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La Opinión de Málaga

Música

Hasta siempre, maestro

Serrat se despidió anoche de sus seguidores malagueños con un emocionante concierto en el Auditorio Cortijo de Torres

Serrat, en un momento del recital La Opinión

«He venido a despedirme de todos y de cada uno, pero, en previsión de cómo se desarrollen los acontecimientos, guarden sus entradas. Siempre podrán decir: ‘Yo estuve allí’. Se prohíbe toda nostalgia porque todo es futuro». Así estableció el cantautor y poeta Joan Manuel Serrat las bases para su última gira, 'El vicio de cantar 1965-2022'. Y la noche del domingo, en el Auditorio Cortijo de Torres, vino a decirles adiós a todos los malagueños y malagueñas que han disfrutado alguna vez de sus canciones, eternas, mediterráneas, nuestras, de todos.

Serrat ofreció un concierto extraordinario, propio de una ocasión extraordinaria. Hizo canciones que representan varias metamorfosis musicales a lo largo de su prolífica discografía, arropadas con una escenografía sencilla, apoyada en proyecciones. Sus historias y sus personajes, que no han envejecido, como a él mismo le gusta decir, ya son parte de nuestra memoria musical. El Nano propuso al entusiasta público malagueño más que una antología de su obra, un compendio del arte de vivir y crear. Serrat no ha perdido la ilusión, aunque la vida le haya puesto duras pruebas. Nos reveló que, sin sus personajes, las canciones no serían nada; que “aquella mujer no se purificaba con agua bendita, sino con ginebra, como la reina de Inglaterra”; que Merceditas, la del guardarropa, y Curro “El Palmo” nunca se conocieron: él los juntó en una historia de amor absolutamente irrepetible con aroma de copla, lección aprendida de Quintero, León y Quiroga (“Ay, mi amor, sin ti no entiendo el despertar”). Siguió con “Señora”, para luego abordar “Lucía”, “la más tierna historia de amor que tuve y tendré” , y con arreglos jazzísticos cantó “No hago otra cosa que pensar en ti”. Como dice Serrat, “una canción es cuando la música habla y la letra canta”.

Pasó de los amores al compromiso, arremetiendo a ritmo de charlestón con una diatriba contra los poderosos y opresores en “Algo personal”, que precedió a un momento más íntimo, cuando recordó que Miguel Hernández fue un pastor de cabras, aunque siempre supo que era poeta: “Un hombre sencillo y sensible que amaba la libertad y la vida. Ambas cosas se las quitaron” . Así introdujo "Nana de la cebolla", a la que puso música Alberto Cortez. Puntualizó que “recordar a Miguel es un deber de España”, como dijo Neruda. Siguió con “Para la libertad” cuyos versos sonaron vigorosos entre imágenes de Banksy: “Aún tengo la vida”. 

Siguieron 'Hoy puede ser un gran día' y 'Mediterráneo' (en la pantalla, pateras, alambradas y su amigo Paco de Lucía), que fue el momento cumbre, cómo no, coreada por todos. Lo mismo sucedió con 'Cantares', "golpe a golpe, verso a verso”. 'Fiesta', con sus banderas lilas, rojas y amarillas, habría constituido un remate perfecto (“vamos bajando la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la fiesta”), pero después llegó 'Penélope' (las grandes canciones no miran el reloj). Como ven, lista infinita de tótems de nuestra canción.

Resulta difícil imaginar a Serrat alejarse para siempre de los escenarios. Crecimos, luchamos, amamos, y siempre estaban sus canciones. El más grande de nuestros cantautores es además poeta, un clásico. Y necesitamos su compañía, especialmente en momentos difíciles, de zozobra como los que atravesamos ahora. Sus canciones nos seguirán arropando. Gracias, maestro.

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