El texto que acompaña el álbum empieza hablando de «la primavera en que se paró todo». Clamor, ¿sale de la pandemia?

Maria Arnal: Había unas intuiciones previas que nacían de una emoción que resuena mucho ahora; esa sensación de vulnerabilidad y de limbo. A finales del 2017, estábamos haciendo bolos y teníamos la sensación de que una etapa se acababa. Yo ya pensaba en el próximo disco, y me estaba separando, y me preguntaba cuántas veces en una vida tienes que volver a nacer, y te sientes en un espacio lúcido pero oscuro, de transformación y también de fe.

Luego el mundo se detuvo.

M.A.: Y cobraron forma todas aquellas ideas, la fe en la capacidad infinita de transformarnos y de renacer en un mundo atravesado por muchas crisis. Pensando en hacer algo original, hemos llegado a un lugar que está entre el retablo de voces y la fábula con ecos con referencias como Björk o Maria del Mar Bonet, mezclando muchos mundos, como la filósofa feminista de Donna Haraway.

El nosotros desde el que siempre han cantado, ahora se diría que ya no es solo humano, sino orgánico y cósmico.

M.A.: Era la idea del clamor. Cuando se nos ocurrió el título tuvimos claro que la idea coral se resumía bien en eso, casi como si fuesen voces que nos están queriendo decir cosas, pero no las entendemos todavía.

Cuando un primer álbum ha gustado, lo corriente es repetir la fórmula. Pero Clamor plantea cambios relevantes de lenguaje musical.

Marcel Bagés: No queríamos seguir el mismo proceso de composición, de guitarra y voz, porque posiblemente nos habría llevado a lugares muy similares. Me compré una caja de ritmos, que también es sampler, y empecé a generar desde ahí.

M.A.: Somos curiosos y nos gusta aprender. No queríamos que este disco se pudiese explicar como un dúo de voz y guitarra. Nos propusimos trabajar la base rítmica y también la voz desde el punto de vista coral. Y enfocar las letras como si te contaran una historia fantástica en la que has de vivir dentro de cada canción para aprender a ver el mundo desde ese punto de vista.

El primer sencillo ha sido Fiera de mí, una canción juguetona y «una broma», ha dicho. ¿A qué se refería?

M.A.: Quería que en el disco hubiera un arco emocional variado, y esta es la canción más alegre, vital, sensual, seductora y también irónica. No deja de ser una canción de amor. Rara, y que consiste en hacer una lista de razones por las que no querrías nacer humano. Las vergüenzas de la humanidad, de una manera básica.

En contraste, está la adaptación del medieval Cant de la Sibil·la, donde colaboran Holly Herndon y el dúo vocal Tarta Relena.

El personaje de Sibil·la me fascina, y me gusta mucho la adaptación de Maria del Mar Bonet, que aun conservando el eco medieval, tiene el punto de la canción popular. Fue la referencia. Holly Herndon nos propuso sacarlo de la iglesia e ir a cantarlo en medio de un campo lleno de cabras, y allí fuimos, a un proyecto que se llama Badecabras, en la Serralada de Marina, Badalona.

¿Siguen viendo lo suyo como canción popular?

M.A.: En la intención de que sea útil y que la gente conecte, sí. No presenta una huella previa tan definida como el Cant de batre, pero las referencias están ahí. Milagro es pura canción; es Violeta Parra. Son décimas. Tras de ti es una copla. Meteorit ferit es más pop, pero es canción-canción. En Ventura me imagino un coro de mujeres mientras lava la ropa.

¿Perciben cambios, una energía de transformación detrás de ese clamor?

M.A.: Vivimos una situación de cambio, transformación y vértigo.

M.B.: Las vías para cambiar el statu quo no funcionan. No justifico nada, pero si no hay una confrontación real, cuesta mucho cambiarlo todo. Nosotros somos de la generación pos-dictadura y no vemos cambios reales.

M.A: Yo creo que quedan cuatro días y que estamos cerca de cambios heavy. Prefiero pensar así y contribuir al cambio desde mi vida cotidiana, artísticamente. Sí que hay cambios: miremos lo que ha pasado con el feminismo. Y habrá más, porque el aire que respiramos se hará tóxico, y veremos cómo hay más gente que muere de contaminación que del cáncer. Tenemos que imaginar otras maneras de quejarnos. La de las calles es una, pero hay otras que pueden ser constructivas, y bellas, y poéticas, y que incluso consistan en pensar.