Entre los argumentos utilizados por los promotores del rascacielos que se quiere construir en el dique de levante del puerto, ocupa un lugar preferente la supuesta llegada, gracias a él, de la modernidad a la ciudad. Como a continuación constataremos, se trata de un argumento falso, además de interesado y, por si fuera poco, nada original. Salvatore Settis, en su libro 'Si Venecia muere' (un texto que debería estar en la mesita de noche de cualquier urbanista que se precie), señala el habitual recurso a la modernidad como uno de los pretextos utilizados cuando se promueve un rascacielos en una ciudad histórica (¡ha ocurrido hasta en Venecia!). Settis califica esta idea de modernidad como ´pedestre' y desde luego no encuentro razones para desmentir a tan ilustre pensador.

A grandes rasgos, el significado de lo moderno contiene dos atributos prácticamente indisolubles: su existencia coetánea a una época y su carácter innovador, la condición de vanguardia, ideológica, tecnológica o social. Surge como producto de una determinada estructura productiva y social y se convierte en característico y distintivo de su correspondiente periodo histórico. Por ello, la modernidad no es algo permanente, sino cambiante, y lo que era moderno en tiempos pasados no puede ser considerado como moderno en el presente si la sociedad y sus fundamentos, valores y paradigmas han cambiado.

Es conocido que los primeros rascacielos se construyeron a finales del siglo XIX en Estados Unidos, y vivieron su época álgida, como reflejo de la pujante sociedad industrial, en los años 30 del siglo XX, cuando se construyeron una buena parte de los existentes en Nueva York, entre ellos los más conocidos. Hace, por tanto, 90 años. Son tan antiguos que se pueden considerar históricos; algunos de los primeros incluso ya han sido derribados, y muchos renovados y transformados. También fueron llegando, más puntualmente, a Europa, a países con regímenes autoritarios, como la Unión Soviética o la Italia de Mussolini.

Tras la II Guerra Mundial siguieron construyéndose rascacielos, que vivieron otra eclosión en los años 60 y 70 del siglo XX. Es decir, hace medio siglo. Aunque actualizaron su estilo arquitectónico, continuaban representando el mismo ideal de modernidad urbana de una sociedad que, básicamente, seguía siendo la misma que antes de la guerra: industrial y desarrollista. Su arquetipo lo constituían las grandes metrópolis, a las que las demás ciudades aspiraban o soñaban con alcanzar creciendo en tamaño y población.

Por el contrario, a partir de los años 80 y 90 se irán imponiendo progresivamente nuevos paradigmas, mucho más contemporáneos, como el patrimonio histórico, el medio ambiente, el paisaje o, más recientemente, la sostenibilidad y la adaptación al cambio climático. Ciudades de tamaño medio con alta calidad de vida serán ahora las tomadas como referentes. Prosigue la construcción de rascacielos, con diseños y materiales actualizados, pero ya no representan la modernidad en la ciudad, de la misma forma que siguen fabricándose automóviles, pero la modernidad en la movilidad urbana, en nuestros tiempos, no reside en ellos, sino en lo contrario, en restringir su uso. La mayoría de los rascacielos contemporáneos se concentran en los países de Asia Oriental o del Golfo Pérsico, copiando, de forma trasnochada, una modernidad urbana concebida en otra época y en otro lugar. La inmensa mayoría de ellos son, además, anodinos; si acaso, unos cuantos son innovadores, pero sólo constructivamente, con unos alardes técnicos que responden a una cierta cultura de la ostentación y el record: increíbles alturas (mejor no dar ideas en Málaga), o formas llamativas, a veces de dudoso gusto (mejor seguir sin dar ideas). Mientras tanto, en Nueva York también siguen construyéndose algunos rascacielos, pero la modernidad urbana allí la ejemplifican, en nuestros tiempos, actuaciones como la High Line, un parque elevado que aprovecha un antiguo trazado ferroviario y que ha transformado esa degradada parte de la ciudad.

