Quizás el mayor éxito de la vigésimo cuarta edición del Festival de Málaga sea su propia celebración, como la temporada anterior. Exigir una Sección Oficial de fuste, calado y relumbrón en uno momento (largo ya) de impás cinematográfico por la pandemia puede resultar injusto, desde luego, pero no podemos obviar que el concurso grande, el de largometrajes, ha ofrecido una pobre, muy pobre impresión del cine en español que queremos vender desde Málaga. Vamos con las claves del certamen desde su competición principal.

1) El cine latinoamericano no ha traído productos demasiado destacados, por utilizar un eufemismo. Sólo la peruana Las mejores familias y, a ratos, la colombiana La ciudad de las fieras han ofrecidos cotas de interés. ¿Se acuerdan de aquello de que las producciones latinas iban a revitalizar la Sección Oficial con mayores dosis de riesgo? Pues más bien un lugar común, visto lo visto este año.

2) Está claro que el Festival de Málaga ya tiene un concepto: ser plataformas de autores jóvenes con posibilidades de resaltar, con especial atención a las cineastas, las creadoras. Lo cierto es que de lo mejor que se ha proyectado en el concurso (Ama, Chavalas, Destello bravío) ha venido firmado por mujeres, y que son ellas las que están dibujando mejor que nadie el futuro de nuestro cine (tienen más ganas, más hambre, más cosas que contar). Que un festival disfrute ya esta marca registrada es algo importante, nada habitual en el panorama de certámenes de nuestro país, y garantía de su propio horizonte.

3) El equipo comandado por Juan Antonio Vigar no se ha planteado ni se plantea compactar la Sección Oficial (¿cómo engordar si no, cómo justificar la semana larga, larguísima de certamen?) pero deberían hacerlo: películas como 15 horas o Mulher oceano, más propias, por su baja calidad, de festivales temáticos que de certámenes de prestigio, desprestigian un tanto el empeño del comité de selección, encomiable en otros resultados de su búsqueda de títulos.

4) Para que vean cómo son las cosas: el otro día le leí a alguien de la prensa cinematográfica que qué bien que hayan exhibido comedias más o menos desenfadadas este año, porque no es algo usual en el Festival de Málaga. ¿Se acuerdan de cuando nuestro certamen tenía el sambenito de ser como una especie de hermano del Festival de Comedia de Peñíscola? Cómo cambian las cosas... Al final, y es importante, aquí tienen hueco Operación Camarón y Agustí Villaronga; lo comercial y lo autor, lo exigente Fuente y lo popular. El espectador, si es que no gusta de ambos extremos, elige, que para eso está. Y si no se fían ni de mí ni del director del Festival, que sepan que este año la novena entrega de Fast & Furious se proyecta en Cannes.

5) Confiemos en que la prudente valentía del Festival de Málaga convenza a esa comunidad cinematográfica que tantos piropos suelta al certamen por su pundonor (parole, parole) y otro año compitan entre nosotros algunos de los mejores frutos de su cosecha, porque, desde luego, el mediocre balance artístico de la Sección Oficial de la vigésimo cuarta edición del certamen da para pocas alegrías. O quizás sea la exacta tristeza del estado de las cosas de ahora mismo.