Me está resultando complicado que este Unicaja no me aburra, viene siendo difícil que ante cualquier partido no se termine viendo algún cúmulo de circunstancias que termine dando con un montón de ilusiones en el suelo.

No sólo se ha escrito antes de esto, sino que se ha repetido hasta aburrir, pero aún con la descompensación existente en la plantilla malagueña, hay equipo para estar mucho mejor. Pese a lo que se nos ha querido vender, que exista talento entre los jugadores exteriores no significa que las deficiencias queden paliadas. Para qué engañarnos, recordar el juego desplegado por los chicos que entrena Luis Casimiro Palomo hasta ahora no es que emocione o ilusione.

Todos tenemos claro el handicap que ha supuesto para este grupo el tema lesiones, mucho más por la incidencia en la posición de base, de los veintisiete partidos oficiales disputados hasta el de Burgos, Gal Mekel se ha perdido dieciocho, Jaime Fernández, catorce y Alberto Díaz ocho. No menciono otras ausencias que son muy importantes, pero es algo que está entre los condicionantes de la competición, les ocurre a todos los equipos, sin excepción, por no hablar de faltas por motivo del COVID, algo que en Málaga no ha llegado a ocurrir.

Que no esté el base malagueño es quizá lo más grave que podía ocurrir, por todo lo que significa, tal vez no sea consecuencia, pero sólo en dos de los ocho partidos de su ausencia, el rival se ha quedado por debajo de los ochenta puntos.

¿Hablamos de lo demás? Los interiores no convencen, entre los aleros hay muchos puntos, pero cada día que pasa se parecen menos a los que tan buenas sensaciones daban con otra camiseta diferente a la del abanico. Aunque queda mucha temporada y los objetivos siguen siendo alcanzables, convivir con la decepción parece que está instaurado en este grupo.

No he mencionado al entrenador de manera intencionada, porque a Luis Casimiro Palomo le puedo achacar muchas cosas, pero seguro que no acudió a negociar su renovación el pasado verano poniendo una pistola encima de la mesa como Yasser Arafat en las Naciones Unidas en 1974. Seguro que cree en este proyecto y piensa que está más que capacitado, pero como ocurre en tantas ocasiones (y ya puse en su día), el viaje del entrenador manchego no tiene pinta de tener mucho más recorrido.

No sé si su capacidad de plegarse a las decisiones institucionales, al igual que le sirve para renovar bajo el título de «hombre de club» (como si eso le hubiera servido a gente como Berni Rodríguez o Enri Salinas), le puede terminar condenando por aguantar y no reclamar.

En serio, no dudo que el entrenador esté loco por triunfar en Málaga, así como los que le firmaron, pero igual que el año pasado el balance no fue satisfactorio -por mucho que nos quieran vender resultados positivos-, este año es más que probable que se juegue la Copa del Rey por deméritos de los contrarios y porque la normativa se ha alterado por la pandemia, si el año pasado se hablaba de la injusticia que era dejar fuera al San Pablo Burgos, que este año se esté luchando con UCAM Murcia, BAXI Manresa y MoraBanc Andorra por un único billete para la Copa, no es para ir sacando pecho.

No voy a pedirle a nadie que cambie su forma de ser y de conducirse. El entrenador siempre ha sido así, con tiempos muertos sin una palabra más alta que otra, con ruedas de prensa cargadas de más frases hechas que los sobrecitos de azúcar de un bar, pero creo que tanto sosiego rayando en el conformismo es un mensaje que por cansino, exaspera a la afición y desespera. Lo repito otra vez, aún hay tiempo para ganar títulos o hacer una temporada decente, pero hasta ahora no he encontrado un momento en el que el equipo me haya maravillado.

Tengo muy claro que la época es la que es, pero me resisto a pensar que es a lo máximo a lo que se puede aspirar aquí, con todo lo que rodea a este club, si alguien piensa que antes siempre ha habido muchísimo dinero se equivoca, hubo tiempo de mayor parquedad económica y aún sin tener un éxito pleno, habría que pensar si se ha vivido este ambiente tan gris. Yo no lo recuerdo.