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La Opinión de Málaga

Crónicas de la ciudad

La pérgola de Santo Domingo continúa ahí

Tan asentada está en su papel de bloquear las vistas del hermoso camarín barroco de la iglesia que ya tiene hasta un par de pintadas. Ojo que se planta y no se va

La polémica pérgola el pasado domingo. A.V.

Desde hace unos años, cada vez que hay elecciones el autor de estas líneas realiza un modesto Camino de Santiago electoral, en su mayoría a patita; son unas seis horas por doce colegios electorales de varios distritos de Málaga, para ver cómo marcha la jornada.

Uno de los datos antropológicos más curiosos, por cierto, es que cada vez más malagueños acuden a votar con sus perros. No es sólo una mera anécdota, es la prueba de la importancia cada vez mayor que las mascotas están teniendo en las familias. Ya no es sólo que les dé el aire un domingo, es que acompañan al elector a ejercer un derecho democrático como también acuden los niños y nietos con sus padres y abuelos.

Así que no se extrañen si pronto comienzan a frecuentar bodas, bautizos y comuniones, si no es que lo hacen ya.

El caso es que fue sobre las 3 de la tarde del domingo, al regreso ya del ‘camino’, sin haber oteado ni de lejos, todo sea dicho, ni Santiago desde el Monte del Gozo ni mucho menos el Pórtico de la Gloria, cuando, para compensar, este peregrino electoral vislumbró en lontananza la iglesia de Santo Domingo, con su camarín octogonal de alegres colores barrocos a modo de proa que, en su día, plantaba cara al Guadalmedina a modo de espolón, en las jornadas en que se ponía bravío.

Como el sol apretaba más que al Cid y doce de los suyos camino del destierro y como el firmante nunca gozó de una visión de superhéroe, enfocó la torre barroca por si le fallaba la vista pero, a medida que avanzaba por la explanada despejó todas las dudas: ahí seguía, como un deslavazado guardia de seguridad, la pérgola gigantona.

Es más, el inoportuno artefacto asistía, mudo, al multitudinario repliegue de los hermanos de Mena que habían participado en la procesión del Corpus

Y, en efecto, allí estaba ella, cierto que ignorada por casi todos porque, siguiendo una ancestral práctica urbanística malaguita, en esta ciudad tan escasita de zonas verdes las pérgolas se diseñan para que den la menos sombra posible.

Recordemos, no obstante, un gesto enternecedor que evidencia la alegría con la que se tira el dinero que no es de nadie (el dinero público, claro): cuando el Ayuntamiento ya había acordado retirar este espanto, los trabajadores seguían enlosando el suelo. Ahora que la retirada será ‘inminente’, pese a que pasan las semanas y los meses y, como el dinosaurio de Monterroso, sigue ahí, la pérgola ya tiene hasta un par de pintadas, es decir, el marchamo de la permanencia. Ojo, que se nos planta y no se va.

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