Oriol Junqueras escribió, firmó una carta en la que aseguraba que los indultos tenían sentido, la envió a un periódico independentista a una determinada hora y ya nada fue igual.

Se olvidó para siempre aquello de ‘que se metiesen el indulto por ahí y este, el indulto, comenzó a ser el deseado pan celestial’.

Una burda jugada de tahúr profesional ha dado paso a que ahora se vislumbren momentos de euforia, en la que algunos ven la solución al ‘problema catalán’, siempre presente en la historia de España. Ahora se trata de ver como nos la ‘cuelan’ sin percatarnos de ello; algo sumamente difícil en esta España en la que siempre se ‘chiva’ alguien.

Mientras, por aquí abajo, el PSOE juega a batallitas de Caín contra Abel o viceversa, el alcalde de Granada -uno de los hombres de Cs- se enroca con él mismo para seguir siendo ‘el salvador’ de la bella Alhambra, y el PP vuelve a la recogida de firmas para airear el tema catalán, recogida que tan mal le fue hace pocos años y por motivos similares a los actuales.

Aunque queda un hilito judicial que intervenga el indulto a los sediciosos, todo hace pensar que para septiembre pueden quedar libres aquellos que, en su ‘última palabra’, prometieron volver a las andadas a la primera de cambio.

A Sánchez le queda algún que otro flequillo con el caso Puigdemont que, seguramente, intentará arreglar para tener todos los machos atados y bien atados; por último, pasará el ‘asuntillo’ a la firma de S. M. el rey Felipe VI.

Porque no el ministro de Universidades o el señor Ábalos, no digamos el ministro Uribe -el de las vacunas a la selección de fútbol-, o cualquier mangurrino será el que firme el indulto, sino el mismísimo Rey.

Qué trago, Majestad, qué trago.