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La Opinión de Málaga

Festival de Escribidores de La Térmica

Flaubert se aparece en Málaga

Mario Vargas Llosa y Mircea Cartarescu dialogaron ayer en la Diputación sobre sus influencias, censuras e inspiraciones

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Mario Vargas Llosa y Mircea Cartarescu, durante su diálogo en el Auditorio Edgar Neville. Álex Zea

«Nunca he olvidado al hermano Justiniano, del colegio La Salle, que con cinco años me enseñó a leer en Cochabamba. Leer me permitió viajar hacia el pasado, el presente y el futuro. Me hizo salir de mi pequeña ciudad boliviana, ensanchar mis horizontes y darme razones para vivir. Nada hace soñar más que la lectura. Nada mejor que un libro hace percibir que el mundo podría ser mejor. Eso deben saberlo los jóvenes». Con este introito, que podría ser un manifiesto, se adornó ayer Mario Vargas Llosa en la inauguración del festival Escribidores, que, organizado por la Diputación a través de La Térmica, reunirá en Málaga durante esta semana a grandes estrellas de la literatura mundial.

Mircea Cartarescu, escritor rumano, casi siempre candidato al Nobel, uno de los grandes fabuladores y testigos literarios de la vieja Europa, acertó primeramente a decir el placer que sentía al compartir escenario con Llosa. Y luego abundó en los problemas que ha tenido a lo largo de su carrera con la censura. Fue entonces cuando Mario Vargas Llosa hizo reír al público ridiculizando a los censores del Perú de antaño, que permitían palabras como prostíbulo pero no términos como burdel; que le hicieron cambiar ballena por cetáceo y que, «nunca prohibían los libros, pero sí los cambiaban, censuraban o quemaban». De hecho, recordó cómo los militares echaron a la pira mil ejemplares de La ciudad y los perros, «lo que fue una gran publicidad».

Cogió el guante el rumano para hablar ya directamente del proceso creativo: «La escritura es una lucha entre dos fuerzas. En mi caso. Una de ellas es la inspiración y otra la personalidad. Jamás he escrito con un plan previo. Pero no puedo escribir sin inspiración». Y fluyó el diálogo sobre la escritura. Mágicamente coincidiendo en una gran influencia: Flaubert. Llosa dijo leerlo siempre que está de verdad enfrascado escribiendo una novela. «Y no solo Madame Bovary, también su correspondencia». Añadiendo: «Siempre me dije: Yo quiero ser el escritor que es capaz de escribir como Flaubert». En este punto, Cartarescu habló de que, al igual que Cortázar «inseminó» toda la literatura hispanoamericana, Flaubert lo hizo con la mundial. A su juicio, el rasgo más definitorio de la literatura hispanoamericana es la fantasía, el realismo mágico, una visión muy particular sobre el arte. Y no ahorró alusiones a la actualidad, levantando los aplausos del Auditorio Edgar Neville: «Estamos hablando de literatura porque hay gente que se arriesga contra los tanques rusos. Hay literatura porque otra gente se arriesga», aseveró el autor de Solenoide. Sin que faltaran las muestras de admiración mutua, con briznas de actualidad: «La obra que más me gusta de usted es ‘La ciudad y los perros’, que además tiene un gran poder premonitorio. Tan premonitorio como pudo ser Kafka», resaltó un emocionado Cartarescu, que vio elogiada su obra y trayectoria por Vargas Llosa, muy entregado al diálogo y al auditorio.

Mario Vargas Llosa Álex Zea

Como muestra de esa entrega entusiasmada y entusiasmante, el hispano-peruano dejó dicho desde el atril, antes del diálogo, un piropazo a Málaga: « Hubo un tiempo en el que Barcelona fue la capital literaria, recordando la época en los que la mítica agente literaria Carmen Ballcels apadrinaba a tantos escritores españoles e hispanoamericanos que moraban en esa ciudad. Una ciudad que propiciaba el diálogo entre los creadores de todo el mundo. «Eso queremos que sea ahora Málaga con este festival», afirmó el autor de Pantaleón y las visitadoras. «Málaga es un lugar de encuentro permanente. Una de las ciudades más cultas y con más vocación de cultura», remachó.

Multitud de autoridades académicas y políticas, extranjeras y españolas, incluidas una representante del Ministerio de Cultura de Colombia y la consejera de Cultura, Patricia del Pozo, alargaron discursos entusiastas y solemnes y trenzaron loas a Málaga, a la escritura y a la cultura. Con mayor o menor tino (exacerbando la impaciencia del público por escuchar a Vargas y Cartarescu) ensalzaron el momento cultural que vive Málaga. Del Pozo, además, hizo un repaso por las referencias que a la ciudad han hecho escritores como Rubén Darío, José María Hinojosa, Emilio Prados, etc. El director de la Cátedra Vargas Llosa, por su parte, compartió sus dudas pasadas sobre la conveniencia de un festival literario en medio de una guerra como la de Ucrania. Pero resolvió rápido el dilema, dijo, leyendo El maestro y la margarita, de Bulgákov, uno de los grandes escritores ucranianos. El texto es «una vuelta de tuerca al Fausto de Goethe. En realidad una parodia de la represión soviética pero también un texto de múltiples lecturas». Por eso, afirmó, es mejor avivar la literatura como instrumento de evasión y de combate contra el mal.

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