Tampoco pueden considerarse, ya en pleno siglo XXI, a las denominadas cities financieras y sus rascacielos como muestras de la modernidad. Los Central Business District (CBD), también denominados ´downtowns', son igualmente un producto del siglo XX (aunque su origen se remonta al XIX), ligado a la sociedad industrial y a la presión de las empresas por situarse en los centros urbanos. Se localizaron sobre todo en EEUU y otros países anglosajones, en la inmensa mayoría de los casos sobre ciudades, en líneas generales, nuevas. En cambio, en las ciudades históricas europeas no se difundió apenas este fenómeno, con la excepción de Londres, que erigió su conocida ´city ´sobre las ruinas que dejo la II Guerra Mundial en la ciudad histórica. París, por ejemplo, decidió crear su propio barrio financiero, pero cuidando que estuviera alejado de la ciudad (La Defense). Por supuesto, también se siguen creando ´cities' en la actualidad, sobre todo en China, pero ya no es un fenómeno urbano moderno, sino copias de un modelo desfasado. A veces, este deseo de emular a las ciudades anglosajonas termina alcanzando también a las ciudades históricas, en una evidente manifestación de provincianismo. Settis hace mención a la disparatada idea, felizmente abandonada, de rodear el centro de Roma (sí, Roma) de un cinturón de rascacielos (en palabras de Settis, una corona de espinas). No deberíamos sonreir: ese proyecto es de hace pocos años y estuvo abanderado por el propio alcalde de la capital italiana.

La construcción de rascacielos y su proliferación obedece a diferentes causas. Dejando de lado las derivadas de la densidad de población, circunstancia ajena a nuestro entorno desde hace décadas, los rascacielos más selectos o mejor emplazados, los ampulosamente denominados ´emblemáticos', surgen (al margen del afán de ciertos arquitectos y políticos por dejar su huella) como producto de la presión especulativa sobre el suelo y la consiguiente aspiración de los promotores por aumentar sus beneficios. Su demanda obedece a la connotación de privilegio, de estatus, que alcanza el que puede residir en estos edificios (mejor, en plantas elevadas) y, sobre todo, las empresas que tienen su sede en ellos. De ahí su concentración en los distritos financieros. Pero esto último también está cambiando, al menos en las empresas que representan actualmente la modernidad, las tecnológicas. Gigantes como Microsoft, Google, Intel, Apple, Facebook, Oracle, Tesla, etc., no han elegido rascacielos para sus sedes (y no será por falta de fondos), sino otro tipo de edificios, más sostenibles, integrados, de escala más humana y, al mismo tiempo, innovadores arquitectónicamente. Más modernos, en definitiva. A grandes rasgos, en China hay miles de rascacielos; en Silicon Valley, apenas. ¿Cuál es el modelo al que nos gustaría parecernos en Málaga?

Málaga es una ciudad que ya cuenta con una trayectoria no precisamente edificante (valga la expresión) en lo que a protección de su patrimonio y defensa de su identidad se refiere. Posiblemente, el ejemplo más emblemático sea nuestro protorascacielos particular, el Hotel Málaga Palacio, inaugurado en 1966, hace por tanto más de 50 años. Es ya antiguo, pero el proceso y los argumentos manejados en su época son prácticamente idénticos a los utilizados actualmente para justificar el mamotreto portuario. Si leen el reportaje que le dedicó la prensa local en su inauguración (septiembre de 1966), podrán comprobar que no hay nada nuevo bajo el sol. De su lectura afloran diversas coincidencias con el actual proyecto de rascacielos, además del entusiasta apoyo mediático. Al igual que hoy, hay una constante insistencia en describir despectivamente el estado del solar (´ruinas' ´lamentable estado'), en enaltecer los supuestos logros técnicos del edificio, en resaltar el lujo de sus dependencias, o en lamentar los constantes obstáculos (se entiende que administrativos) que habían eternizado su construcción. En definitiva, se presenta igualmente como muestra de la ´Málaga moderna'. Por supuesto, no encontramos crítica alguna; de su cercanía (más bien acoso) a la Catedral, ni una palabra. Tampoco del paisaje, algo que quizá se podría entender en esa época, no desde luego en la nuestra. Bueno, del paisaje desde fuera, ya que entonces, como ahora, se insistía en resaltar las vistas sobre su entorno: ´vistas maravillosas', ´un vuelo sobre la bahía de Málaga'. ¿Les suena?

Málaga es una ciudad histórica, con cerca de 3.000 años de antigüedad. Esto, que supone al mismo tiempo un orgullo para muchos y un incordio para algunos, debería implicar un extremo cuidado a la hora de intervenir en ella y la preservación del emplazamiento único sobre el que se asienta desde hace milenios, defendiendo su identidad. Un rascacielos no representa la modernidad urbana, tampoco en Málaga, y menos, por su ubicación, el del puerto. Si se apuesta por ellos, no se deberían utilizar pretextos, sino argumentos, y estos son inexistentes cuando se pretenden erigir en lugares clamorosamente inadecuados. No hay modernidad urbana en un rascacielos, y menos aún en el del puerto, sino una tradición añeja: la de generar un objeto de especulación para obtener pingües beneficios. Y esto es muy antiguo.

* Matías Mérida Rodríguez es profesor titular de Análisis Geográfico Regional de la Universidad de Málaga