Con un título estrambótico y un tráiler oscuro y con mucha violencia explícita, 'El juego del calamar' la serie creada por Hwang Dong Hyuk se ha convertido desde el 17 de septiembre en un éxito sin precedentes que ni el gigante del ‘streaming’ vio venir (es la serie más vista en casi 90 territorios en los que se ha estrenado). Ted Sarandos, codirector ejecutivo de la plataforma, hizo el anuncio hace una semana, y vaticinó que iba a superar el récord de Los Bridgerton. «Es muy probable que sea nuestro programa más exitoso de todos los tiempos», aseguró. Sin que pareciera tener nada a su favor: actores asiáticos desconocidos para el gran público, no cotizar en ninguna famosa franquicia y ni siquiera contar con la maquinaria promocional de la cadena.

Sin embargo, gracias al boca-oreja, y a que se balancea a la perfección drama, suspense y humor negro, y a toda una galaxia de personajes y momentos antológicos e imágenes icónicas (y carne de memes), El juego del calamar se ha convertido en un fenómeno global . Aquí van las claves del éxito.

Juegos de niños

El argumento es tan pueril como retorcido y enigmático: un grupo de outsiders, excluidos del sistema, acuciados por las deudas, acceden a participar en un juego que les puede sacar de pobres (y ganar hasta 45.600 millones de wones; más de 32 millones de euros). Eso, si no pierden. Solo tendrán que sobrevivir a seis pruebas inspiradas en juegos infantiles universales y de origen coreano (el propio juego del calamar se popularizó en las calles del país en los años 70). Para empezar, el de la despiadada niña robótica de mirada sádica (primera imagen icónica, primer meme), Luz verde, luz roja (vamos, el viejo Escondite inglés) con el que queda inaugurada la primera gran masacre de la serie. De un plumazo caen abatidos más de la mitad de los 456 participantes. Quedan otros cinco juegos y otros ocho capítulos trepidantes. «La gente se siente atraída por la ironía de que los adultos sin esperanza arriesguen sus vidas para ganar un juego de niños», ha reflexionado en una entrevista el director.

Referencias

Desde hace unos años las ficciones surcoreanas están apostando por los juegos de supervivencia. El propio creador de la serie lo explica así en una entrevista con Variety: «En mis comienzos, pasaba apuros económicos y pasaba mucho tiempo en cafeterías leyendo cómics como Battle royale. Me imaginaba cómo me sentiría si yo mismo participara en esos juegos. Pero los encontraba demasiado complejos, y por eso preferí usar juegos para niños». La idea es que se salve el más fuerte (como en Los inmortales). La misma que subyace en otra referencia tan clara y popular como la de la saga de 'Los juegos del hambre'. Pero a diferencia de esta última, la serie no transcurre en el futuro ni es una distopía, aunque su estética sobreactuada y los gestos totalitarios recuerdan a este subgénero de la ciencia ficción. Sin ir más lejos los icónicos y memetizables paseos por las escaleras escherianas, a lo Ághata Ruiz de la Prada, por la que desfilan- los participantes antes de cada prueba. También están más que claras las referencias iconográficas a otro hit de Netflix como es La casa de papel, y sus monos rojos, o a la saga de terror de Saw, con psicópata megaloco que disfruta torturando a las víctimas. Tampoco hay que olvidar Alice in Borderland, basada en otro manga, y en la que sus protagonistas luchan por sobrevivir en un Tokio posapocalíptico.

Cada capítulo ofrece momentos con una estética icónica para difundir al por mayor en redes sociales en forma de imágenes, vídeos y memes

Crítica social

En la trama de la serie subyace una feroz crítica al sistema y cómo este fabrica desheredados a destajo. Algo que también estaba presente en la biopsia social que era Parásitos, la película de Bong Joon-ho. Hace una década que Seong Gi-Hoon, el protagonista interpretado por Lee Jung Jae, perdió el trabajo en la fábrica de automóviles donde trabajaba y ahora vive en casa de su anciana madre, a quien le roba la pensión para apostar en carreras de caballos que pierde sistemáticamente. No tiene ni para comprarle un regalo de cumpleaños a su hija, a quien no ve casi nunca, pues vive con su madre. Como él otros desesperados, machacados por la sociedad y con crisis de ansiedad, se lo jugarán todo a las canicas o estirando de la cuerda. Pero además de la crítica a nuestra sociedad de consumo y a las desigualdades entre ricos y pobres, El juego del calamar es también un puñetazo a los reality shows que triunfan en Corea del Sur y en el resto del mundo, y que cada vez buscan fórmulas más agresivas para enganchar a la audiencia a costa de personas de lo más variopinto y dispuestas a todo.

Mucho meme

El guion dispone en cada capítulo de varios momentos con una estética icónica para difundir al por mayor en redes sociales en forma de imágenes, vídeos y memes (¿qué mejor publicidad?). Por ejemplo, el comunista chándal verde con listas blancas y con el número en la solapa y en la camiseta interior, desde el 001 del participante más anciano al 456 del protagonista, da cuenta de la igualdad entre los competidores. Los guardianes (el próximo disfraz de este Halloween) van con monos rojos que debieron sobrar de La casa de papel y han sido tuneados con cascos de esgrima con casi todos los símbolos, menos la X, de la PlayStation, de la nipona Sony Interactive Entertainment. La niña robot del primer capítulo también es carne de merchandising, así como los ataúdes con lacito rosa, la isla donde ocurren los juegos, y los mensajes ocultos en las paredes donde se apilan las literas de los jugadores.

Sangre y casquería

El espectador que se ha graduado en la gloriosa La batalla de los bastardos (el noveno episodio de la sexta temporada de «Juego de tronos») ya no usa la misma vara de medir para las muertes, la sangre y la casquería en pantalla. Ya todo le puede parecer poco, si bien aquí, desde el primer capítulo, con su aniquiladora versión del ‘Escondite inglés’, será un no parar de escenas de violencia explícita. Todo al servicio de llevar las emociones al límite, hasta alcanzar un giro inesperado al final de cada episodio. Y así querer ver un nuevo capítulo, y luego otro, y devorar de un tirón toda la serie.

Otra de las virtudes de la serie es que es un relato intergeneracional, que conecta tanto con el público más mayor, el que jugaba en el recreo y en las calles a los juegos infantiles de la serie, como con gente de menos edad. Incluso la generación más joven que pueda sentir alienación y resentimiento contra el sistema también empatiza con los personajes, unidos por un sentimiento de derrota, desilusión y frustración.

¿Enganchado?, pues de momento aún no hay continuación. Por avanzar alguna pista: comenzó a planear «El juego del calamar» en 2008, se puso a trabajar en él un año después y tardó seis meses en escribir los dos primeros capítulos, que tuvo que rehacer varias veces.