Hace varias semanas vi en televisión un interesante programa en el cual un buceador relataba las experiencias vividas en algunos embalses de varias zonas de España. Cada embalse o pantano que se construye conlleva unas situaciones penosas porque la puesta en uso o inicio del funcionamiento del proyecto obliga a familias enteras a abandonar su residencia de toda la vida. Inexorablemente, bien de forma pacífica o forzada, a más corto o largo plazo, tienen que dejarlo todo, desde sus casas bien o mal dotadas, hasta los lugares de ocio, de reunión, e incluso donde están enterrados sus padres, abuelos, hijos… porque las aguas llegaran un día a cubrirlo todo hasta su desaparición total bajo las mismas.

En épocas de sequía, al descender el nivel de las aguas embalsadas, de algunos de los muchos embalses que hay en España salen a la superficie construcciones que han resistido el paso de los años.

Normalmente las primeras apariciones son las torres de la iglesia. En el programa que comento se recogen imágenes de pantanos de diversas provincias castellanas. Son estampas impactantes porque cada imagen es testimonio de una muerte implacable.

Vi el reportaje completo y me trajo a la memoria algo que viví como periodista hace años. Por cierto, fui el único periodista que estuvo para contarlo.

Pago de expropiaciones

Durante casi los cincuenta años de profesión siempre que pude me trasladé al lugar de la noticia. En los periódicos y radios se reciben notas, informaciones, documentos… emanados de organismos oficiales (Delegación del Gobierno de la nación, de la comunidad autónoma, ayuntamiento…), empresas privadas (eléctricas, urbanísticas…), colegios profesionales, sindicatos…, información que facilita el trabajo en las redacciones de los medios informativos que, por lo general, no pueden acudir todos los días a todas las partes. Dentro de mis limitaciones de tiempo y lugar siempre que he podido he acudido a las fuentes informativas, y casi siempre, en el mismo instante en que se producía la noticia o se iba a producir.

Precisamente ese interés por estar en el lugar de la noticia, un día del año 1972 me presenté en el pueblo malagueño de Peñarrubia, afectado por las obras de construcción de la presa sobre el río Guadalteba. La puesta en carga del embalse estaba sujeta al abandono de los casi dos mil habitantes que tenía la localidad entonces. El número exacto era de 1.832 habitantes.

Me enteré por un edicto o una nota publicada en el Boletín de la Provincia que aquel día de 1972 en el Ayuntamiento, a las 12 horas, se procedería al pago de las indemnizaciones a los afectados, o sea, a los que tenían que abandonar sus viviendas y ausentarse para siempre porque las aguas de río Guadalteba iban a inundar parte del término municipal. La parte más afectada correspondía precisamente a la zona donde estaba ubicado el pueblo

Me subí al Seat 850 que tenía entonces y puse rumbo a Peñarrubia, pueblo en el que no había estado nunca. Llegué con tiempo suficiente para estar presente en el comienzo del pago de las indemnizaciones. Alrededor del edificio municipal había congregados vecinos en espera de ser llamados.

La estampa no era nada agradable porque aquellos hombres y mujeres en breve plazo tenían que marcharse ¡para siempre! del lugar en el que habían nacido, criado, hecho adultos, trabajado, casado, nacidos sus hijos, enterrados sus familiares, jugado al dominó, tomar copas, asistir a los actos del día de la patrona, discutido con los patronos los salarios, sangrientos sucesos de la guerra civil con muertos de uno y otro bando, días de risa y tristeza… Sus vidas iban a cambiar por causas ajenas a sus deseos. Algunos comprendían, o no, la mejora que se iba a producir en la comarca o en la provincia de Málaga con la construcción de un pantano con capacidad cercana a los 280 hectómetros cúbicos de agua.

Ninguno quiso ser entrevistado. La pena y la rabia se lo impedían. Hablar ¿para qué? No había nada que hacer. Sí supe que la Guardia Civil estaba visitando casa por casa instando a los vecinos a abandonar sus hogares y lo poco o mucho de sus pertenencias.

Antes de iniciarse el pago de las indemnizaciones, reconocí a la persona encargada del trámite. No recuerdo si era funcionaria de Hacienda, de la Confederación Hidrográfica del Sur de España u otro organismo oficial. Se trataba de Carmen Domínguez, abogada de profesión, que al verme se extrañó de mi presencia. No esperaba que alguien ajeno al acto acudiera a la cita, y menos un periodista. Le aclaré que mi presencia era para informar de un hecho noticiable…, porque se estaba produciendo la muerte de un pueblo y del drama que representaba para muchos su desaparición. Asintió. Posiblemente no previó que un periodista acudiera al acto.

