Nunca ha sido el verano mi estación favorita; es incómodo el calor por las noches y el zumbido amenazante de los mosquitos, me asfixia el sol de mediodía y me deslumbra cuando conduzco y si acompaña el terral no hay manera de respirar alivio, detesto el aire acondicionado que transforma los establecimientos en neveras y cuando uno sale de ellos parece que se adentra en el mismísimo infierno, las calles se vuelven ruidosas a todas horas y llega tanta gente desde tantos sitios que apenas queda espacio para encontrar un hueco de paz, toda la ropa que se puede vestir para soportar las altas temperaturas me resulta poco menos que ridícula, no me gusta la comida fría ni tener que beber constantemente, a cada rato uno me pondría bajo la ducha o zambulliría en el mar abarrotado o en la piscina llena de niños, pero no hay tantas horas libres como para refrescarse al ritmo que uno se acalora, y se acumula el calor como en una resistencia cada vez más roja que por poco explota.

Pero este verano todo eso no me importa demasiado y me parece la mejor de todas las estaciones, la última parada de este viaje a ningún lugar, esta vez se presenta como un primer paso a salir de esta agonía, de este largo camino sin movernos del sitio, parece que podremos por fin volcar en él tantos meses contenidos, buscar en sus horas al aire libre las horas perdidas, borrar la soledad en compañía, quitarnos la mascarilla y mostrar al mundo nuestra incipiente sonrisa.

La luz del final del túnel tiene el color y el calor del verano, y ya puede venir un ejército de mosquitos, siete días de terral seguidos o una marabunta de turistas escandalosos y perdidos, que nada me quitará las ganas de darle un abrazo de bienvenida a todo.