Fue el gran evento del año en Málaga. Quizás de lo que se había vivido en el siglo XX hasta entonces. El lugar: la finca de La Cónsula, propiedad de un matrimonio norteamericano y símbolo de estilo y elegancia. Los anfitriones: Ernest Hemingway y la familia de toreros Ordóñez Dominguín. Día: 21 de julio de 1959. Resultado: una de las fiestas más locas y etílicas que se conocían hasta el momento, para escándalo de una parte de la sociedad malagueña, ya que sus consecuencias fueron públicas en un momento en que el Franquismo imponía una visión muy conservadora y todavía no habían llegados los aires libertadores del turismo extranjero a Málaga.

Pero volvamos al principio. El famosísimo Ernest Hemingway estaba pasando una temporada en La Cónsula, la histórica finca de Churriana, invitado por el matrimonio norteamericano formado por Bill y Annie Davis, con los que Hemingway había confraternizado en México. Allí se juntó con Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, con los que el Premio Nobel había trabado una fuerte amistad, unidos además por la pasión que Hemingway desarrolló por los toros.

Ernest Hemingway leyendo una carta en La Cónsula. Mary Hemingway. Ernest Hemingway Collection. John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.

Los días en La Cónsula se pasaban con placidez, entre la ginebra que acompañaba a Hemingway y la escritura del libro 'El Verano Peligroso’, que narra el duelo taurino entre Ordóñez y Dominguín. Llegó el 21 de julio, día en que el escritor celebraba su 60 cumpleaños y decidió celebrar una gran fiesta, en la que también se celebró el cumpleaños de Carmen Dominguín, casada con Antonio Ordóñez. Con Hemingway sólo había una cosa segura, habría mucho alcohol y fuegos artificiales.

A la fiesta fueron invitados muchos extranjeros que vivían en Málaga en aquella época, en que empezaba a ser descubierta como refugio de norteamericanos e ingleses, y también algunas familias malagueñas, especialmente de la mano de los Ordóñez, que mantenían mucha amistad con ellas, y un marqués, aunque lejos de la imagen clásica de la nobleza, fue conocido en la fiesta por sus bromas pesadas y sus chistes de mal gusto. La llegada a la fiesta en La Cónsula fue sobre las 20.30 horas, cuando empezaba a bajar el sol y el calor. Nada más pasar por la puerta, quedó claro cuál era el protagonista del evento: las copas se servían con generosidad. Puede que no hubiera una orquesta o que el menú, aunque los invitados lo desconocían en el momento de llegar, no fuera muy sofisticado, pero no iba a faltar el alcohol. Y con Hemingway cerca eso da una idea de la gran cantidad disponible.

Las copas se repartían sin parar y la cena se retrasó un poco. Hemingway paseaba entre los invitados con su vaso de ginebra, ya bastante bebido desde el inicio. Mientras el resto de invitados se achispaba rápidamente, un gong se escuchó en La Cónsula llamando la atención de todos. Mary Hemingway, esposa del escritor, anunció que estaba la cena preparada: "una comida española".

Nathan "Bill" Davis, Rupert Bellville y Ernest Hemingway cenando en La Consula. Ernest Hemingway Collection. John F. Kennedy Presidential Library and Museum, Boston.

Los invitados quizás esperaban algo muy sofisticado o especialmente apetecible. Pero se sorprendieron cuando vieron que el menú era un potaje de garbanzos con arroz. Y además, servidos con pocas florituras. Los platos estaban amontonados y cada invitado cogía el suyo y Mary Hemingway le servía un cazo de garbanzo a cada uno, en una escena que a muchos les recordó sus años de servicio militar. Como el resultado de los garbanzos no fue el esperado, la mayoría de los invitados prefirió seguir bebiendo...

Tras la cena la situación se empezó a desmadrar. Un invitado terminó tumbado junto a la piscina con su mujer llorando a su lado, al pensar que había muerto. El pobre había tomado una copa en la que le habían echado algún tipo de droga que lo dejó inconsciente. La sangre no llegó al río y se recuperó, pero su mujer se llevó un buen susto.

Quizá el momento de mayor surrealismo se vivió cuando uno de los invitados entró en el vestíbulo de la vivienda montado en un burro que había en la finca. Los efectos del alcohol hacían ya estragos y el intrépido jinete invitó a una conocida actriz española a montar con el sobre el burro, provocando un terrible ataque de celos de su marido que casi terminó en pelea.

De hecho, la mayoría de las parejas que asistieron al cumpleaños terminaron peleándose, en esa fase alcohólica en la que se empiezan a exceder todos los límites.

El último límite se excedió cuando llegó el momento de los fuegos artificiales. Los habían comprado, pero entre que no había un experto para manipularlos y que el alcohol tenía ya nublado el sentido común y la puntería de todos, los fuegos terminaron en unas palmeras que se incendiaron. La llegada de los bomberos para sofocar el incendio puso fin a la fiesta, aunque para ese momento muchos de los invitados se habían marchado ante el cariz de los acontecimientos y ante el miedo de que, junto a los bomberos, llegaran los 'grises', como se conocía a la Policía en aquella época.