Los años radicales (Galaxia Gutemberg), que se impuso entre 856 originales procedentes de medio mundo en el Premio Málaga de Novela, comienza con la llamada de una niña que trastornará por completo la vida del protagonista del relato, un pintor de 60 años perteneciente a la aristocracia y enganchado durante mucho tiempo a la heroína. Ella no es otra que la Princesa de Asturias, que le anuncia la concesión de su premio. A partir de ahí, Eduardo Muñoz, que así se llama el personaje, que se ha cultivado una imagen de artista rebelde y underground, se da cuenta de que recibir este galardón significa que no es tan alternativo ni está tan al margen de la sociedad como él pensaba. Este argumento, contextualizado en los finales de los años setenta y principios de los ochenta en Madrid, sirve a Alberto de la Rocha, un madrileño afincado en Córdoba desde hace cuatro años, para adentrarse en esa época, en el mundo de la heroína y en los estragos que ocasionó esta droga durante aquella época.

Ha dicho que con esta obra no quería hacer un relato sobre la Movida madrileña, sino hablar de la heroína. ¿Por qué sitúa la novela en este contexto?

Me interesaba escribir una historia sobre un pintor y decidí situarla en Madrid, donde el protagonista llega a estudiar a finales de los años setenta. Me di cuenta de que en Madrid, en esa época, un artista y drogas alrededor remitían inevitablemente a la llamada Movida, pero en la novela no se menciona ni una sola vez esa palabra, la idea no era hacer un retrato de la Movida ni nada parecido. Es algo circunstancial.

¿Por qué decide que el protagonista del relato tenía que ser un artista. ¿Cree que hay relación entre la creatividad y las drogas?

No es la primera novela que escribo en la que hay un artista como principal personaje. Me siento más cómodo y me parece más interesante contar una historia en la que el protagonista sea un creador. Pero no creo que a lo largo de esta novela se establezca una relación entre las drogas y la creatividad. Y a nivel personal, no me interesan en absoluto. Como escritor, necesito lucidez y creo que esa relación es un mito que rodea las artes.

¿Qué perseguía con esta novela?

Quería ambientar esa época, en la que la heroína pegó muy fuerte, por eso tiene que ver con el argumento. También creo que es la droga más destructiva y todos los personajes que viven alrededor del pintor se enganchan y mueren, salvo él.

La foto de Alberto García-Alix que ilustra la portada, una imagen de un joven rockabilly que remite directamente al ambiente de la historia, es toda una declaración de intenciones. ¿Perseguía dar pistas al lector?

La función de una portada es la de ser estéticamente llamativa, y si encima tiene que ver con la historia, mejor. Creo que alguien que vea esa foto sabe que hablamos de esa época y casi de la ciudad.

¿Cómo se ha documentado para llegar a este relato? ¿A dónde ha acudido?

Las drogas son un tema morboso que a mí me ha llamado la atención desde siempre y, sin ser consciente de ello, llevo muchos años documentándome sobre el tema. Todos hemos visto películas y leído libros sobre la heroína. Lo que sí volví a ver fue el filme Arrebato, de Iván Zulueta, pero nada más allá de eso.

Los años radicales se ha impuesto a más de 800 títulos presentados al Premio Málaga de Novela. ¿Qué sensación le deja?

Da mucho vértigo. No es el primer premio que gano y en todos hay un factor suerte, pero es cierto que luego, hablando con la gente, he tenido un feedback muy bueno, la novela ha gustado mucho y me dijeron que el premio fue por unanimidad, lo cual da aun más vértigo.

¿Qué historia le ronda ahora la cabeza?

Llevaba meses dándole vueltas a algunas historias, y me daba cuenta de que a raíz de la pandemia no iba a ser capaz de escribir una novela en la que no estuviera presente el coronavirus. Y hace unas semanas he empezado con una novela que está ambientada en esta época que estamos viviendo y es una trama sentimental. Hasta ahí puedo llegar.