En ‘Las joyas de la Castafiore’, uno de los mejores álbumes de Tintín, el capitán Haddock se mesa las barbas de desesperación ante la rotura de un trozo de mármol de la escalera principal de su Castillo de Moulinsart. Los intentos porque acuda el marmolista para arreglar el entuerto se prolongan durante todo el tebeo y terminan con el cabreado compañero de aventuras de Tintín en una silla de ruedas, por una temporada.

La divertida trama de este álbum, uno de los últimos del gran Hergé, resurge de la bruma cada vez que el autor de estas líneas pasea por el entorno del decrépito Cuartel de Capuchinos.

Como habrá observado todo malagueño bienintencionado que quiera usar la escalinata de acceso al cuartel y la plaza de Capuchinos -la que se encuentra en la calle Empecinado- tiene que andarse con mil ojos y vigilar el suelo, no vaya a dejarse en el ascenso o en la bajada alguna pieza dental.

La escalera centenaria cuenta con pronunciadas mellas, roturas en la piedra que convierten su uso en un peligro para cualquiera. Cierto es que para evitar más despeñamientos de la cuenta se instaló en la mitad una recia barandilla, pero los riesgos de caerse con todo el equipo siguen muy presentes, de ahí que la escalera del Cuartel se haya convertido en un clásico en esta sección.

En cualquier caso, el por qué no se repara esta pieza verdaderamente histórica es un enigma.

Si recuerdan al comienzo de este siglo el rodaje en la plaza del Obispo de la (mediocre) película ‘El puente de San Luis Rey’, basada en una novela que es todo un canto a la leyenda negra española, caerán en la cuenta -nunca mejor dicho- de que en la escena en la que Robert de Niro asciende las escaleras de la Catedral de Málaga, en el papel de arzobispo de Lima, el actor no se pega ningún costalazo ni dentro ni fuera del guión.

La causa es la discreta labor de los marmolistas malagueños desde que se levantó la escalinata, que sin duda habrá tenido sus más y sus menos, pues se aprecian en ella algunas roturas, sólo que sabiamente reparadas.

Es un misterio por qué no se hace lo mismo en la escalera que comunica con el antiguo convento y la plaza de Capuchinos. Preservar una escalera antigua es inteligente, mantenerla llena de roturas en pleno uso es una imprudencia que, indefectiblemente, sólo causará problemas de salud y alguna denuncia que habrá que pagar con el dinero de todos. Hagan como el capitán Haddock y llamen al marmolista (o al cantero).