22 de julio de 2019
22.07.2019
Tribuna

Eróstrato y Albert Rivera

Acerca de las preguntas que la gente se hace casi a diario sobre el líder de Ciudadanos y la afición de algunos a ser conocidos como sea

22.07.2019 | 05:00
Rivera.

La pregunta se la hace mucha gente casi a diario. Incluso parece que también bastantes de sus militantes. Es tan sencilla y simple como ésta: «Qué es lo que quiere Ciudadanos». Quizá más concreta: «Qué es lo que hace Albert Rivera». La respuesta puede ser esta: ser el Eróstrato de nuestra época. Los síntomas apuntan a que sufre del síndrome de erostratismo. Las hemerotecas, fonotecas y videotecas, junto con las píldoras de las redes sociales, están llenas de las contradicciones del presidente de Ciudadanos. Declaraciones de líneas rojas, cordones sanitarios, negaciones de evidencias que luego incumple según conveniencia. Y, posiblemente como consecuencias de estas, menos éxitos de los esperados. Sus acciones apenas tienen reflejo en el lenguaje que pretende defender. Cogobierna en Andalucía con el apoyo de Vox pero negando que exista ese apoyo ya que declara y reitera que no ha firmado ningún documento que avale ese apoyo sin el cual no gobernaría. O cogobernaría. En el Ayuntamiento de Madrid la situación es similar y niega la evidencia de que gracias al partido de utraderecha sus concejales gestionan importantes áreas municipales. En las comunidades de Murcia y Madrid –en el momento de componer estas líneas las negociaciones siguen sin resolver la gobernabilidad de dichas regiones– ocurre lo mismo. No firma ningún documento conjunto con el Partido Popular y Vox, manifiesta que no negocia con el partido de Santiago Abascal y, según declaran sus dirigentes ante cámaras y micrófonos, solamente se reúnen a puerta cerrada para tomar café. Luego les desmienten sus "contertulios", pero les da igual. Tal parece que les importa muy poco lo que dijeron ayer respecto a lo que dicen hoy. Claro que si se busca en los fondos de las hemerotecas se descubre que declaran un centrismo que ha circulado, en tiempos por una leve socialdemocracia, en tiempos por aliarse con la ultraderecha, una veleta que apunta según la fuerza del viento. Una trayectoria que delatan antiguos militantes u obedientes dirigentes actuales. «Que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí aunque confieso que me gusta que hablen mal porque eso significa que las cosas me van muy bien», atribuyen estas frases a Salvador Dalí, cultivador de su gran personalidad pero artista reconocido mundialmente. El pintor ampurdanés tenía un síndrome pero no era el de Eróstrato: «La única diferencia entre un loco y yo es que el loco cree que no lo está, mientras yo sé que lo estoy», llegó a decir. Los personajes cambian a través de los tiempos, los arquetipos continúan. Hace 2.375 años un pastor de Éfeso incendió el templo dedicado a la diosa Artemisa (o Diana) para hacerse notar. Como no podía destacar en ninguna disciplina importante no se le ocurrió otra cosa que quemar una de las consideradas siete maravillas del mundo. Según relató el escritor romano Valerio Máximo en sus «Hechos y dichos memorables» (Factorum et dictorum memorabilium), el pastor griego Eróstrato decidió conseguir fama incendiando el famoso templo. No he leído la obra pero los estudiosos ofrecen esta frase tras señalar que fue sacada bajo tortura: «Se descubrió que un hombre había planeado incendiar el templo de Diana en Éfeso, de tal modo que por la destrucción del más bello de los edificios su nombre sería conocido en el mundo entero». Lo hizo el 21 de julio de 356 antes de Cristo. En estos días se cumplirá ese 2.375 aniversario. Los tiempos cambian y las formas de llamar la atención son hoy muy distintas a las de la Grecia clásica. Lo tenemos ahora en el cine, la televisión, las diferentes artes... También parece que en política. Y vemos personajes que con tal de destacar, de figurar en los medios, hacen lo que sea. Eso es el erostratismo, el síndrome de ser conocido como sea. Creo que lo sufre Albert Rivera. «El que quiere interesar a los demás tiene que provocarlos», decía Dalí.

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