No pocos científicos advierten sobre los riesgos del inicio del curso escolar. Ahora solo el 39,4% de los jóvenes mayores de 12 años tienen la pauta completa, y los menores de esa edad no serán vacunados. Además, está la variante delta. El químico, profesor y técnico en prevención de riesgos Javier Pérez Soriano pone a disposición del profesorado un documento de apoyo al profesorado con medidas para evitar contagios.

¿Se puede calificar de éxito la gestión de la pandemia en la educación el pasado curso educativo?

Si el objetivo era que para que se pudiera conciliar no se cerraran los centros educativos –como han hecho otros países de nuestro entorno cuando había índices de incidencia disparados–, sí ha sido un éxito, porque somos de los pocos países que no han cerrado. Pero si miramos los más de 450.000 contagios en colegios e institutos del curso pasado o los más de 7.000 brotes durante el año y que han supuesto que tres o más alumnos se hayan contagiado en la misma clase al mismo tiempo, lo que supone que haya habido transmisión en el interior del centro en al menos uno de cada cuatro centros educativos, lo que demuestra es que los centros no han sido tan seguros como se nos ha querido vender. No cerrar en febrero como hicieron otros países supuso unos 75.000 contagios en ese mes. ¿Eso es un éxito? Pues depende del punto desde donde lo mires. Si el objetivo es conseguirlo a cualquier precio...

Pedro Sánchez ha dicho que el nuevo curso se inicia «con la normalidad casi restablecida».

No sé a qué se refiere. Sabemos desde hace meses que el 70% de vacunación no garantizaba para nada la inmunidad de grupo. Una cuestión es lo que deseamos que sea, y otra la que es. Este curso nos enfrentamos todavía a muchas más preguntas que certezas tenemos, a las que habría que sumar que nos hemos acostumbrado a convivir con el virus, la fatiga pandémica y que venimos de una etapa de mucha mayor socialización que el año pasado. Que empezamos mejor que el curso pasado donde el 100% de la población estaba sin vacunar, está claro, pero parece que se ha apostado todo a la vacuna sin adoptar otras medidas fundamentales para la protección de las personas. Sabemos que un vacunado puede contagiar y contagiarse. La vacuna evita la severidad y la mortalidad del virus –que es un logro muy importante– pero no corta la transmisión. En un centro educativo quedan muchos interrogantes. ¿Cuánto dura la respuesta inmunitaria en vacunados? ¿Cuántas personas de la comunidad educativa están realmente vacunadas? ¿Qué va a pasar con los no vacunados? La vacuna ha convertido en asintomáticos a muchas personas vacunadas, a lo que habría que sumar los asintomáticos habituales (jóvenes). Este curso vamos a convivir con más personas a las que va a ser difícil detectar, y a eso habría que sumar la variante delta.

¿Las administraciones están ignorando la variante delta?

Desde mi punto de vista sí. Una vez que ya hay abundante evidencia científica de la transmisión por aerosoles –reconocida además por el propio Ministerio y la OMS–no se entiende por qué no se actúa con contundencia sobre la principal vía de contagio, que es la transmisión aérea. La variante delta complica mucho más el panorama al ser todavía mucho más transmisiva que la original –entre un 40% y un 60% más–, y con cargas virales mucho mayores tanto en vacunados como no vacunados. Con esta variante ya no estamos hablando de decidir si una persona es contacto estrecho o no al estar 15 minutos con otra infectada. No actuar sobre la calidad del aire interior me parece una temeridad, sobre todo ahora que con la vuelta al cole vamos a empezar a convivir en espacios cerrados muchas personas, durante mucho tiempo, con mascarillas de dudosa calidad y en espacios mal ventilados. Retirar medidas de protección que se utilizaban en el curso pasado me parece peligroso.

¿Ha habido transparencia en los datos de contagios y brotes?

Rotundamente no, no ha habido transparencia en la práctica totalidad de las comunidades. Solo Cataluña y Extremadura han ofrecido datos de manera semanal y datos acumulados a lo largo del curso. Galicia, por ejemplo, ha ido ofreciendo datos semanales, pero desaparecían tras cada semana y no se iban acumulando a lo largo del curso. Del resto de comunidades, ausencia total de datos, lo que permite construir la realidad que a la administración le interesa. Un ejemplo curioso es el de los brotes. Desde principio de curso se ha ido actualizando de manera semanal el número de brotes en centros educativos, los casos por brotes y los brotes y casos acumulados a lo largo del curso. En febrero, cuando los brotes semanales en centros educativos pasan de ser 175 a 400, desaparecen de repente los datos de contagios por cada brote y los casos acumulados.

¿Qué capas de protección se utilizarán en los colegios?

De las diez capas del modelo del queso suizo que deberían existir en los centros educativos para hacer frente al SARS-CoV-2 con unas ciertas garantías, solo vamos a tener garantizadas en cierta medida dos de ellas, la higiene –en lo que se ha denominado el teatro de la higiene con cientos de litros de gel hidroalcohólico almacenados– y las cuarentenas –a pesar de la tremenda infradetección que hay–. Pero capas fundamentales como mascarillas, distancia física, limitación de tiempos en espacios cerrados, ventilación o uso de purificadores con filtros HEPA ni hablamos. Reducir la distancia de seguridad –en muchos centros ya no la había el curso pasado– para conseguir las ratios prepandemia no tiene sentido con la variante delta. De la ventilación qué decir... Abrir las ventanas entre clase y clase durante cinco o diez minutos lo único que hace es que los niveles de CO2 se disparen hasta valores que pueden multiplicar por 3 o por 4 la probabilidad de contagio.

¿El de las mascarillas es un aspecto manifiestamente mejorable?

Claro. En esta pandemia se ha hecho muy poca pedagogía sobre muchas cuestiones, pero una de las más importantes debería haber sido el correcto uso y el tipo de mascarilla que hay que utilizar en espacios cerrados como son las aulas, ya que no todas protegen igual. En los centros educativos vemos mascarillas de dudosa calidad, de tela, sin filtro, o higiénicas o quirúrgicas que de acuerdo a lo que indica Sanidad no nos protegen si no se puede guardar la distancia de seguridad –algo imposible en un aula–. A la gente se le tiene que explicar con claridad que con la mascarilla limitamos la propagación de ciertas enfermedades respiratorias como la Covid. Pero para eso hace falta una buena mascarilla que no solamente bloquee la emisión de gotas y aerosoles infectados al exterior, sino que además es importante que filtren el aire inhalado evitando la entrada de partículas o aerosoles contaminados, y eso solo lo hacen las FFP2 o FFP3. Igual de importante es no exceder su tiempo de uso y debe estar bien ajustada.

Si estuviera en su mano implementar una sola medida de protección, ¿cuál sería?

Me quedo con el medidor de CO2 de tecnología NDIR claramente, porque con esa medida que cuesta dinero, podemos aprovechar mejor una medida totalmente gratuita pero fundamental como es la ventilación cruzada, continua, distribuida y medida.

¿Es partidario de utilizar test de antígenos en el ámbito educativo?

Totalmente. Si ha habido un ámbito donde se ha sufrido una infradetección enorme, es en el educativo.