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La Opinión de Málaga

Música

El Koala, 16 años después del boom: «Ahora soy feliz con mis cabras»

«El top manta se hinchó a vender mi álbum: fuimos disco de platino en Kenia y Senegal», bromea el popular músico, albañil y campesino de Rincón de la Victoria

Manuel Jesús Rodríguez Rodríguez, o sea, El Koala. | LA OPINIÓN

Al búnker de El Koala no le falta detalle. Tiene árboles, cultivos y cabras. A su alrededor reina la serenidad del bosque. Y la playa del Rincón de la Victoria se encuentra a escasos kilómetros. «Tengo todo lo bonito de la vida», dice con ese acento cazallero que tan bien le define. En sus palabras se reconoce rápidamente la vitalidad que le caracteriza. Es un hombre sagaz, agudo, alegre, desvergonzado, dichoso... Así le conocimos en el verano de 2006, cuando se coló en nuestros altavoces con Opá, yo viazé un corrá. Desde entonces, se ha mantenido fiel a su médula agropopera. De ahí que se haya convertido en uno de los nombres clave de cualquier verbena. Da igual los discos que saque, de Jesús queremos sus clásicos. Aquellos que estimulan los pogos, la jarana, los tragos, la algaraza… y que, en consecuencia, le han permitido construir su refugio en Málaga. Lo que para muchos fue objetivo de burlas, pero él ha sido una mina de oro.

«He cumplido mi sueño. Quería vivir del rock y lo he conseguido», apunta emocionado. El camino no ha sido fácil. El éxito le llegó 20 años después de iniciar su carrera. El Koala es un proyecto que surgió en 2001, aunque antes lo intentó con otros tantos grupos sin demasiada repercusión: Santos Putos, Arte y duende, Mínima expresión, Trinidad, Los Restillos, Los Ducati…: «La mayoría terminó por culpa del aburrimiento. Los artistas son pobres de fe y acaban hartos de luchar. He conocido peña que sólo compraba instrumentos para ligar y hacerse fotos».

Todo lo contrario que él, cuyo objetivo siempre ha sido vivir para la música. No de ella. «Al principio, era un hobby. Trabajaba en la construcción y en la jardinería para costearme aquellos primeros pinitos. Mi familia jamás pensó que llegaría a nada. Decían que era un pasatiempo y que, cuando me enfrentara a la realidad, lo dejaría». No fue así.

Tras diversas decepciones, decidió dar rienda suelta al talento. Y crear una marca que le representase de verdad: El Koala nació para reivindicar la artesanía, la feria, la tradición, la romería y la tierra donde se hallan sus raíces. Podría decirse que es fiel reflejo de lo que discurre por sus venas. «Nunca tuve miedo. Sabía que, con este género nuevo, la gente del campo me apoyaría», defiende.

Su olfato no le falló, si tenemos en cuenta que lleva tres lustros recorriendo los pueblos de España con el regocijo propio de las grandes estrellas. Parte de la culpa la tuvo José Manuel Castaño, quien detectó en su particular estilo posibilidades de arrasar. Así, el líder de Seguridad Social llevó a Jesús a Valencia para grabar el álbum que cambiaría su futuro. Su idea era moverlo entre vecinos y campesinos, pero algo dinamitó su pretensión. En pocos días, su nombre apareció en periódicos, televisiones, radios…

¿Qué ocurrió aquel 2006?

Un chico de Córdoba subió el videoclip de Opá a YouTube y, en cuestión de horas, se hizo viral. No había persona que no conociese la canción. Hasta los pijos la escondían en el móvil. Era un fenómeno imparable.

Se convirtió en el himno de aquel verano sin reunir ningún elemento para ello

Es curioso. No tenía ninguna papeleta. En primer lugar, es un tema basado en guitarras, bajos y baterías. En segundo lugar, la voz está limpia, sin emplear autotune. Y, en tercer lugar, la temática es muy peculiar: la lealtad hacia la naturaleza. También habla de reciclar y de respetar a los animales. ¿Qué canción del verano plantea la necesidad de construirles un hotel con la madera y la chapa que nos sobra? Ninguna. Sin embargo, a los medios les dio por catalogarla así. ¿Que todo el mundo quería que lo fuese? Pues genial, gracias. Eso ha hecho que, después, haya podido lanzar cinco discos más. Hoy, si no la toco en los conciertos, me tiran a la fuente.