Ahora que rememoro aquel triste momento de la desaparición de un pueblo de la provincia de Málaga, recuerdo que nuestra provincia tenía exactamente cien ayuntamientos; se iba a producir una baja. Ahora, en 2021, los municipios de Málaga se elevan a 103, porque antiguas barriadas o aldeas, al crecer en número de residentes, lograron independizarse, como Villanueva de la Concepción, Montecorto, Serrato

El destino de los desahuciados fue vario; gran parte eligió uno de los poblados construidos por el Instituto Nacional de Colonización. El lugar elegido fue Santa Rosalía, en el término municipal de Málaga, cerca de Campanillas. Otros peñarrubianos emigraron a Cataluña, otros se acomodaron en algunos pueblos de la zona, como Campillos, Ardales…, sin olvidar los poblados como Villafranco del Guadalhorce en el término de Alhaurín el Grande, ampliación de Cártama, Zalea (término de Pizarra)… Esta parte de la historia no la conozco bien aunque sí sé que la mayoría optó por Santa Rosalía, y hoy, medio siglo después del abandono total que se materializó en 1972, los supervivientes y sus descendientes no olvidan sus ancestros y cada no sé qué, ni con qué periodicidad acuden en romería con una imagen de la patrona del desaparecido pueblo al pantano que cambió sus vidas.

Lo que recuerdo de aquel aciago día para dos mil personas y decisivo para mejorar el abastecimiento de agua a Málaga capital (principal objeto de la magna obra de la construcción de dos presas gemelas sobre los ríos Guadalteba y Guadalhorce) fue lo que me comentó un labrador de la zona. El problema de la casi totalidad de los que tenían que empezar una vida estaba en que solo conocían los cultivos de secano de su tierra (olivar y trigo) e ignoraban los cultivos de regadío. Tenían que hacer un gran esfuerzo para superar el cambio.

Vecinos del desaparecido pueblo de Peñarrubia, en una foto de archivo.

Lenta desaparición

Pocos días después del pago de las expropiaciones y de publicar en los medios en los que prestaba mis servicios profesionales dos o tres crónicas, Peñarrubia dejó de ser noticia para un periodista que cada día tiene que atender lo que sucede en el entorno en el que se desenvuelve, y si no hay nada que tenga interés para los lectores y oyentes de la radio buscar nuevos temas que despierten el interés de los demás.

Las obras de construcción se iniciaron en 1966 y finalizaron en 1971. El abandono total se produjo en 1972.

El término municipal de Peñarrubia tenía 35,84 kilómetros cuadrados y los no afectados por la presa fueron incorporados a Campillos.

Varios años después, y por razones que no vienen al caso, tuve que desplazarme a Ronda. Por consejo de alguien, en lugar de utilizar el itinerario más usual –Málaga, San Pedro de Alcántara, Ronda- elegí el de Campillos, El Burgo, Cuevas del Becerro… No me acordé que en ese itinerario estaba el paso por la cercanía de Peñarrubia, pueblo de una noticia años atrás.

Cuando llegué a la zona de referencia, detuve el coche a echar una mirada al embalse que estaba en fase de llenado. Todavía las aguas no habían cubierto el pueblo. Había zonas en las que se advertía su presencia, pero no de forma general. En mi ojeada recordando el día en que el pueblo murió descubrí algo que me llamó la atención: una enorme plancha de cemento cubría una zona del pueblo. No supe interpretar lo que estaba viendo. Sin encontrar respuesta, seguí el viaje a Ronda.

Al día siguiente fui en busca la respuesta. Una noticia a la vista.

Fui adonde creí que estaba la respuesta: a la Confederación Hidrográfica del Sur de España, sita en el Palacio de la Tinta. Conocía a varios de los ingenieros y técnicos que trabajaban en el centro y fue fácil llegar a uno de ellos al que le pregunté por el origen de la inmensa plancha de cemento y el por qué.

La respuesta era simple…, aunque la decisión de construirla en un terreno llamado a ser inundado y con pocas posibilidades de que saliera otra vez a la luz, tenía un matiz especial no exento de respeto hacia los desahuciados: la placa o plancha de cemento cubría totalmente lo que fue cementerio de Peñarrubia. Los restos de cientos o miles de habitantes que murieron y fueron enterrados en el cementerio quedaban a salvo de ser exhumados por efecto de las aguas. Esta aclaración mereció por mi parte una breve nota en los informativos en los que intervenía.

La última vez que pasé por la carretera que bordea el embalse del Guadalteba ya no vi rastro alguno de vida.