Hay dos expresiones o frases de tres palabras cada una que solo recordarlas me llenan de tristeza, de pena. Personas de mi edad las van a recordar cuando las reproduzca en este negro capítulo de las Memorias de Málaga. Forman parte de nuestra historia. Felizmente se han superado. Las más pesarosas son ‘papel de pobre’ y ‘entierro de caridad’.

Lo de ‘entierro de caridad’ se entiende sin más rodeos. En una época de pobreza absoluta, no sé quién (Ayuntamiento, Diputación, el Gobierno Civil, la Beneficencia…) se hacía cargo de los cuerpos de los fallecidos para trasladarlos habitualmente al cementerio de San Rafael para su inhumación en las llamadas ‘fosas comunes’, donde de forma indiscriminada eran quizás arrojados los cuerpos sin la menor delicadeza.

El traslado desde la casa mortuoria –a veces una chabola- al cementerio se llevaba a cabo en lo que se denominaba ‘Entierro de Caridad’. Un entierro suponía un gasto que muchas familias no podían afrontar.

Ante la imperiosa necesidad de atender los casos que se daban, en la década de los cuarenta del siglo pasado la Administración del Estado, de la Provincia o del Municipio tenían que actuar sin dilación. En las fosas comunes de San Rafael yacen restos de pobres que no tenían ni para hacer frente a una muerte y sepultura que fueran dignas.

Los llamados entierros de caridad forman parte de la historia de Málaga que yo viví y recuerdo para que los malagueños de hoy sepan algo de un pasado no muy lejano.

Papel de pobre

Físicamente no llegué a tener en mis manos un ‘papel de pobre’, un documento expedido no sé si por la Diputación Provincial o algún organismo relacionado con la beneficencia. Cito a la Diputación porque los poseedores del ‘papel’ eran atendidos en el Hospital Civil San Juan de Dios, hoy adscrito a la Seguridad Social.

Los desheredados de la fortuna, los pobres de solemnidad, las familias que vivían con salarios o jornales ridículos…, cuando precisaban de asistencia médica, con el papel de pobre eran atendidas en el Hospital Civil por los mejores médicos de Málaga que, en el mencionado centro, habían hecho sus prácticas.

Los médicos de medicina general, cirujanos, oftalmólogos, traumatólogos… que tenían consulta privada, como médicos de la beneficencia provincial atendían con los medios disponibles a los que demandaban ayuda médica. Supongo que el ingreso en el cuadro de médicos de la Beneficencia Provincial se llevaría a cabo mediante oposiciones al respecto.

Recuerdo haber visto tarjetas de médicos en la que se expresaba su condición de Médico de la Beneficencia Provincial. Hasta no hace muchos años, en la Diputación existía entre los diputados el cargo de Visitador, cuya misión era velar por el funcionamiento del Hospital Civil. Era un puesto que se reservaba a alguna persona de prestigio. Si no me equivoco, los últimos visitadores no eran diputados sino funcionarios destinado a este servicio dada la complejidad del cargo.

No quiero detenerme en lo que no es el eje de trabajo de hoy. Lo de ‘papel de pobre’ es denigrante o lo fue en su tiempo. Respondía a una necesidad, a un servicio que la sociedad reclamaba, que el Estado tenía la obligación de atender…, pero encima tenían que exhibir el denigrante papel de pobre.

El ropero parroquial

El ropero parroquial era un servicio que se prestaba a los necesitados pero sin los tintes negros de los dos casos anteriores. Quizá exista todavía en algunas parroquias de Málaga.

Lo que atendía esta rama de la ayuda a los necesitados era algo tan natural como necesario: facilitar ropa a los que carecían de medios para adquirir prendas de vestir.

Funcionaba, y quizá siga existiendo, gracias a la colaboración de la feligresía femenina que se encargaba de requerir de familias de las clases media y alta la donación o entrega de ropa usada, pero en buen estado, para poder atender la demanda de ayuda que le pedían los pobres de la parroquia (ya salió otra vez lo de pobre).

En las mismas dependencias de la casa parroquial existían roperos donde se guardaban las prendas para entregárselas a los que se acercaban a la iglesia a pedir ayuda.

Otros centros

Junto a esos tres servicios de asistencia humanitaria o social según la nueva denominación había otros que jugaron un papel muy importante en esa época que comento. Hay versiones para todos los gustos. Casi siempre se destacan los aspectos negativos y se obvian los positivos. Vende más lo malo que lo bueno.

