Como saben, ejercer de político en España no es un huevo que se echa a freir. Para alcanzar tan ansiada meta que da derecho a sueldos por encima de la media y una -si todo marcha bien- ininterrumpida sucesión de cargos hasta la jubilación, los partidos realizan un durísimo proceso de selección.

De esta forma, en el aspirante se valoran el conocimiento de Ciencias Políticas, Historia de España, Economía, inglés, lenguas clásicas, Derecho Administrativo, así como expresión oral y escrita.

Y eso, sin olvidar el estricto baremo que otorga puntos según los años de experiencia profesional en la empresa privada o el grado de dificultad de las oposiciones obtenidas en la administración pública.

Por eso mismo, porque en la política española no entra cualquiera, es un misterio cómo hace doce años tantos responsables de la Junta de Andalucía, el Ayuntamiento y el Ministerio de Cultura dieron el visto bueno a una pesada costra sobre el techo de la Catedral, con la ilusa idea de que acabaría con las goteras y los consecuentes desprendimientos.

En realidad esta solución técnica se realizó en contra del criterio del maestro de obras de la Catedral de Málaga, Fernando Ramos, la persona que mejor conocía el templo mayor; también se hizo en contra de lo recomendado en 2003 por la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo y por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que en 2004 ya recomendó, tras inspeccionar las bóvedas, un modelo de cubierta que presentó el académico Antonio Fernández de Alba.

Por desgracia, nuestros selectos políticos hicieron oídos sordos a todos estos especialistas. Las consecuencias de su brumoso conocimiento de la materia lo han padecido tanto el erario público como la castigada Catedral de Málaga, que sigue con los problemas de siempre, agravados por este peso extra, que no tuvo en cuenta algo que se imparte a los alumnos de Primaria: la dilatación de los materiales.

Las cartas están sobre la mesa, en realidad llevan sobre el tapete de Málaga desde hace casi 260 años, cuando un tal Ventura Rodríguez, creador de fruslerías como la fuente de la Cibeles o el Palacio de Liria, diseñó una cubierta a dos aguas para nuestra Catedral.

La actual Junta de Andalucía tiene la ocasión de enmendar la metedura de pata de los ‘selectos’ del partido anterior en el poder. En juego está que podamos disfrutar del Templo Mayor de Málaga los próximos siglos, sin que en el interior caiga el pedrusco.

Ánimo y al toro,de una vez.