suecia pero puede ser más competitivo que otros países de salarios más bajos como los del Este de Europa, Turquía o China, siempre y cuando los costes laborales se negocien con tino y no se disparen. La alternativa es ir perdiendo tejido industrial. Empobrecerse.

Al PP le costó entender que el BCE no es un organismo político. Pero la disparidad entre los deseos máximos –tendentes a ser dogmas indiscutibles– y lo que sensatamente se puede conseguir no es sólo un tic de la gente o de la izquierda. El Gobierno del PP da muestras diarias del mismo vicio y el caso De Guindos lo demuestra.

España tiene derecho (no escrito) a tener, junto a Alemania, Francia e Italia, un miembro de entre los seis que forman el comité ejecutivo del Banco Central Europeo que preside Mario Draghi y que decide la política monetaria de la zona euro, una parte sustancial de la política económica. En el 2012 perdimos el puesto porque el entonces nuevo Gobierno Rajoy –prepotente– quiso nombrar, para un cargo que exige ser un experto monetario, a un jurista de la confianza del PP. Y el Consejo Europeo dijo no.

Ahora toca renovar la vicepresidencia del BCE y España tiene una muy legítima aspiración. Pero en el contexto europeo del 2018 –las reglas no escritas– debería haber propuesto a un experto reconocido en política monetaria, de preferencia mujer y de poco perfil político. Pero ha apostado por Luis de Guindos, que no es un experto sino el ministro de Economía de un partido.

Pese a ello, lo más probable es que De Guindos –al que se le reconoce haber sido un buen ministro de Economía– sea designado porque lo contrario implicaría ningunear por segunda vez a la cuarta economía del euro. Y a Rajoy, un buen aliado político de Merkel.

De Guindos ha sido un buen ministro pero tiene excesivo perfil político. El Gobierno lo venderá internamente como un gran triunfo pero el prestigio de España en las instituciones comunitarias no subirá. El ansia de Rajoy por tener un éxito y de De Guindos por irse, en un buen momento, del Gobierno y de lograr un mandato relevante de ocho años, han prevalecido sobre la sutileza, cualidad esencial en Europa. De Guindos saldrá –esperemos– pero tendrá que superar el capón que ya le ha propinado la Comisión de Economía del Parlamento Europeo al decir que Philip Lane, el gobernador del Banco de Irlanda, era mejor candidato.

Nadie le dice a la opinión pública que cuando los sindicatos de Figueruelas aceptan el convenio están no sólo aceptando la realidad sino comprando futuro. El Gobierno del PP cree que el nombramiento de De Guindos en el BCE –en un cargo que precisa mucha discreción porque allí el que habla es Draghi, o su sucesor– es un éxito político. Quizás sí en España, en la dura batalla con sus aliados de Cs o frente al PSOE y a Podemos. Pero la autoridad moral de España –y de De Guindos– en Europa no saldrá fortalecida. Dicho esto, me alegro por Luis de Guindos, uno de los ministros más sensatos del PP. Y mejor tener a De Guindos en el BCE que a nadie, como pasaba desde el 2012.

Añádanle que –salvo milagro– no tendremos presupuestos del 2018 y que la crisis catalana sigue encallada y la conclusión es evidente: España tira porque el nuevo Corsa no se va de Zaragoza y De Guindos estará en el BCE, pero€

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