Esos servicios o centros de asistencia tienen nombre propio y son fáciles de identificar. Son entre otros la Casa Cuna, la Gota de Leche, la Casa de la Misericordia y el Manicomio.

La Casa Cuna y la Gota de Leche tenían su sede en lo que hoy es Centro Cultural María Victoria Atencia, con entradas por las calles Parras y Ollerías. La Casa Cuna tenía como fin hacerse cargo de recién nacidos de madres solteras; la Gota de Leche, de suministrar el primer y único alimento de entonces a los bebés a través de amas de cría o nodrizas.

Era habitual que los bebés no deseados fueran depositados de forma anónima en un torno, una estampa muy de novelas del siglo XIX. El torno, colocado en la fachada de los conventos de monjas, facilitaba la decisión de desembarazarse de una criatura en la seguridad de que sería cuidada. Hoy, con todos los adelantos y organizaciones humanitarias, hay algunas individuas que, desgraciadamente, zanjan el problema arrojando al bebé vivo o muerto en un contenedor de basuras. La Casa Cuna es, según el lenguaje progresista, algo obsoleto.

La Gota de Leche era un servicio de la Diputación Provincial. Contrataba nodrizas para amamantar a esos bebés condenados a morir de inanición.

De la Casa de la Misericordia de Málaga queda el nombre, pero con otro destino; bueno, la playa cercana muy utilizada por los residentes del otro lado del río conserva su denominación: playa de la Misericordia. El edificio que acogió a los niños sin padres alberga hoy al Centro de Creación y Producción Cultural Contemporáneo, creado en 2013 por la Diputación.

Pero, en la historia de Málaga, la Casa de la Misericordia desarrolló una labor social que no se puede olvidar y mucho menos denigrar, que es lo que está de moda. Cientos o miles de niños y niñas expósitos se educaron en un centro atendido por la Diputación Provincial a través de las Hermanas de la Caridad.

Lo que ha trascendido es lo negativo, la rigidez de las monjas, las posibles adopciones fraudulentas… y se olvida que gracias a aquel centro, niños y niñas pudieron incorporarse a la sociedad sin problemas. Yo he conocido al menos dos exalumnos, que no ocultaban su origen y que estaban eternamente agradecidos a la institución que los acogió.

Uno, no recuerdo su nombre, era vendedor de libros a domicilio. Yo le compré alguna vez y no sé por qué un día me contó su origen, o sea, el abandono en un torno, la Gota de Leche y la Misericordia.

Del último servicio o atención a personas necesitadas de la asistencia pública no tengo apenas información y me limito a citarlo. Me refiero al Manicomio, así de sencillo y contundente. Los enfermos mentales eran recluidos en un espacio protegido dentro del Hospital Civil San Juan de Dios. Los tratamientos de entonces no son como los de ahora.

Excavaciones en la calle Parras en 2004, frente al edificio de la antigua Gota de Leche Gregorio Torres

Las cosas han cambiado...

Dejo sin terminar la frase porque efectivamente las cosas han cambiado…, pero no del todo.

Con respecto a los entierros de caridad, hace muchos años apareció una compañía de seguros de decesos que mediante una cuota mensual se comprometía a cubrir esta necesidad. Hoy creo que hay varias.

El catálogo de servicios prevé una serie de atenciones que iguala a todas las clases sociales porque existe un baremo o norma que no distingue a unos de otros. El recibo de ‘los muertos’, como vulgarmente identifica a las entidades aseguradores, es sagrado para los tomadores de las pólizas.

El papel de pobre ya no existe. La asistencia médica (consultas, visitas a los especialistas, las intervenciones quirúrgicas, los traslados en ambulancia, las estancias en los hospitales, las medicinas, las rehabilitaciones…) es gratuita. La Seguridad Social española lo cubre todo… aunque haya malnacidos que insulten y agredan a profesionales porque se creen merecedores de más. No admiten espera ni demora alguna. Si hubieran vivido en los años cuarenta reconocerían lo que hemos adelantado.

Subsisten, creo, algunos roperos parroquiales. Cáritas, en su impagable ayuda, también en casos de necesidad extrema. Hay donaciones, hay recogidas a domicilio, Madre Coraje es un servicio en funcionamiento…

Termino: la sociedad española de hoy no tiene ni la más remota idea de lo que padecieron sus padres y abuelos.