En ella, se dirige constantemente a su progenitor. ¿Por qué?

Cuarto mandamiento: honrarás a tu padre y a tu madre. Opá se la dediqué a él, mientras que la versión de Mi carro a ella. Los seres humanos tenemos dos caminos posibles: o eres honesto contigo mismo o eres un robot sin alma.

Rock rústico de lomo ancho fue un elepé que, lejos de pasar desapercibido, le colocó a la altura de los nombres del momento: La Oreja de Van Gogh, David Bisbal, Alejandro Sanz, Maná o Amaral. Despachó 40.000 copias y protagonizó una de las giras más multitudinarias del año. Todo ello gracias a un boca-oreja que, por aquel entonces, se basaba en politonos, Messenger y Tuenti. Incluso se convirtió en el himno extraoficial de la selección española de fútbol en el Mundial de Alemania.

«Fue un premio del destino. Dios apunta y dispara cuando quiere», sostiene el cantante, a la par que recuerda uno de sus mayores hitos: el vídeo de la canción que le dio la popularidad se coló entre los 30 más reproducidos de la historia de YouTube. «Soy de una generación donde no había guarderías ni residencias. Esa relación entre abuelos y nietos es lo que me inspira. Mis canciones representan esa cadena, por eso son tan auténticas». A pesar de ello, hubo quien le recriminó estar representando un papel. ¿Era El Koala un producto de marketing? El debate estuvo servido. «Para nada. Era pureza. Y lo sigue siendo. Lo que sucedió es que cedimos la canción a Universal para que la distribuyese a través de los smartphones. Quizá, por ello, podía parecer algo creado a propósito. Pero no. Detrás había un profesional con un directo de dos horas reventando intestinos». En ellos, la masa suele fundirse de inmediato con sonidos que toman referencias de Los Suaves, Extremoduro, Barón Rojo, Loquillo… «Cuando te llega una oportunidad así, hay que aprovecharla. Y agradecerla, claro. Sobre todo, cuando ha transcurrido tanto tiempo y te siguen guardando cariño».

¿Alguna vez ha sentido que se burlaban de usted?

Lo que la gente piense me la pela. Mi música es para el campo. Y para eso la hago. Sé perfectamente cuál es mi sitio: las verbenas. Que se rían o me comparen, me resbala. Tengo un público fiel y cariñoso. Además, en los pueblos, se aparca de maravilla y se come de lujo. ¿Qué más quiero? Soy el rey del mambo.

La enorme exposición a la que se vio sometido no fue plato de su gusto. Así como la desconexión que vivió durante meses. «Había bastante curro: entraba en la furgoneta en mayo y salía de ella en octubre. Estábamos muy cansados, pero mereció la pena. Esto es como la lluvia: hay que cogerla cuando cae», recuerda de una época en la que su arte colapsó todo. Incluso el top manta. «Los negritos se hincharon a vender mi álbum. Fui disco de platino en Kenia y Senegal», bromea. No obstante, semejante volumen de cifras no se tradujo en grandes cantidades de dinero. «El único tesoro que conseguí fue el cariño del público. Gracias a Opá, voy a poder seguir haciendo bolos el resto de mis días. Ese es el verdadero patrimonio de este trabajo. A mí no me interesa competir en Los 40 Principales o Cadena 100».

Los derechos de autor son otra de sus fuentes de ingreso. Aunque para él no son determinantes: “Yo no tengo una Macarena o un Corazón partío. Es verdad que algo llega: lo justo para mantener el huerto y comprar las cabras. Yo soy feliz con ellas. Ahí está la magia: ver cómo de una semilla se obtiene un tomate me parece fascinante. Yo no creo en el ketchup ni en la Coca-Cola».

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