Aseguran los expertos que Julio González es un artista fundamental que incorporó los lenguajes de las vanguardias de su época y, al mismo tiempo, fue capaz de crear un estilo propio. Hablamos, sobre todo, del gran maestro de la escultura de hierro, el descubridor, junto a su amigo Pablo Ruiz Picasso, del "potencial artístico y constructivo del material, de los trozos de desecho y de la técnica de la soldadura; también, de que ritmo lineal del dibujo podía trasladarse a la escultura", en palabras de la historiadora del arte Chus Tudelilla. González fue quizás el primer hombre que pudo, supo "dibujar en el espacio", en feliz expresión acuñada por él mismo. Desde hoy y hasta el 17 de octubre, el Centre Pompidou Málaga dedica su muestra temporal al catalán, con un recorrido por su vida y principales obras comisariado por Brigitte Leal, directora adjunta del Museo Nacional de Arte Moderno de París, a través de más de medio centenar de piezas artísticas (33 dibujos y 18 esculturas), desde sus primeras obras parisinas hasta los hierros forjados que ocuparon gran parte de su producción artística en la década de 1930 y sus últimos autorretratos.

Difícil, por no decir imposible resulta imaginar la obra de Eduardo Chillida, Jean Tinguely o Richard Tuttle sin las aportaciones revolucionarias de Julio González (Barcelona, 1876; Arcueil, 1942). Pero su vida y su obra fueron mucho más que eso, y la temporal del Pompidou supone reivindicar las aportaciones de un creador tan genial e influyente como Miró y Dalí pero relativamente olvidado. Su madre, Pilar Pellicer, provenía de una estirpe artística; su padre, Concordio González, era escultor. En su taller el pequeño Julio se forjó como herrero mientras acudía a una escuela católica que impartía el modelo educativo de las cofradías artesanales medievales, donde se valoraba mucho la formación técnica. Pero Julio quería ser pintor. Su hermano mayor, Joan, demostró mayor aptitud para los pinceles y las críticas de la época no fueron demasiado favorables para las obras del joven González: "En sus lienzos surge la imagen de un hombre tímido y sensible, ansioso por convertirse en artista, pero sin saber cómo hacerlo. González parece haber estado plagado de cierta vacilación y escepticismo que lo acompañaría durante muchos años", resumió la historiadora del arte Josephine Withers. Sólo en su quinta década de vida encontró la confianza en sus posibilidades artísticas y la madurez expresiva.

La temporal del Centre Pompidou se divide en seis secciones.

'Retrato de Lola'

'Retrato de Lola' © Julio González, VEGAP, Málaga, 2021

Primeras obras. Máscaras de metal repujado

Julio González realiza sus primeros retratos esculpidos mediante la técnica del cobre repujado, aprovechando la maleabilidad del metal para moldearlos. Los rasgos, martillados, son contundentes. Los rostros de los modelos, que habitualmente son sus propias hermanas Lola y Pilar, resultan, sin embargo, poco individualizados, hieráticos y como absortos en su fuero interno. La pátina oscura del metal acentúa la melancolía, de esencia simbolista, de las fisonomías.

Relieves recortados. Primeras esculturas de hierro

En la década de 1920 surge un nuevo lenguaje escultórico. Las maternidades de hierro forjado se refinan, sus siluetas recortadas se esquematizan. Las planchas de hierro se recortan cual cartón para construir formas en ligeros relieves. La obra 'Masque découpé de Pilar au soleil' ('Máscara recortada de Pilar al sol') está formada por planos de hierro superpuestos. Su corporeidad no está sugerida por un volumen cerrado, sino por el ensamblaje de dos láminas de metal, sirviendo una de trasera y otra de delantera. 'Tête en profondeur' ('Cabeza en profundidad') prolonga este principio de construcción de volumen mediante planos independientes, plegados y soldados. La esquematización de los rasgos, resumidos por un simple volumen en curva, roza la abstracción. 

