Cualquiera que alguna vez haya tomado unas copas de más conoce las propiedades del alcohol tanto para estimular nuestra vida social como para hacernos perder los papeles. En todo caso, el nuevo largometraje de Thomas Vinterberg, Otra ronda, las explora a partir de una premisa particularmente original: cuatro amigos, todos ellos profesores de instituto, deciden poner a prueba una teoría según la que el ser humano gozaría de mayor energía, mayor capacidad de concentración y mejor humor si mantuviera cierta cantidad de alcohol en la sangre.

Mientras el espectador contempla a los cuatro, la película proporciona una mezcla de comedia y tragedia, de alegría y dolor, probablemente similar a la experimentada por su autor. Por un lado, gracias a ella Vinterberg ya ha obtenido numerosos premios –y podría ganar dos Oscar a finales de mes–; y por otro, en su mente siempre permanecerá asociada al recuerdo de su hija Ida, que falleció de un accidente de tráfico a los 19 años apenas iniciado el rodaje.

Casi todas las películas que hablan sobre alcohol lo hacen para advertir de los peligros de su consumo. La suya es excepcional.

A decir verdad, al principio yo quería que Otra ronda fuera exclusivamente una celebración del alcohol, pero me di cuenta de que la película solo serviría para provocar. Yo ya he superado la barrera de los 50 años, y me interesa más la reflexión que la provocación, así que sentí la necesidad de asomarme también al lado oscuro del asunto. En todo caso, la película no intenta vender alcohol ni trata de demonizarlo. Está claro que su consumo puede destruir familias, pero me pareció importante insistir en que también puede tener efectos positivos.

Después de todo, y como se apunta en la película, a lo largo de la historia muchas decisiones cruciales han sido tomadas por borrachos.

En efecto, y el caso de Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial lo demuestra: sus decisiones evitaron la victoria alemana, y seguro que no las tomó sobrio. Pero, más allá de eso, el alcohol lleva 7.000 años entre nosotros, y siempre ha ayudado al ser humano a socializar, estimular su creatividad y conectar con su propia espiritualidad, a enamorarse y tener sexo. Canciones maravillosas y grandes obras de la literatura fueron creadas gracias a él. Un par de copas de vino hacen que las conversaciones se vuelvan más interesantes, y nos ayudan a tener el coraje para coger el teléfono y llamar a esa persona especial. El alcohol ha hecho mucho bien en el mundo. Pero, por supuesto, debe consumirse con moderación o provoca el efecto contrario.

A lo largo de su metraje, 'Otra ronda' va cambiando de tono y oscila entre la comedia y la tragedia, la euforia y la ternura. Es como si ella misma se hubiera tomado una copa de más.

Me gustaría que, al verla, el espectador sienta efectos parecidos a los que proporciona el alcohol. Nuestras vidas están permanentemente bajo control; nuestro teléfono móvil nos dice cuántos pasos damos al día, y las redes sociales nos dicen con exactitud cuánta gente nos está siguiendo. Pero, en cuanto tomamos un trago, estamos abriendo la puerta a lo incontrolable. Y lo incontrolable pueden ser cosas maravillosas, como descubrir el amor o tener una idea brillante. La película reivindica ese algo imprevisible. Sus protagonistas son cuatro tipos que, en mayor o menor medida, sienten que han perdido el tren y han desperdiciado su vida. El alcohol les permite recuperar la pasión por la vida.

¿Por qué decidió que sus protagonistas fueran precisamente profesores de instituto?

En primer lugar, me parece que son verdaderos héroes, y que su trabajo no se reconoce lo suficiente. Están sometidos a mucha presión porque ponemos en sus manos a nuestros hijos, les exigimos una gran responsabilidad y no les toleramos ni un error. Además, los profesores siempre tienen enfrente a chavales jóvenes, y entiendo que eso les incite a recordarse a sí mismos cuando tenían 15 o 16 años, y se emborrachaban, y se enamoraban. Y, por último, por definición, esa profesión tiene algo de repetitiva; cada año enseñas la misma materia, y tus posibilidades de reinventarte son limitadas. Debe de ser difícil no sucumbir al desencanto vital.

Según las encuestas, Dinamarca es uno de los países más felices del mundo, y también figura entre los que más alcohol se consume del mundo. ¿Es una coincidencia?

Yo diría que sí. Los daneses somos gente que da mucha importancia al sentido común, la racionalidad y la disciplina y, para compensar, a menudo necesitamos dejarnos llevar. Por eso, aunque por un lado somos muy cautos y políticamente correctos a la hora de hablar sobre el alcohol, por otro lado bebemos como cosacos. Pero, en todo caso, lo cierto es que tenemos menos problemas de alcoholismo y drogadicción que muchos otros países. Sí, los adolescentes daneses beben mucho, y sus padres solemos ser muy tolerantes al respecto, pero la inmensa mayoría de esos chavales dejan de beber en cuanto acaban el instituto y les toca empezar a asumir responsabilidades.

Resulta casi inevitable preguntarle por el fallecimiento de su hija Ida

Sería muy extraño por mi parte tratar de evitar el tema, porque Ida es parte esencial de la película. Algunas de las escenas fueron rodadas en su antiguo instituto, y algunos de sus amigos aparecen como extras. Ella misma iba a formar parte del reparto. Pero no quiero que su historia sea instrumentalizada, ni que dé la sensación de que la estoy usando para vender la película. Ella no se merece algo así.

¿Cómo reunió fuerzas para seguir adelante con el rodaje?

De repente, mi vida quedó hecha pedazos. Y por supuesto sentí que, tras la muerte de mi hija, hacer una película como esta no tenía ningún sentido. Pero comprendí que ella no habría querido que abandonáramos la película a causa de ella, se habría sentido fatal. Decidimos seguir adelante para honrar su memoria, y de forma natural Otra ronda dejó de ser solo una película sobre el alcohol para convertirse en una celebración de la vida.

En las escenas de borrachera, los actores de la película son del todo convincentes. ¿Recurrieron al alcohol para rodarlas?

No. Antes de empezar a rodar nos reunimos e hicimos trabajo de campo. Pero, una vez encendimos las cámaras, todos los intérpretes se mantuvieron sobrios. Mantener la comunicación con ellos me habría resultado imposible.

¿Puedo preguntarle cuál es su relación personal con el alcohol?

Me temo que la respuesta es muy aburrida. Soy padre, y un hombre con ambiciones profesionales y, como cualquier cineasta, alguien obsesionado con mantener el control, así que no bebo mucho.

¿Tampoco antes?

Recuerdo que, mientras trabajaba en el guión de La caza (2012), decidí beber pequeñas dosis diarias de coñac; por entonces acababa de leer París era una fiesta (1964), el único libro que Ernest Hemingway confesó haber escrito en estado de ebriedad, y quise explorar qué efecto tendría el alcohol en mi propia escritura. La verdad es que no conseguí sacar ninguna conclusión al respecto.