La pandemia ha hecho que la salud se consolide a la fuerza como una asignatura en todos los centros educativos pero hace 40 años la realidad era muy distinta. Cuando Manolo Gutiérrez Casermeiro se adentró en la medicina escolar, ni en colegios ni institutos había nada que se pareciera a una bata blanca o a un fonendoscopio. Pero este antiguo alumno de Maristas con vocación de médico de pueblo se empeñó en ser el médico de su colegio. Y lo consiguió. Tras cuarenta intensos años, Manolo deja las aulas y su consulta junto al patio aunque será imposible que se desvincule del todo del centro.

Alumnos y profesores rindieron homenaje a su médico en su último día en activo. | L.O.

Tras la emotiva despedida que le dedicó toda la comunidad de Maristas-Nuestra Señora de La Victoria la semana pasada, Manolo Gutiérrez recuerda desde sus inicios en el colegio con sólo 6 años, hasta su satisfactorio trabajo en la educación para la salud y los incontables golpes y contusiones que ha curado en estos años a base del famoso Reflex. Tantos que así le han llamado los alumnos durante generaciones: «el reflex». Un mote cariñoso del que se siente hasta orgulloso.

Su primer recuerdo en el colegio lo tiene grabado. Con 6 años cruzó por primera vez la puerta del colegio de la calle Victoria de mano de su padre, que lo encomendó al hermano Casimiro. No había hecho la matrícula y no había sitio físico ese curso pero el padre de Manolo tenía claro que su hijo se quedaba allí. «No te preocupes. Me voy a la ferretería y le compro un pupitre pero el niño se queda en el colegio», le dijo al hermano Marista.

«Mi padre fue antiguo alumno, mis dos hijos han estudiado en el centro y ahora están mis nietos. Cuatro generaciones... Es muy difícil que yo me desvincule de una manera brusca del colegio», admite Manolo que, además de responsable del Servicio de Medicina e Higiene Escolar, ha sido profesor de Biología y Anatomía Aplicada, tutor de Bachillerato, ha formado parte del equipo directivo, ha sido coordinador de Calidad y de Solidaridad, médico del Club Deportivo...

Despedida a Manolo Gutiérrez Casermeiro como médico del colegio Maristas de Málaga

Todo empezó cuando por una «cabezonada» suya estudió Medicina, primero en el Hospital Civil hasta que se inundó y luego en la primera promoción de la facultad en la Colonia Santa Inés. Al terminar, en el 82, realizó su trabajo de fin de carrera sobre la medicina escolar y se plantó en el despacho del entonces superior del colegio de Maristas, el hermano Ángel, y le dijo: «¿Vosotros tenéis médico? Pues ya lo tenéis. Necesito una habitación y ya hablaremos de dinero o de contrato más tarde».

Y así empezó, en el mismo espacio al que dijo adiós hace unos días. La habitación que entonces usaban los árbitros para cambiarse antes de los partidos de fútbol que se jugaban en el centro. Entre esas cuatro paredes, Manolo Gutiérrez desarrolló su proyecto de medicina escolar basado en tres pilares: el asistencial, los reconocimientos médicos y la educación para la salud y sin duda es este último el que le ha dado más satisfacciones.

Desde enseñar a los más pequeños la importancia de la higiene, hasta los trastornos de la alimentación y, por supuesto, la educación sexual. No ha habido asunto que Manolo no haya tocado. «Ningún director me ha cortado ningún tema. He llegado a tener aquí a pacientes drogodependientes de la cárcel en grado tres para explicar a los chavales las consecuencias de consumir drogas», relata.

En este ámbito de su trabajo destaca también lo «peliagudo» de impartir educación sexual en un colegio religioso hace 25 años. «He tenido alguna pequeña diferencia con la comunidad porque siempre llevaba en mi bata un pene de plástico y un preservativo. Les explicaba lo que había para el control de las enfermedades de transmisión sexual. Además, me pilló el boom del sida y tuve que explicarles a los compañeros, a los alumnos el tema del sida, de la homosexualidad...», recuerda.

Además de los conocimientos, Manolo destaca la importancia de la confianza y la proximidad para llegar tanto a sus pacientes como a sus alumnos. Y lo ejemplifica con el caso de un grupo de antiguas alumnas que lo llamaron para advertirle de que una compañera estaba dejando de comer. «Estamos empezando a notar los síntomas que nos contaste en clase», le dijeron recordando sus charlas sobre los trastornos de la alimentación.

Y seguro que sus alumnos tampoco olvidan su famosa charla antes de la noche de San Juan sobre los comas etílicos.

La pandemia ha hecho que se reclame la implantación real de la figura de la enfermera escolar, pero Manolo cree que habría que ir más allá, por ejemplo con equipos multidisciplinares de medicina escolar que atendieran a varios centros.

Una opinión que argumenta destacando las 1.500 personas aproximadamente que conforman la comunidad de Maristas y las numerosas asistencias que él ha tenido que prestar en estas cuatro décadas como infartos de profesores, comas diabéticos o accidentes oculares como cuando un niño se rompió la córnea con una flauta.

En los dos últimos cursos, su labor también ha sido la de coordinador Covid junto al director del Nuestra Señora de la Victoria, Federico Fernández Basurte. Al contrario de lo que podría pensarse, no se lleva un mal recuerdo, sino «la impresión de haber podido ser útil. Elaborar los protocolos, asesorar al equipo directivo... He podido colaborar con mi centro y he aprendido un montón», asegura.

Manolo se jubila de las aulas pero seguirá en su pequeña consulta de Carlos Haya, con pacientes «de toda la vida» que tienen su teléfono personal. Y también continuará colaborando con Maristas en todo lo que pueda. A sus alumnos y compañeros les pide sólo que le recuerden como «Manolo, el médico. Ni don Manuel ni doctor Gutiérrez. Como una buena persona, alguien que fue honrado y coherente con mi trabajo en el colegio».