El artista del vacío

Con la serie de esculturas lineales forjadas en los años 1930, González inventa un modo de expresión propio del metal. El uso de varillas de hierro forjado y soldado genera formas vaciadas, reducidas a patrones geométricos, a un "dibujo en el espacio". Este concepto, reforzado por su colaboración con Pablo Picasso entre 1928 y 1932, lo defiende en su ensayo 'Picasso escultor y las catedrales' (1931-1932, archivos del Institut Valencià d’Art Modern). Toma forma en la escultura 'Femme se coiffant I' ('Mujer peinándose I') de 1931, cuya estructura está sostenida sobre varillas con planos vacíos y planchas macizas que aseguran su volumetría.

El Ángel, el Insecto y la Bailarina

La danza, tan frecuente en la obra de González, se presta al estudio del movimiento, como se demuestra en su serie de dibujos preparatorios para la escultura. El conjunto forma una especie de película de animación donde la figura mecánica se escenifica de forma coreográfica. Los bocetos sirven tanto de dibujos técnicos, donde se anotan los puntos de soldadura y la ubicación de cada pieza forjada, como de testimonios de la metamorfosis de la figura. Inicialmente titulada 'L’Insecte' ('El Insecto'), Picasso rebautizó la obra como L’Ange (El Ángel), pero conservando el nombre genérico de 'La Danseuse' ('La Bailarina'). Una triple identidad que subraya la complejidad iconográfica de la obra. Escultura híbrida y metafórica, alza sus alas en el espacio en forma de guadañas, cual ángel de la muerte.

El ángel, el insecto, la bailarina

El ángel, el insecto, la bailarina © Julio González, VEGAP, Málaga, 2021

La obra metamórfica

El conjunto de dibujos coloridos reunidos en esta sala resume las últimas búsquedas formales de González. Figuras de naturaleza híbrida, mitad vegetal y mitad humana, surcan el espacio con un nuevo dinamismo. Abarcan temas familiares que se utilizarán para las grandes esculturas alegóricas de finales de los años 1930, como 'Daphné', 'L’homme cactus' ('Hombre cactus') y la majestuosa 'Femme au miroir' ('Mujer ante el espejo') de 1936-1937 (Institut Valencià d’Art Modern), su última obra maestra expuesta en el Pabellón de la República Española de la Exposición Internacional de París de 1937.

Últimos autorretratos

Los últimos años de González se vieron tristemente empañados por la Segunda Guerra Mundial. En la zona libre, en el suroeste de Francia donde el artista se refugia en 1941, se ve privado de su taller y se centra entonces en el dibujo y el grabado sobre metal. Sus últimos autorretratos, dibujados en primer plano, afrontan la vejez y la muerte con un realismo sin autocomplacencia. Según su hija Roberta González, sus últimas palabras, pronunciadas el 27 de marzo de 1942 en Arcueil (Francia), fueron: «Ahora ya sé dónde voy, todo está claro para mí».

Las obras que componen esta muestra provienen del Museo Nacional de Arte Moderno que custodia las donaciones y legados de su hija, Roberta González (Paris, 1909; Neufmontiers, 1976) realizadas entre los años 1953 y 1978. La exposición está dividida en seis secciones: Primeras obras. Máscaras de metal repujado; Relieves recortados. Primeras esculturas en hierro; El artista del vacío; El ángel, el insecto, la bailarina; La obra metamórfica y Últimos autorretratos. La muestra expone los dibujos y bocetos preparatorios, que permiten valorar el proceso técnico y la diversidad de esculturas metálicas lineales, como 'Mujer con el cesto' de 1934 o' El ángel, El insecto y la bailarina' de 1935 y apreciar el dinamismo de las figuras metamórficas de finales de la década de 1930. Esta exposición también recoge el primer autorretrato al pastel realizado entre 1914 y 1918, los últimos lienzos de este tipo dibujados o grabados dan testimonio de la estética y fuerte personalidad del hombre que se considera el padre de la escultura en hierro del siglo pasado.