Como muchos saben, tanto María Zambrano como su hermana Araceli fueron unas forofas de los gatos. La filósofa de Vélez admitió que ella y su hermana llegaron a tener 24 en la ciudad de Roma, donde se encontraban exiliadas, aparte de los que alimentaban por las calles sin que engrosaran la ‘camada’ del piso.

El Arca de Noé gatuna en que se convirtió su vivienda llegó a los oídos de un político poco afín a la pensadora malagueña y, por sus aviesas gestiones, las hermanas recibieron la orden de abandonar Roma en el verano del 64, expulsión que frenó un ministro, aunque al mes siguiente las Zambrano prefirieron hacer mutis por el Foro. En esa ocasión, parece que abandonaron la capital italiana con ‘sólo’ 13 mininos a su cargo, instalados en cómodas jaulas, rumbo a la más permisiva Suiza.

Los gatos romanos oteados, alimentados y adoptados por la famosa filósofa y su hermana, con toda seguridad que se repantigaron en egregios restos de capiteles, tomaron el sol en resecos acueductos y aprovecharon para restregarse felices contra los mármoles de templos ruinosos de deidades ya olvidadas.

Por eso mismo, de vivir en la agitada y pandémica Málaga de nuestros días, María y Araceli Zambrano habrían sonreído felices al contemplar la romana estampa que malagueños y visitantes pudieron encontrar el pasado miércoles por la tarde en la calle Alcazabilla, mientras España se jugaba su destino futbolero frente a Eslovaquia.

Porque los curiosos que se asomaban a la pirámide ‘transparente’ que hay delante del Teatro Romano -versión jibarizada y sureña de la del Louvre- podían localizar entre las piletas romanas del siglo IV después de Cristo -empleadas originalmente para hacer el gárum, la salsa de vísceras de pescado-, a un gato atigrado bastante hermoso y bien alimentado, por completo ajeno a la importancia arqueológica del enclave, a los turistas curiosos y a la primera fase de la Eurocopa.

El animalito había tomado la sabia decisión de resguardarse del calino en un rincón tan fresco y milenario, así que es muy probable que también se conozca al dedillo tanto las piedras del vecino Teatro Romano como las que se levantan un poco más arriba y conforman la Alcazaba.

No es un gato romano pero sí está, de sobra, romanizado. Por lo demás, de vez en cuando despierta de su letargo cargado de siglos para maullar en honor de María y Araceli Zambrano, presencias etéreas en este rincón felino de Málaga a las que sólo él, por su sabia condición de gato, reconoce y venera.