Salud mental en la vuelta al cole

Silvia Espinosa, psicóloga y directora de Ita Salitre: "Un resultado académico no es una medida del valor personal"

La ansiedad, la presión académica y las expectativas sobre el futuro pueden convertir el inicio de curso en un momento especialmente sensible para algunos adolescentes

Instalaciones de Ita Salitre, en Málaga.

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La vuelta al colegio o al instituto implica recuperar horarios, responsabilidades y rutinas después del verano. Para la mayoría de los estudiantes, la adaptación llega en pocos días, pero para algunos adolescentes el regreso a las aulas puede convertirse en una fuente de desbordamiento o malestar. “Es una época en la que suele aumentar la ansiedad, la anticipación negativa y la sensación de desbordamiento”, explica Silvia Espinosa, psicóloga y directora de Ita Salitre, centro especializado en TCA, neurodesarrollo y salud mental adolescente.

Tras las vacaciones vuelven de golpe los deberes y los exámenes, pero también las expectativas sobre cómo debe ir el curso y qué resultados se espera de ellos. Esta presión puede ser especialmente compleja en adolescentes que ya presentan otros problemas de salud mental. “En casos de trastornos de la conducta alimentaria, por ejemplo, el mismo patrón de obsesión con el control y de búsqueda del perfeccionismo puede manifestarse tanto en la relación con la alimentación como en una extrema exigencia académica. Y para los adolescentes con dificultades relacionadas con el neurodesarrollo, volver a un entorno rígido, con una elevada estimulación sensorial y tantas demandas sociales y académicas, supone un esfuerzo extra”, cuenta la psicóloga.

Más importante que las notas

Una de las preguntas más habituales es cómo distinguir la desgana propia de la vuelta a las clases de una situación que requiere atención. “Que un adolescente diga que no tiene ganas de volver a clase, que se muestre más cansado durante los primeros días o que necesite un periodo de adaptación a la rutina puede estar dentro de lo normal. La señal de alerta aparece cuando el malestar persiste, aumenta o empieza a condicionar diferentes ámbitos de su día a día”, aclara la profesional de Ita Salitre. “Dejar de relacionarse, dormir mal, sufrir episodios de ansiedad, presentar somatizaciones frecuentes, faltar a clase, aislarse, mantener una irritabilidad constante o dejar de disfrutar de actividades que antes ilusionaban son algunos de los indicadores que pueden revelar que algo no va bien”, añade.

Y Espinosa insiste, el rendimiento académico no es un indicativo fiel del problema: “Pueden sacar sobresalientes y, aun así, estar sufriendo muchísimo. De hecho, en perfiles que lidian con una exigencia excesiva el problema puede pasar completamente desapercibido. Ansían la excelencia y eso les lleva a sentir un gran malestar, pero desde fuera parece que estén perfectamente”.

El aislamiento, la irritabilidad y la falta de interés pueden ser señales de alerta

Silvia Espinosa

— Directora de Ita Salitre

La presión académica y la preocupación por el futuro aparecen cada vez a edades más tempranas, y aunque no puede establecerse una edad exacta en la que deba empezar a considerarse un riesgo, sí existen fases que pueden resultar especialmente sensibles. El paso a secundaria introduce más autonomía y coincide con una etapa de importantes cambios personales y sociales. En 3º y 4º de la ESO suele aparecer con más fuerza la preocupación por el futuro y, en Bachillerato, las pruebas de acceso a la universidad, la elección de estudios posteriores o el salto al mundo laboral pueden convertirse en una fuente de presión.

Según la opinión profesional de Silvia Espinosa, es fundamental separar el resultado académico de la identidad del estudiante. “Una nota es un resultado académico, no una medida del valor personal”. El riesgo aparece cuando el adolescente construye su identidad alrededor del rendimiento y acaba interiorizando mensajes como “si saco buenas notas, valgo; si fracaso, decepciono”.

Escuchar antes de solucionar

Los centros educativos tienen un papel clave en la detección temprana. Los adolescentes pasan buena parte del día en las aulas y los profesores pueden ser los primeros adultos en advertir un cambio de comportamiento. No se trata, apunta la directora de Ita Salitre, de convertir a los docentes en psicólogos, sino de que puedan reconocer señales de alerta, generar espacios seguros y saber cuándo trasladar una preocupación a orientación o a la familia.

La coordinación entre el centro educativo y el entorno del adolescente resulta fundamental, pero también lo es la manera en que los adultos reaccionan ante las dificultades. “Lo primero es escuchar antes de intentar solucionar”, resume la psicóloga. Frases como “tienes que ir a clase”, “tienes que estudiar”, “no pasa nada” o “puedes con esto” pueden llegar demasiado pronto. Antes es necesario comprender qué está ocurriendo y qué significan las conductas del adolescente.

Ansiedad, dificultades sociales, problemas de aprendizaje, sobrecarga sensorial, perfeccionismo o miedo al fracaso pueden estar detrás de un mismo comportamiento. El acompañamiento debe evitar los dos extremos: “ni se puede actuar como si no pasara nada, ni se les debe sobreproteger”, dice Espinosa.

Ni se puede actuar como si no pasara nada, ni se debe sobreproteger a los adolescentes

Silvia Espinosa

— Directora de Ita Salitre

En algunos casos será necesaria una adaptación temporal; en otros, trabajar herramientas de regulación emocional, mejorar la organización, intervenir sobre las relaciones sociales o reducir progresivamente determinadas evitaciones. Establecer objetivos pequeños y alcanzables puede ayudar a recuperar poco a poco la confianza y la autonomía.

Vida más allá del problema

En Ita Salitre, centro especializado en salud mental y ubicado en Málaga, el abordaje parte de una visión integral del adolescente. “No trabajamos únicamente con el síntoma que aparece, sino con qué función está teniendo, qué factores lo mantienen y qué está ocurriendo en los distintos contextos del adolescente”, explica su directora.

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Muchos de los adolescentes que realizan tratamiento en el Hospital de Día continúan escolarizadas durante el proceso. El objetivo es recuperar progresivamente una vida funcional que incluya los estudios, las relaciones, la familia y el ocio, pero también una identidad que no quede definida por un problema de salud mental.

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