La bailaora malagueña Rocío Molina regresa los próximos 30 y 31 de julio a la provincia, ofreciendo en el Teatro Cervantes las dos primeras piezas de su Trilogía de la Guitarra, Inicio (Uno) y Al fondo riela (Lo otro del Uno) junto al excelso guitarrista Rafael Riqueni. Son una muestra de su arte más depurado, quizás menos provocador o transgresor que sus anteriores espectáculos.

En estos dos espectáculos que trae al Teatro Cervantes, ¿baila para la guitarra o la guitarra toca para su baile?

Ni una cosa ni la otra, son las dos. Son dos espectáculos en los que el baile y la guitarra comparten, en los que hay una admiración mutua.

Rafael Riqueni y usted son dos flamencos de generaciones distintas. ¿Cómo ha sido la colaboración?

Para mí, Rafael es la guitarra de mis sueños. Creo que ha sido y es la guitarra que más he escuchado en mi vida; Desde siempre, desde que soy pequeña, él me ha acompañado. Tener la oportunidad de poder estar con él en el escenario es un regalo.

¿Han buscado puntos en común o, precisamente, se han alimentado de vuestras diferencias a la hora de crear?

Hemos intentado mostrar lo que cada uno es, con nuestras diferencias y con las cosas que coincidimos y vemos igual. Siempre con aceptación y con mucho cariño.

Trilogía de la Guitarra son, en principio, espectáculos menos rompedores, más depurados y de raíz. Quizás ahora la acusen de haber dado un paso atrás por comodidad...

Verlo así es banalizarlo. Nunca hago nada por el simple hecho de hacerlo. Es una obra que en su momento cancelé porque no estaba preparada para asimilarla y luego se convirtió en una trilogía. Hay que tener mucho valor para hacer eso.

Riqueni, al igual que usted, habla sin tapujos de su vida y sus infiernos personales. Suele decir que la guitarra le ha salvado de muchos ellos. ¿Ha hecho lo mismo el baile para usted?

El baile es mi sanación. El arte a veces me lleva a lugares muy duros, pero también es mi gran compañero. Nunca me falla a pesar de los momentos difíciles.

Paró un tiempo para dedicarse a la crianza de su hija. ¿Qué ha aprendido y aprende de ella?

La maternidad ha transformado mucho mi baile, estoy aprendiendo continuamente y madurando; hace que llegue a profundidades desde algo no tan físico. Es como mi toma de tierra.

Coincidió todo esto con la que dice que fue la «única crisis creativa» que ha tenido. ¿Cómo consiguió salir de ella?

Conseguí salir, sobre todo, al permitirme estar ahí, aceptando y entendiendo que eso también tendría algo que enseñarme. Confié siempre en el baile y en el cuerpo, en lo que éste siente cuando bailo. Al final, ha sido un aprendizaje muy interesante.

Suelen decir que su arte es provocador. ¿Qué le provoca a usted?

Para mí es pura necesidad. Me provoca un estado de escucha y otras muchas cosas, desde libertad hasta angustia. Me provoca la oportunidad de vivirme.

Vive en La Aceitera, que es su casa y al mismo tiempo un centro de producción cultural. ¿Separar la vida y el arte le resulta imposible?

Para mí, todo está mezclado. De hecho, lo cotidiano es lo que más me inspira para crear mi arte. Yo necesito que sea así porque no puedo separar mi vida y el arte, yo no soy ningún personaje.