Qué espero del 2021

Es difícil saber lo que espero, concibo esperanzas de todo tipo. Me gustaría abrazar a mis familiares y amigos en cualquier momento, nunca sabes cuál será el último abrazo, el último beso, el último día, por eso hay que hacer siempre lo que nos hace felices. Y eso es lo que ahora deseo. Quisiera moverme con seguridad y responsabilidad.

Espero que las vacunas se perfeccionen cuanto antes y sean eficaces. Deseo que las medidas políticas faciliten la salida de la crisis económica y social en la que hemos entrado. No quiero que enfermen mis seres queridos, ni nadie, ni perder para siempre a los que han fallecido.

Nadie se conforma con estar en casa como en un andén a ninguna parte. Quiero una vida futura que sea, de algún modo, mejor. Aunque la situación sanitaria pueda empeorar todavía más, lo que de verdad espero es que en el porvenir algo cambie para bien. Si no es para mí, al menos para los demás, y nuestros hijos, que son, la esperanza de los pueblos, por ellos hemos dado nuestras vidas.

Cuando pienso en lo que espero, me pregunto. ¿Es que alguien me ha prometido algo? Quizá la vida misma sea esa promesa que permite esperar un bien mayor. Por eso nunca maldeciré la vida. ¡Qué ganas de vivir cuando nos vemos puestos a prueba!

¿Será cierto que la vida encierra una promesa inquebrantable? Sí. Sin embargo, el sufrimiento nos hace tanto daño que ensombrece el presente y nubla la esperanza. El mal parece dar la razón al séquito de tristeza, morimos como hemos sido, al desamparo que acompaña la muerte que ha disuelto muchas esperanzas. A veces me asalta la tentación de abandonarme a la resignación, o a un aislamiento de mi mismo, con tal de dejar de ver sufrir a los demás, ¿Se puede claudicar ante la muerte, como acabamos de ver en el Congreso?

El tiempo de pandemia me ayudará a comprobar si lo que espero está a la altura de mis expectativas últimas, si aguanta el ataque del mal y defiende el amor a la vida…

Máximo de la Peña Bermejo. Málaga

Condena ejemplar al violento

Gracias a la cooperación ciudadana, que dio a conocer, incluso con fotografía, al culpable, éste se ha tenido que entregar a la policía. Un alivio para toda la ciudadanía, no sólo para una aislada, joven mujer extranjera, su víctima inicial. Porque al rechazar su actitud otros viajeros del metro -como quien le tomó su foto identificatoria- les amenazó con agredirlos físicamente. Los que ejecutan actos racistas, está comprobado, son individuos peligrosos para los demás, sin distinción de color, a los que conviene frenar en beneficio de todos con condenas ejemplares, aunque se entreguen, como ese incivilizado se ha visto obligado a hacer para intentar evitar, tan identificado, que su inevitable detención agrave aún más su condena.

Fermín Espinosa Romero. Málaga