Lunes. En la piscina, tras saludar a un amigo y eminente colega, con el agua no al cuello pero sí hasta el pecho, Agustín Rivera me comparte sus planes profesionales y para el verano. Cotilleamos un poco sobre el gremio periodístico local y me suelta una jugosa maldad. Hace calor para todo. Hasta para disfrutar de las maldades. Escribiría que me hago unos largos, pero solo me hago dos. Me voy para la hamaca y leo a un texto de Vicent sobre escritores. Cae fuego. Cualquier rayo de sol en la piel es una maldición. Me vuelvo a bañar. Sopeso si tomar un café con hielo o un helado pero el helado me añadiría peso y sopeso que no debo. Llega el whatsapp de un querido amigo, vaya redundancia. Dice: estoy de Rodríguez. No sé si temblar o pedir un gin tonic. Corro a casa a trabajar con las persianas bajadas y a salvo de la calor. No se acaban nunca estas tardes de canícula. Tardes inmensas, largas, sol vivísimo a las nueve de la noche. Mi hijo me reta a las damas mientras cena unos nuggets. Parece que no entra en sus planes ni bañarse ni irse a la cama. Dos horas después: la serie elegida es española, entretenida, de época y con cierta pretensión picantona. Me quedo dormido cuando un petrimetre practica un cunilingus.

Martes. Entro a la FNAC a gorronear aire acondionado, revisar novedades, leer solapas. Me topo con un libro sobre nazis en la Costa del Sol, leo las primeras páginas de ‘Contra la España Vacía’, de Sergio del Molino; me tienta un diario del confinamiento de Lorenzo Silva.... Se puede uno hacer una ruta del buen aire acondicionado que ocupe toda la mañana. Y tan ricamente. Mejor dicho: tan fresquitamente. Cruzo a El Corte Inglés y desayuno leyendo los diarios. La media de edad es considerable. Del público, no de los diarios. Fue a hablar el adolescente, vamos. Me reconforta ver la cantidad de señores, más de cuarenta, pongamos, que llevan pantalón corto. Enseñemos las canillas, que para eso las tenemos. La tarde es selva.

Miércoles. De repente han surgido obligaciones inopinadamente y la casa está en danza muy temprano, como lunes de invierno, ruido de tazas y ducha, magdalenas en el salón, la radio dando voces, el porterillo sonando. No sabe uno si el verdadero lujo es el tiempo, la falta de obligaciones o el poder aplazar. No procrastinar, aplazar. Regla empírica: es imposible que en un automóvil ocupado por más de dos personas en un viaje de más de 25 minutos no haya una discusión. Bueno, ya saben que si se va en pareja la discusión (ahora menos, con el gps, ¿ahora menos?) es segura a causa de qué dirección tomar y hacia dónde. «Te lo dije» y «te has pasado» han roto más de una pareja. Por ahí no es.

Jueves. ‘Memorias de un periodista’, de Ramón Pérez Maura, que se ha pasado la vida en el ABC y ahora nos la cuenta con minuciosidad de diplomático observador. Muy jugosos los juicios sobre los sucesivos directores que tuvo/padeció/disfrutó o casi ni saludó. Anson, Zarzalejos, Rubido, Camacho, etc. El estante de libros de este tipo es ya una pared. No sé si poner a Maura al lado de Miquelarena o junto a Del Pozo, que a lo mejor lo lleva a tomar whisky al Palace, perrita incluida.  

Viernes. Mañana nublada. Recados. Farmacia, supermercado, quiosco. Caminata. Luego: ese leve encogimiento de ánimo, esa euforia en vilo, mientras en nuestro (s) restaurante favorito nos dicen al teléfono «un momento a ver si hay mesa». Vuelvo. Escribo. Escribo un poco desaforada y asilvestradamente. Sale una criatura con la que no sé muy bien qué hacer. Inaugura una carpeta a la que llamo pomposa pero lacónicamente «proyecto». Me mensajeo con varios de los columnistas de este diario. Por la tarde nado un poco solo para comprobar que las ilusiones (y obsesiones) también en el agua me persiguen.